martes, 9 de diciembre de 2025
El último bastión de la humanidad o ¿Que será de Joaquín García González?
jueves, 15 de mayo de 2025
Tres microrrelatos
POLÍTICO CORRUPTO
Tenía dieciséis años cuando mi padre fue ajusticiado por
unos gitanos del barrio. Su crimen: vivir en un edificio obrero, de protección
oficial, en el que se había instalado una familia rival. La policía nos dijo
que no pudieron encontrar las armas con las que se había cometido el crimen, y
que al no haber testigos, desgraciadamente no podrían aseverar quien fue el
culpable (y evidentemente, tampoco condenarlo). Solo ahora sé que el jefe del
clan mantenía una estrecha relación con el alcalde de mi ciudad, el comisario
jefe, y en resumen: personas muy poderosas. Sin embargo, aunque hubiera un
sueldo menos en casa, mi madre pudo aprovechar nuestra situación desfavorable
para hacerse con prestaciones sociales que me permitieran continuar con mis
estudios. Mi diligencia y esfuerzo me otorgó la posibilidad de estudiar becado y
titularme con honores en la facultad de derecho más importante de mi localidad
y una de las más importantes del país.
No había pasado desapercibido, y fui invitado a formar parte de un
partido político tradicional. Finalmente obtuve un puesto importante en el
consistorio, y tras años de intrigas fui elegido secretario general. A día de
hoy, los últimos sondeos indican con gran seguridad que me convertiré en el
presidente electo en las próximas elecciones.
Muchos pudieran pensar, que se habrá hecho justicia, pero
no; eso no es justicia. Solo cuando por medio de mis numerosos contactos
consiga recalificar los terrenos de aquel barrio como terrenos inhabitables,
derribe aquella amalgama de edificios cancerígenos de hormigón en el que juegan
sus hijos, felices, y consiga hacer realidad este proyecto de cementerio de
residuos nucleares que ha llegado esta mañana a la mesa de mi despacho; solo
entonces se habrá hecho justicia.
LIMPIADORA POBRE
Llevaba años sin hablar con su marido.
Lloraba frente al sepulto amado, solitaria, acompañada de
unos niños, mientras un sol de oriente proyectaba sus sombras a lo largo de las
jaspeadas losas del cementerio en el que yacía tan querida pareja. Trabajó
Inocencia como limpiadora toda su vida. En casa de sus padres, en una fábrica,
y en casa de su marido por última vez. Siempre dispuesta a dar lo mejor de sí,
era una de esas personas optimistas por naturaleza, y poco apegada al lujo;
afortunadamente, porque nunca tuvo mucho.
El féretro negro de su amante reflejaba unas ásperas manos
pecosas, manchadas de marrón por la vejez, por el tiempo. Llevaba años sin
hablar con su marido, pero tuvo que hacerlo, porque solo con su dinero podría
permitirse enterrar a aquella persona a la que tanto amo, y por el cual lo
había abandonado.
MUJER DE NEGOCIOS
Unas manos de bebé espectral rozaban el dobladillo de sus
pantalones empresariales, de tejido granulado y de corte recto, cuando
terminaba de subir el último escalón que conducía al pasadizo para subir a
aquel avión con destino Canarias. Un escalofrío recorrió su espalda por el aire
acondicionado, pero decidió no darle más importancia de la habitual y se sentó.
Su asiento acomodado de primera clase: reclinable, con pantalla propia individual,
y una carta del servicio del avión era todo en lo que quería pensar en ese
viaje. Había regresado a casa, y de ella se marchaba una vez más. Esta vez
había ido a visitar a su familia. Reunidos en casa de sus padres: su hermana,
sus dos sobrinos, su cuñado, su hermano y su cuñada, con un hijo en camino.
Tres anillos habían recorrido su dedo anular; y tan fácil como entraron,
salieron. Eso no era para ella: Esa comodidad… esa vulgar comodidad, ese
conformismo… ese conformismo estúpido, ese…
El avión interrumpiéndola, comenzó a vibrar, despegaba.
Y una lágrima surcaba sus mejillas.
Sobre el amor y la felicidad
Iba caminando Quino por las frías calles de Albacete
pensando en ella, aparecen el hijo de Carpanta y Dios.
Quino – Bien hallados seáis.
Hijo de Carpanta - ¿A qué esos anacronismos?
Dios – Mira quien fue a hablar. Se supone que esas son mis
labores (lo de hablar raro).
Q – Lo siento amigos, tenéis razón. Es que ando como
perdido. El hablar me sale en verso. Mis silencios son eternos, aunque de vez
en cuando los rompo en un interminable discurso. En un problema estoy.
H – No he entendido nada.
D - Soy omnisapiente,
y yo tampoco.
Q – No sé qué me pasa. Bueno, que hace tiempo que suspiro
por una mujer a la que amo. Se me aparece en sueños. Todo me recuerda a ella.
Mi muy querida… como la echo de menos.
H – Que sufres mal de amores ¿No?
D – Eso he entendido yo.
Q - ¡Sí! ¡Y de los
peores!
H - ¿A qué es de los peores?
Q – No hay nada que no me haga volver a un dulce recuerdo
suyo que se torna amargo. Como la idea de Bien supremo, aglutina todos los
saberes; sea el bien supremo ella y todos los saberes el resto de mis fracasos
amorosos. No importa cuando, donde, ni que esté haciendo. Mi mente es capaz de
hilvanar la respiración a su recuerdo.
H – Mira que eres, poeta, gran adulador y exagerado
tremebundo. Pero a ver, quien es ella que tan profundo te hace suspirar y quien
tanta desgracia te está trayendo.
Q – Se llama como lo que ansía el político. Sus ojos son de
un castaño primoroso, adelantados en la concupiscencia. Y que boca ¡Señor!
D - ¿Si?
Q – No, no. Estaba jurando. Quería decir que es de cualidad
divina. Su voz es la de los ángeles.
D - ¿Cuál de todos?
H – Como le detengas por cada metáfora católico-cristiana me
parece que vamos a tener conversación para rato.
Q – En fin, que es la viva imagen de la belleza. Y de una
sapiencia extraordinaria. Elegante, sutil y majestuosa es ella. Nunca había
conocido a nadie así.
H – Suena a la más hermosa de las mujeres para ti. Claro que
la belleza no es una propiedad cuantitativa ¿No tendrás una foto suya?
Q - ¡No quiero un solo dispositivo si no puedo utilizarlo
para verla! ¡Me niego!
D – Este muchacho esta prendado.
H – Y que lo digas. A propósito, que me ha parecido entender
que no estás hablando con ella ¿A qué se debe si por ella bebes los vientos?
Q - ¡Oh cruel destino! La fortuna ha tenido por bien
apartarla de mi lado, pero no solo su cuerpo: sino su corazón ¡Qué gran
discusión, que bellísima trifulca! Luchamos cara a cara (Bueno, a través del
teléfono) Usando nuestro amor como espadas y tratando de arrebatarnos el título
de amante a regañadientes. Quiso el hado que acabara en agua de borrajas. Que
la ventisca y la tortuosa tormenta hiciese zozobrar las embarcaciones de
nuestra alma y acabase hundiéndose el amor, nuestro tesoro más preciado, y me
temo que con el también mi compungido corazón…
D - ¿Seguimos hablando de una mujer?
H – Que lastima. Estas cosas pasan. Son naturales y, dentro
de lo que cabe, estudiables ¡Anímate! La nostalgia juega a tu favor, y si tan
bellas fueron vuestras experiencias y lo que en pareja vivisteis ten por seguro
que el futuro, una vez sanes, te regalara el idilio de tu amor. Tan prodigiosa
es la memoria humana.
D – De nada.
Q – Me temo que no sea así.
H - ¿A qué se debe?
Q – A que nunca fuimos pareja.
D – Arrea…
H – Dios, no te adelantes, deja que se explique el muchacho.
Q – Así os digo. El mayor dolor de su amor es nunca haberlo
tenido.
H – Pero ¿No os debatíais en una encarnizada pelea de
boxeo-?
D – De espadas en un barco pesquero.
H – Si, eso, buscando un tesoro. En fin, lo que quiero decir
en definitiva ¿Cómo es que disputabais el puesto de amante si ella no te ama?
¿No sería más bien el de amado?
Q – Que poco entiendes, hijo de Carpanta, del amor ¡La
amistad es un paso previo a la pareja en el que, como dos judocas, el tori
zarandea al uke para comprobar su resistencia y perfilar sus mejores técnicas a
la vez!
H – De verdad, que no le entiendo
Q - ¡Una forma de saber si al que amas es apto de tu amor,
Jesús!
D - ¿Qué ocurre?
Q – Sera posible…
H – Si me permites examinar esto con vosotros, quizá podamos
entender lo que está pasando y darle solución. Para encaminar el asunto, creo
que primero deberíamos entender que es amar ¿Propuestas?
D – Yo amo a todos incondicionalmente, menos a los que en
vida no me amaron. Los bebés no cuentan.
Q – El amor, es decir, amar y ser amado, es lo mejor que te
pasará en el mundo.
H - ¿A qué entonces, estos paseos intempestivos en los que
al primer encontronazo te manejas como una amalgama de nervios?
D – Muy bien no se te ve, no.
Q - ¡No lo entendéis! ¡El amor es sufrimiento!
D – Que me lo digan a mí, o sea a mi hijo, o sea a mí.
H - ¿Pero no es lo mejor que te pasará en el mundo?
Q - ¡Eso es! ¡Por eso se sufre por él! Nada hay bueno en
este mundo que no se consiga con esfuerzo y algo de sufrimiento. Trabajamos
para obtener dinero y comprar lo más valioso para el hombre: el tiempo. Así
sucede con el amor. Manchas tus manos libidinosas y tu lesionada espalda en la
áspera tierra para finalmente (y con suerte) recoger el fruto del tiempo y el
trabajo. La flor. Este amor ¡Es verdaderamente hermoso! Un sufrimiento recompensado.
H - ¿Y cuando no es recompensado?
Q – Entonces pasa como el fruto inmaduro y reconcomido, que
amarga la cosecha y los ánimos. Así es mi amor frustrado ¡Ay, mi niña! ¿Estarás
pensando en mí como yo en ti? ¿Vivirás en un bucle laberíntico cuya salida es
mi retorno? ¿Te acuerdas siquiera de mí?
D - ¡Descuida! ¡Seguro que sí! ¡No sufras hijo mío!
H – Un momento, par de dos. Permitidme continuar con la
investigación
Q - ¿Y a el que le pasa?
D – Ayer leyó el Fedro
H - ¡Si me permitís! Voy a hacer una ligera variación en tu
enunciado, Quino. El amor es lo mejor que te “puede” pasar. Pero yo me
pregunto: Algo que en su naturaleza puede ser bueno y malo ¿Será el bien
supremo? Ya no esto ¿Será lo mejor que te pasará en el mundo? Sigamos tu
ejemplo. Trabajas, consigues dinero para comprar tiempo ¿Para qué? ¿Para
dedicarlo a tus asuntos, ya sean solo para ti o para los demás, cierto?
Q – Cierto
D – Siempre fui de darme a los demás.
H - ¿Y para que querrías esto? ¿Es que obtienes amor al
obtener tiempo?
Q – No tiene por qué, pero en algunos casos así es.
H – Pongamos uno de esos casos con el fin de poder entender
mejor el amor ¿Qué se obtiene de él?
Q – Es evidente ¡Todo!
H - ¿Y para que querrías “todo”? ¿”Todo” no engloba lo bueno
y lo malo?
Q – Supongo que sí
H – Vale. Hemos progresado un poco. El amor es todo lo bueno
y todo lo malo que te “puede” pasar en la vida ¿Estamos de acuerdo?
Q – Creo que sí
H – Pero contrapongamos esta idea con la realidad. Pongamos
el caso de un deportista. Un atleta. El entrena para correr mejor, y así
hacerse mejor ¿No?
Q – Así es
H – El ser mejor le hace mejor corredor. O sea, es un
corredor bueno. Es bueno ser de esta condición para el físico. Es un bien,
entonces. Y el bien, es bueno.
Q – Así me parece.
H – Luego ¿Amar te hace buen corredor?
Q – No directamente, pero una motivación como el amor puede hacerte,
sin llegar a ser excelente por su causa, un mejor deportista.
D – A mí me hizo morir, o sea matar a mi hijo, o sea morir.
H – Espléndido, te lo doy. Pongamos entonces el trabajo que
desempeña un piloto de caza. Requiere de un entrenamiento indudablemente
riguroso y de una sapiencia extraordinaria. Probemos con el nuestra pócima del
amor. Ser de este intelecto, es bueno, luego es un bien. Ser capaz, por tanto,
de pilotar un caza, es bueno ¿Amar te hace buen piloto de caza?
Q – Claro que no
H - ¿Puede ser entonces que estuviéramos errados y que el
amor no sea todo lo bueno, sino algunas cosas buenas y todo lo malo?
Q - ¡Eso no tiene sentido!
D – También lo creo, no sé a dónde quieres llegar.
H – Bien, bien. No habléis como si yo lo supiera todo, por
Dios santo.
D - ¿Tú también?
H – Examinemos los mismos casos. Un corredor que se prepara
mal, no entrena y no es habilidoso, es malo ¿No?
Q – Ciertamente.
H - ¿Será mal corredor aquel que ame?
Q – No necesariamente.
H - ¿Peor piloto de caza?
Q – Tampoco.
H - ¿Peor pescador, mecánico, fontanero, electricista?
Q – Claro que no.
H – Pero hemos aclarado que te puede hacer desgraciado como
es tu caso, querido Quino. O como le pasó a Dios cuando lo crucificaron. Sin
duda ser desgraciado es algo malo ¿Puede ser que tengamos una nueva frase?
El amor son algunas cosas buenas y malas que te pueden pasar
en la vida.
Q - ¿Qué es esto? ¿Por qué me siento como liberada el alma?
H – Ya sabemos, según nuestro razonamiento, que el amar es
profesar amor, y que el amor son algunas cosas buenas y malas que te pueden
pasar en la vida. Valdría la pena preguntarse si sirve de algo tan artificioso
valor.
Q – Claro, estaría bien.
H – Volvamos al dinero por el tiempo y para el amor. O a las manos que recogen el fruto del amor
¿Por qué alguien se arriesgaría a luchar por algo que tiene cosas buenas y/o malas,
y que no parecen ser lo suficientemente valiosas como para presentarse como un
fin en si mismo?
D – Yo ya sé la respuesta.
H – Gracias, pero no interrumpas amigo ¿Qué podría ser? Debe
ser algo grandioso ¿Y de este bien provendrán otras cosas? ¿Así hasta el
infinito? ¿Verdad que hasta hace un segundo concebíamos el amor como cénit?
¿Cómo todo lo que hay, bueno y malo?
Q – Así es.
H - ¿De qué cosas podríamos hablar equiparables a este
concepto que ya hemos retocado con nuestra investigación? ¿O acaso nos ha
parecido conveniente darle esta supina importancia y credibilidad al amor
porque estamos poseídos por él?
D – Quino desde luego sí.
Q – No parece, aunque yo quizá.
H – Pero, un segundo ¿Y si en tu locura hubiera cierta
lucidez? ¿Y si verdaderamente el amor fuera lo mejor que te pasará en el mundo?
Q – Ya quedó claro que no.
D – Eso iba a decir.
H – Examinemos la cuestión. Se trabaja para ganar dinero, o
sea, por un bien para comprar tiempo; necesariamente un bien mejor, porque
nadie intercambiaría un bien mejor por uno peor para producirse beneficio. Este
tiempo, entonces, se emplea en el amor; un bien mayor que puede ser malo. Pero
esto no acaba aquí.
Q - ¿Ah, no?
H – Tú me lo dirás, Quino ¿Cómo te sentirías si aquella
bella mujer te amase como tú a ella?
Q – Feliz, sereno, completo.
H - ¿Puede ser, entonces, que el amor sea un bien que
aspiramos a intercambiar por la felicidad, un bien mejor?
Q – Me cuadra.
D – Yo ya sabía la respuesta, pero hare como que os he
seguido hasta aquí.
H – Hagamos sumario, pues: el amor es algo bueno y malo que
te puede pasar en la vida, y que sirve para ser feliz ¿Conformes?
Q – Conforme.
D – Ídem.
H - ¿Y se puede amar solo a las personas?
Q – No lo sé.
H – Yo sospecho que si el amor sirve para ser feliz, todo
aquello que nos acerque a la felicidad y de paso nos la otorgue tenga la
capacidad de ser amado ¿No es entonces, Quino, mi querido amigo, una estupidez
preocuparse por no poder ser feliz por algo o alguien a quien amas, cuando hay
tantas maneras de ser feliz como cosas y personas hay en el mundo? ¿No debería
ser en cualquier caso tu preocupación última ser feliz?
Q – Es posible.
D – Si sirve de algo te digo que sí.
H – Ea. Y si el cultivo de una planta puede germinar mal o
bien, una bebida nos puede sentar mal o bien, un trabajo nos puede retribuir
mejor o peor ¿No sería lógico instruirse en la ciencia que nos enseñe como
hacer que estos procesos tiendan al bien, con el fin de alcanzar la felicidad,
el bien último, cuanto antes? ¿No poseerás tu por casualidad esta ciencia, no,
poeta?
Q – Ojalá
H – ¿Dios?
D – No soy tan omnisapiente.
H – Una lástima. Podríamos examinar esto más, pero en nada
canta el gallo.
D – Vivimos en Albacete…
H – Retirémonos ahora que nuestra mente está satisfecha.
Q – Yo aún la amo, aunque ahora me preocupa más cual será
esta dichosa ciencia ¡Descansad amigos!
D – Me vuelvo a los cielos.
H- Genial, y yo me vuelvo solo.
jueves, 30 de mayo de 2024
El bufet
El bufet
Devoraba y devoraba sin cesar los acompañamientos incluidos en su menú bufet. Sin prisa pero sin pausa. Había perdido la cuenta de las rondas que llevaba, pero aun así, su estomago no estaba satisfecho. Aún no sentía ese ardor en la garganta, esa hinchazón en el estómago que le hacía saber que era suficiente. Cuando terminaba con los fritos de pollo, delicadamente agarraba la porción de pizza. Los primeros bocados rebosaban de sabor la boca de aquel hombre opulento, de gafas negras y redondas y más de 160 kilos de peso. Sus brazos no eran muy largos, en comparación a sus orondos muslos y a su descomunal barriga, y carecía de barba. Su pelo era escaso, parecía propio de un afeitado producido por una maquinilla trabada, sin embargo esto se debía a su incipiente calvicie.
El restaurante era un lugar más bien solitario. Era lo suficientemente amplio como para poder colocar varias mesas altas con taburetes a su alrededor alejadas las unas de las otras. Las luces del local eran de un color amarillo anaranjado, muy propio de las bombillas incandescentes, aunque probablemente su color era intencionado. En una barra central en forma de isla vaciada por el centro para la colocación de los electrodomésticos e instrumentos de cocina, se encontraban dos trabajadores con gorra que servían las pizzas y aperitivos del local.
Aquel gordo llevaba comiendo desde hacía ya horas, sin embargo su política, al igual que la del local, era la de comer hasta hartarse. Al principio había llegado al establecimiento con dos o tres amigos, que realmente no eran sus amigos. Eran personas que apreciaban al gordo por pena, y que sabían de su naturaleza voraz. Quizá para reírse de el, quizá, genuinamente, por un sentimiento de lástima; le acompañaron aquel día de nuevo en un nuevo episodio de frenesí devorador. Al principio, seguían el ritmo del gordo. Que como dije anteriormente, no comía en grandes cantidades, pero si durante un tiempo que cualquiera calificaría de insalubre. Pasadas unas dos horas, repletos sus estómagos, trataron de levantar al gordo entre bromas de su asiento para marcharse de aquel lugar. Sin embargo él no había terminado de comer, ni de lejos. Tras media hora de insistencia, dio igual que pudieran sentir por esta gran bola de carne de brazos hinchados y modales descorteses en la mesa. Empezaron a recriminar su forma agónica de comer. Sin descanso, sin apariencia de haber colmado su apetito. Su forma de comer no se podría describir sino agónica. Uno de sus compañeros se marchó al baño a vomitar, y culminado este episodio, dieron un ultimátum al gordo; que haciendo caso omiso de sus palabras se levantó una vez más a servirse una nueva ronda en la barra. Uno de ellos miraba impertérrito tan afanoso discurso, que sabía no serviría de nada, y sin mediar palabra se encendió un nuevo cigarro mientras los compañeros arrastraban sus sillas hacia atrás para salir disparados del local.
Pasaron unas seis horas, y el gordo regresaba a la mesa con una bandeja repleta de croquetas de queso y una nueva porción de pizza repleta de embutidos. Sergio, el único miembro del grupo que había permanecido, aplastaba su cigarro en uno de los ceniceros del local al tiempo que echaba un vistazo de reojo la mesa. El era la única persona de aquellas que, sin ser esto cierto, consideraba al gordo un amigo recíproco y que verdaderamente sentía pena por aquellos comportamientos compulsivos. Lo conocía del trabajo. El imbatible comensal por aquel entonces (dice Sergio) era un hombre mucho más delgado, con pelo, ambiciones, sueños y simpatía. Y por supuesto, sin esa obsesión abusiva con la comida. Mientras terminaba de pensar esto, el gordo se levantaba nuevamente en aquel local que había cambiado por completo. Su servicio 24 horas le había hecho vivir este escenario varias veces. Una luz amarilla tenue los cubría desde arriba como un flexo de estudio. Las mesas desiertas daban al establecimiento una apariencia fantasmagórica, con los dos cocineros como sus únicos acompañantes. La pésima iluminación, que los dejaba en penumbra, hacía a Sergio fijarse más que nunca en el gordo. Su manera de comer era exactamente igual que la que había demostrado al sentarse en aquella mesa a las cinco de la tarde. No demostraba cansancio, ni hartazgo. No, nada más lejos de la realidad. En el mismo orden terminaba sus aperitivos solo para una vez más comerse aquella porción ridículamente carnívora. Reparó en que aquel gordo hacia horas que no probaba una gota de ningún líquido, y en un gesto caritativo y por pura exasperación se levantó para rellenar su vaso de refresco. Se sintió contrariado.
Pasaron otras 6 horas, el reloj marcaba las cinco de la mañana y unos tantos minutos. Sergio, que tanteaba con los dedos el plástico de la cajetilla de tabaco por abrir, miraba somnoliento el cenicero de metal. Veintidós. Esas eran las veces en las que el gordo se había levantado para probar nuevo bocado. Veintidós malditas veces. Sergio se agarraba los pelos de la cabeza y trataba de no mirar a su acompañante. Sin levantar mucho la vista, ojeó el vaso de refresco que no había vuelto a llenar. Estaba repleto. No había dado ni un solo sorbo. Una mosca zumbaba moribunda en aquel vaso de refresco, atrapada en una concentración de azúcar que espesaba sus alas. Se oyó una silla. Era el gordo, que se había levantado a por un nuevo trozo de pizza y sus consiguientes acompañamientos. Los cocineros no eran los mismos, evidentemente los que les sirvieron por la tarde habían cambiado su turno por aquellos terminada su jornada. Una mano vacilante arranca el plástico de la cajetilla casi sin pestañear. Sergio se incrusta un último cigarro y prende fuego a una cuenta atrás de papel blanco. El gordo se sienta con una nueva porción y unos Nuggets de pollo, a lo que Sergio no puede evitar reparar en las cuantiosas manchas de tomate que recubren los labios de su acompañante, dándole la apariencia de un payaso. Mira el reloj. Se convence. Tras llevar durante toda su estancia en el local sin despegar los labios, trata de concienciar al gordo sobre la situación. El gordo le comenta sarcásticamente que llegará a pedirse el desayuno y Sergio propina una calada tajante al cigarro. No, esto no debe ser. Esto no es bueno para ti. El gordo no oye, no quiere oír. Sigue comiendo. Termina sus Nuggets. De verdad, para, vámonos de aquí. Te llevo a mi casa a dormir, se que estas solo, que no tienes casa. No tienes que castigarte. Sin levantar la mirada del plato muerde la pizza, sorprendentemente rápido se la termina y se queda quieto. Márchate de aquí, yo aun no me voy a ir, tengo hambre. No tienes porque quedarte si no quieres. Nadie te obliga. Sergio desliza su silla hacia atrás, se levanta, y apaga la colilla. Se guarda las manos en los bolsillos y sin mediar palabra se marcha del local. Sin poder evitarlo, echa un último vistazo a través de la puerta trasparente, y ve al gordo, que está pidiendo una vez más para sorpresa del cocinero.
Rubén se sonríe con su tío mientras le cuenta aquel sueño, que no puede evitar reír de vuelta mientras continúa con la labor. La edificación que les rodeaba eran tres paredes grisáceas con espejos y que todavía está en construcción, en medio del polígono. A sus alrededores solo carretera y unos cuantas naves que se veían a lo lejos. Rubén desatendiendo su labor, pensaba con todas sus fuerzas en aquel sueño que trataba de retener en la memoria. No era la primera vez que olvidaba una gran historia que había sido provista por la mano de la inspiración en sueños. Su tío percibe que no esta colaborando y le regaña para que vuelva al trabajo. Sin embargo, Rubén, debe encontrar una manera de guardar aquella información. El frío que siente en sus brazos le da una idea. Entra en la estructura y se fija en los espejos empañados por la condensación. Y sin mediar palabra, comienza a dibujar un pequeño esquema con todos los elementos de su sueño, tratando de no perder ni un detalle importante y observando que alguno de ellos ya le resultaban desconocidos; como si ya hubieran emprendido su camino fuera de la memoria. Tras esto, soluciona el nuevo problema cogiendo el móvil y fotografiando el espejo, enfocando desde diferentes ángulos para recoger las escrituras del espejo en su totalidad. Su tío, que ha levantado la vista un segundo para ver si su reprimenda ha puesto a Rubén a trabajar, sarcásticamente le indica que así no se va a acordar. Después de decirle esto, empieza a reír pensando en el estúpido de su sobrino.
El gordo se levanta de su caja de cartón, y comprueba la lata vacía. Entre céntimos y monedas de euro, reúne unos diez euros. Con la camisa se restriega los labios quitándose las manchas de tomate seco. Algunas de ellas están tan duramente incrustadas, que las pellizca para quitarlas sintiendo unas leves punzadas de dolor por los escasos pelos de bigote que se arranca en el proceso. Con un agudo dolor de espalda se levanta poco a poco, mareándose, pero consiguiendo erguirse al final. Emprende camino al bufet una vez más. Serían las 2 de la mañana, tampoco le importaba. Lentamente recorría la acera vacía de la avenida que llevaba hasta su sancta sanctorum. Hasta que se hizo el horror. Las luces apagadas no fueron el indicativo del declive. Fue la puerta que no se abría, pese a sus inmensos empujones, lo que le hizo saber que aquella noche el bufet estaba cerrado.
Paseaba tranquilamente por el arcén del quitamiedos por aquella carretera, total, Rubén sabía que no habían coches por allí a esas horas. Golpeaba una piedra mientras pensaba en aquel sueño y caminaba bajo la luz de la luna con un frío un poco mas taimado. Las naves industriales se repartían alejadas unas de otras en la lontananza, y el aire soplaba entre los orificios de los ladrillos y los guijarros del camino, rebosando el viento de dulces silbidos. Estaba ensimismado en aquel ambiente cuando de pronto le sorprendió el espectáculo que se sucedía en una nave iluminada, no muy lejos de el. Un hombre oblongo, de pelo escaso y de andares patizambos se acercaba desde la oscuridad del terreno baldío, de entre los matorrales. Con sus brazos cortos acompañaba sus torpes pasos de tonel viviente en dirección a la puerta de la nave. Era una nave de distribución de una famosa marca de pipas y aperitivos, y pudo distinguirlo Rubén en el camión aparcado en la puerta de la nave, en el que no había reparado anteriormente. Ahora que se fijaba, dos hombres descargaban cajas mientras aquel gordo se acercaba a trompicones a la puerta, hasta quedar descubierto bajo la luz de una farola. El gordo comenzó a pedirles pipas. Pero no las pedía, realmente, las exigía. Las exigía como el que desesperadamente busca agua en un desierto tras andar días perdido. No era su día de suerte. Ven gordito, nos lo vamos a pasar muy bien tu y yo. Rubén tardo en comprender las palabras de aquel hombre en su totalidad hasta que se fijo en como se tocaba obscenamente la polla sin llegar a meterse la mano en los pantalones. Quizá si lo hubiera sabido no se estaría acercando a la escena cada vez más. El hombre dejo de manejar su pantalón y comenzó a correr hacia el gordo, que soltó un bramido de terror absoluto y comenzó a correr grotescamente. El hombre no apuraba el paso, parecía disfrutar de la persecución antes de hacerse con el culo de aquel gordo, que sabía que sería suyo tarde o temprano. La cara del gordo advertía una tonalidad blanca recién adquirida y un gesto de miedo absoluto. No dejaba de gritar. No dejaba de correr. Rubén tampoco podía dejar de dar paso tras paso y se acercaba cada vez más a la nave. El gordo de repente desapareció tras un par de contenedores, y su perseguidor por alguna razón comenzó a correr en su dirección. Hubo un sonido metálico y hueco, y tras esto, un silencio. Todo permaneció en silencio. Silencio. Rubén, con la misma facilidad que había apresurado el paso, se detuvo, tratando de camuflarse entre la noche, y haciéndose consciente del inminente peligro que corría allí. Ahora que echaba la vista atrás, veía como había bajado casi sin darse cuenta aquel terraplén que separaba la explanada de la nave y el arcén del quitamiedos. A su derecha se hallaba el camino de regreso arriba, y andando con normalidad trato de disimular y marcharse de aquel lugar. Una oronda forma asomaba exhausta tras los contenedores con una barra de hierro. Rubén se fijo en su cara sudada y fatigada, y en el cuerpo tirado a los pies del gordo. Una farola iluminaba al gordo, otra a Rubén. Se fijo en sus gafas, su calvicie, su cuerpo. Como no había reparado en aquello antes. Quizá lo había hecho, pero se había jurado a sí mismo que aquello era imposible. Quizá por ello no podía dejar de acercarse a aquella escena. Quizá por ello los iluminaban aquellas farolas. El gordo, asustado se fijó en Rubén a su vez. El gordo de su sueño. El gordo del bufet. Sabiendo lo que debía hacer, el gordo hizo acopio de sus últimas fuerzas y se lanzó al ataque contra Rubén, gritando como un poseso, agitando violentamente sus brazos mientras se tambaleaba hacia su víctima. Rubén comenzó a correr, casi de inmediato, entendió que iba a morir. El gordo jadeaba, sus rodillas flaqueaban, pero sus alaridos; pronunciados entre respiraciones entrecortadas, se iban reproduciendo más altos. Helaba la sangre. Con un súbito instinto de supervivencia, Rubén comenzó a correr en espiral, y al ver que el gordo le perseguía como perdido el raciocinio y al borde de la hipoxia, decidió seguir hasta cansarle. Las rodillas del gordo flaqueaban. O eso pensaba Rubén, que empezó a subir el camino raudo sin reparar en si aquel gordo dejó de gritar, o si se alejó de el. Llevaba un rato caminando por aquella senda en la que había acabado, diferente a la carretera de la que venía paseando, cuando una silueta se dibujaba en la oscuridad en dirección hacia el. Sinceramente, tembló, pero creyendo que podría darle esquinazo otra vez no receló en seguir caminando. Esta figura se iba aclarando, y tras estas surgían otras más. Aquel sendero era estrecho y se pronunciaba del relieve que lo rodeaba. En el lado izquierdo caminaba Rubén, mientras en la derecha personas tras otras seguían a las siguientes marchando en dirección opuesta. Hacia la nave.
Quino terminaba de escribir este texto en el bloc de notas del móvil, tratando de no olvidar aquel sueño; que ya se marchaba furtivamente de su memoria. Se esforzaba por retener la mayor cantidad de información, y aun así, notaba como ciertos detalles se escapaban. Se resignó a que así es como funciona la mano de la inspiración, que te bendice por tu tiempo limitado. Y se prometió escribir sus sueños nada mas despertar, para no volver a perder un detalle. Tuvo que dejarlo, porque atravesaba el arcén del quitamiedos de una carretera de camino a su trabajo en el polígono.
domingo, 12 de mayo de 2024
El hombre con fobia a las emociones
Isaac del Amor era un estudiante joven de unos veintidós
años de edad y de intenciones colmadas de alevosía. La mañana, como siempre, se
erguía joven y fútilmente rellenaba los edificios enladrillados en crema por
donde quisieran pasar los rayos de su sol. Las tibias penumbras de la madrugada
se difuminaban y se diluían en los tintes morados que iba adquiriendo el
firmamento antes de teñirse en un suave naranja amarillento. Las farolas hacía
tiempo habían apagado sus luces, y la nube azul de la calle iba clareando a
medida que la noche daba paso al día. Aquella ciudad de cotidianos pobladores y
desconocida reputación se describía como un pasaje, que aunque urbano, no
dejaba de formar parte del inmenso y precioso cuadro que tergiversaban los
astros. La casa de Isaac del Amor; era una casa de un tamaño bastante estándar,
y formaba parte de los amplios bloques de edificios que acompañaban a los dos
de sus lados, y así sucesivamente hasta bañar la calle de costas de cemento
habitables. Su familia, de reputada tradición vinicultora, había adquirido unas
cuevas en una nava de un pueblo oriundo a la capital. Ostentaban el suficiente
patrimonio como para no tener que visitar las instalaciones de trabajo familiar
más que por gusto. Éstas eran dirigidas por su abuelo; el lince de Jovellanos.
Sobrenombre adquirido dada la picardía de este sujeto en juegos de azar (sobre
todo el mus). Este lince, era un auténtico tramposo; y sin embargo su fría y
pragmática metodología (además de su evidente astucia) le habían llevado a poder
amasar una cantidad de dinero considerable, además de afanarse el título de
persona non-grata en algunos casinos. Entre otros, los Grandes Casinos de
Albacete y Murcia capital. El padre de Isaac, el otro propietario del negocio,
le había hablado alguna vez de las costumbres y hábitos de su abuelo. Una
persona tan tibia como desproporcionada y menuda. Un auténtico monstruo como
Lope. Según le habían contado; nació en una casa de necesidad consumada y tuvo
que, desde bien joven, buscarse un empleo para traer un sueldo a casa.
El padre de su abuelo, es decir, su bisabuelo; fue el dueño
legítimo del Gran Casino de Murcia y por tanto la familia de Isaac gozaba de
una ambrosiaca y abundante fortuna. Sin
embargo y para desgracia de su linaje, el juego no fue ni mucho menos un
descubrimiento de su abuelo. Y este hombre, Juan del Amor, volvió un día a su
casa tras su noche de ronda como de costumbre. A altas horas de la madrugada
despertó a su familia, los reunió en aquel amplio salón, y les informó que
había perdido el Casino en una mano de mus. No solo eso, comentó a aquellos
perturbados espectadores, también su casa; y habrían de abandonarla de
inmediato. Así fue como su bisabuelo abocó a su familia a una vida de miseria
material tras haberlo tenido todo ¿Pero no nos sería más complaciente tacharlo
de cualquier cosa, si no supiéramos que debido a este hecho se suicidó apuntado
el cañón de su viejo rifle en su boca?
Ciertamente, el dolor de su memoria endurecía los corazones
de la familia de su padre, y por ello sobre este asunto no conocía sino las
retransmisiones del relato por parte de su padre, David del Amor; y muchos de
los detalles mas escabrosos e interesantes se escapaban de su conocimiento.
Cuentan las malas lenguas que Pablo del Amor, padre de David y abuelo de Isaac,
tuvo que trabajar desde muy joven por su familia; y también contaban que era un
agarrado embustero. Bien, así era. Pero detengámonos en su trayectoria: Primero
comenzó como un limpiabotas y su sueldo no era ni más ni menos que el que alcanzaba
la voluntad de los viandantes y sus escasas dotes comerciales. En uno de
aquellos días de laboriosa enmienda; le llamó la atención un puesto vecino de
aquella calle ancha y ruidosa. Un hombre jugaba con unos vasos y una bola sobre
una mesa desplegable; y alrededor suyo se cernían oleadas masivas de personas
que se agolpaban para observar el espectáculo a expensas de los que hubieran
llegado primero o fuesen mas altos. Al lado de estos tres vasos, una pinza con
dos billetes de cincuenta euros y unas manos que palmeaban la mesa efusivamente
tratando de conmover y provocar a los espectadores. Cuando terminaba de
pronunciar las palabras de su discurso (aunque más ben lo interrumpieron), un
dedo acusador señalaba uno de los tres vasos. El feriante echó un vistazo e
hizo una mueca de dolor que pudo convencer a todos que temía haber perdido la
contienda. Todos callaron y contuvieron el aliento, hasta que levantando el
vaso del medio se inclinó hacia atrás abriendo los brazos a horcajadas y
emitiendo un irónico ruido de desazón. Se vanagloriaba el artista en su
artimaña y desglosaba cómodamente palabras calmas, incitando al jugador a un
doble o nada. Mientras balanceaba sus labios, sus brazos surcaban el aire
alcanzando rápidamente la pinza y poniendo otros 50 euros de su propio
bolsillo. El jugador lo pensó dos veces; aunque finalmente se resolvió a
participar y adscribió otro nuevo billete de 50 euros a la suma. El público
declamó alabanzas y exaltados se disponían de nuevos en sus sitios improvisados
para contemplar el espectáculo del trilero. Como queriendo satisfacer la
incontinencia pasional de su audiencia, colocó la bola de color azul oscuro en
el centro de la mesa solo para taparlo con un vaso y disponer otros dos a sus
lados. Comenzó a mover sus manos como el digno prestidigitador que era; y lo que en principio aparentaban movimientos
sencillos se empezaron a tornar en movimientos que confundían a cualquiera que
siguiera la bola. Hubieran podido distinguirse docenas de córneas que apuntando
al vaso contrario de otras tantas decenas
de otras tantas docenas; aun habrían estado mirando el vaso equivocado.
Cuando culminó con su actuación, se quedó mirando al jugador. Este se rozaba
los labios y perilla con los dedos tratando de discernir su decisión final del
abundante índice de pensamientos y apabullantes gritos que dictaba aquella
muchedumbre que empezaba a colocarse a ambos lados del jugador para conocer el
resultado antes de que el trilero siquiera pudiera expresarlo. Finalmente
señaló uno, y el trilero; con un nuevo redoble, levantó el vaso señalado solo
para contemplar el escarnio del jugador. Se llevó las manos a la cabeza y
empezó a dar pequeñas vueltas en círculos agonizando por su craso error. En
cambio, el actor, muy elocuentemente elaboró una despedida digna de un
profesional; habiendo guardado los cuatro billetes antes de que nadie lo
hubiera advertido. La gente se miraba entre ella, tratando de notar primero que
nadie al nuevo candidato para el juego. Otro hombre se animó; y allí entendió
Pablo del Amor la gracia de aquel juego. La apuesta no era una proposición del
trilero. Uno no tenía más que llegar allí y poner una cifra, y el artista; te
la doblaba. Si una vez ganabas o perdías, aceptabas la invariable apuesta del
trilero de un doble o nada. La apuesta se volvía a doblar, pudiendo ganar el
feriante en una sola jugada unos doscientos euros. Esto a Pablo, no en vano, le
pareció una verdadera mina de oro.
Mientras pensaba esto, el trilero continuamente despachaba
nuevos jugadores y Pablo, descuidando su obligación; pasó el resto del tiempo
que estuvo aquel artista en la calle observando sus movimientos. Los encuadraba
para poder traducirlos en gestos y trataba de memorizar cualquier detalle que
pudiera ser de gran importancia. Cuando el feriante hubo terminado, recogió la
mesa plegable, los dos palos de hierro, la cuerda, la pinza, los vasos y las
bolas azules ¿Las bolas azules? Habiendo reparado Pablo en la naturaleza astuta
de aquel juego; sintió como se sacudían sus tripas como si un impertinente
miedo poseyera su cuerpo. Continuó observando a aquel caballero de no muy alta
estatura, que definitivamente abandonaba la calle. Finalmente; desapareció como
las almas al alba y Pablo, constreñido en su emoción, marchó de igual forma de
vuelta a casa.
La jornada había concluido y sin embargo, sus ganancias eran
poco más que paupérrimas. No consiguió reunir ni la mitad de lo necesario para
poder ser recibido por su padre en son de paz. Al contrario… Al regresar
probablemente le esperaba una buena paliza. Ya que su padre; que ciertamente no
predicaba con el ejemplo, se tomaba muy en serio su trabajo pues según le decía
el “era una cuestión de estatus”. Él, a diferencia de Pablo, no trabajaba; sin embargo esto no se debía
a alguna clase de dificultad física; ni siquiera su incipiente arrojo por la
bebida era la respuesta a porque su padre llevaba desde que murió su madre sin
trabajar. Como bien digo, según Juan, el trabajo era cuestión de estatus. Según
él, había logrado acumular la suficiente fortuna como para mantener a su
familia y dos generaciones de ésta. Que lo hubiera perdido todo ni quita que en
un momento dado de su vida lo hubiera conseguido. Por su parte y en su opinión,
poco más tenía que aportar más allá de su estómago a la hora de repartir los platos.
Y no solo eso, él; impresionante empresario, mandatario del Gran Casino, no
tenía inconveniente en “disciplinar” a cualquiera de sus hijos así como lo hizo
con la difunta madre de Pablo a la que golpeó hasta matarla. Una de esas
situaciones en las que se requería de su disciplina, podría darse si Pablo
regresaba con menos dinero que el día anterior. La regla, injusta o no, había
de verse cumplida. Pablo se encontraba ante los dos escalones blancos que
elevaban la puerta de su casa. Temblando las manos, se apresuró a timbrar
cuando se fijó en que la puerta estaba abierta. Siguió andando desde el
recibidor al uso, minúsculo; hasta el pasillo. Cuando se giró y descuidadamente
observaba los alrededores contempló la ventana que daba al patio de luces de la
comunidad vecina. Un dicharachero perro se paseaba por el pequeño espacio como
si este fuera completamente suyo. Pablo deslizó la vista atrás, y donde se
hubieron dispuesto en su día unos barrotes de hierro para colgar carne seca;
colgaba la pálida carne de su padre con los sesos desparramados a sus pies
junto a su viejo rifle de caza.
El domador
Francisco era un hombre de cuarenta y dos años que trabajaba
en el circo desde que era joven. Nació en una comarca boscosa de Galicia, en
una reserva, en una enjuta y destartalada cabaña. Aquel lugar del cual
procedía; la llamo comarca por darle algún nombre, estaba habitada por pastores
en invierno. Se vaciaba en verano, porque aquellos pastores se deleitaban en
las noches frescas durmiendo a la intemperie bajo el cielo estrellado, y las
pobres estructuras de los refugios apenas soportaban la lluvia sobre sus
rechinantes cimientos. La única familia de Francisco era un señor anciano de
grises cataratas y de cristalinas caderas. Llevaba a cabo su rutinario camino
tan afianzado en sus pies que aun carente de sentidos, embotados por la
enfermedad, acostumbraba a recorrer sin problemas. Un día de invierno,
Francisco dormía cuando la nieve de la techumbre lloró sobre su rostro. Del
frío, pegó un salto y abandonó el camastro con presteza. La oscuridad hendía la
estancia y solo un débil candil resplandecía haciendo brillar el farol en el
que se guarnecía. Francisco lo mira y se sumerge en su microscópica calidez.
Súbitamente, un aullido continuado por un carrasposo grito
como arrancado del alma retumban y con el pijama de lana y esparto todavía
puesto, Francisco alcanza la puerta. Inmediatamente dirige su visión hacia el
viejo pozo; en el recorrido de su mirada hacia éste: se diluyen unas formas
emboinadas que asoman de las pertrechas edificaciones que sin embargo le son de
minimísima importancia en comparación a la escena que se interpreta frente a
él.
Un gran lobo negro de tamaño ampliamente anormal en
comparación al resto de cánidos de la foresta, adornaba con el cuello del
abuelo de Francisco entre sus mandíbulas, mientras con nerviosismo rasgaba sus
hombros y espalda. Mientras, como una vaca herida, aquel señor mugía de dolor
dando a entender como sus pulmones se quedaban sin fuelle. Esto era evidente en
sus débiles brazos, que con la derecha empujaban en orden superior ascendente
las fauces del lobo (aun sin el saberlo, acelerando su asfixia) y con la
izquierda golpeaba repetidamente con el cubo del pozo la cabeza del animal.
-¡Que viene el lobo!- Gritó uno de los pastores alojados. Y
Francisco, inmóvil en la puerta, solo consiguió reaccionar cuando el disparo
del rifle de uno de los pastores atravesaba como un rayo el atronador barullo
entre los gruñidos del lobo y los lamentos de su abuelo. -¡Fuera de aquí
cabrón!- Gritó uno de los pastores- ¡Venga coge el rifle!- Propinó otro
disparo, y esta vez un aullido de dolor les devolvió la bestia; que alcanzada,
soltó la pieza para quejarse. Con unos terroríficos ojos amarillo miel recorrió
el espacio donde se disponían Francisco y el pastor que apuraba el siguiente
disparo con la premura de un profesional. El pelaje del hocico, tan negro entre
la blancura; acertaba una roja tonalidad salpicada que se mostraba
especialmente llamativa en los colmillos e incisivos de la bestia; que
continuaba emitiendo rugidos desde su infernal cavidad entreabierta. -¡Venga
chico, coge al abuelo!- Francisco miró al gigantesco lobo que bañaba sus largas
y anchas patas en un bermellón charco de sangre. Un tercer estruendo
relampagueó y el lobo espiró un nuevo quejido; este de aturullante dolor. El
difonismo, quizá por su taponada boca que cercaba el cráneo del anciano como un
cepo, dio a entender a los pastores que el debilitado animal estaba a punto de
rendirse y caer desplomado. -¡Diablos!- El pastor que había entrado como una
exhalación a por su rifle patinó unos segundos en el hielo del umbral y cayendo
prácticamente en escorzo, se apoyó sobre la culata del rifle a su vez que el
hostigante pastor redirigía su mirada hacia él. El lobo no perdió un instante y
con renovadas fuerzas arrancó a correr hacia la arboleda con el anciano
arrastrando en su boca. -¡La madre que me parió!- El pastor se llevó las manos
a la cabeza mientras sujetaba el fusil con el cañón apuntando hacia el cielo,
pero no obstante tras unos segundos se lanzó en persecución de lo bestia siguiendo el reguero de sangre que ésta iba
pintando en la nieve. El segundo pastor tardó en seguir a su compañero lo que
incorporarse, y Francisco, con las manos vacías corrió tras ellos. La nieve se
extendía entre los nudosos troncos marrones como un mar de nubes. Francisco trataba de mantenerse orientado y
de seguir la pista de los perseguidores, aunque no tardó en dirigir su atención
completa a la chaqueta de pana que se perdía en la lontananza perdiendo así la
noción de donde se encontraba. Sus adrenalizadas piernas luchaban por no perder
el ritmo. Otro disparo espantó a los pájaros que marchaban graznando
despavoridos en sentido opuesto a Francisco. Distraído tropezó y cayó de
bruces. Aún se tropezó una vez más hasta lograr reanudar la carrera; aunque
para aquel entonces los pastores se habían perdido en la nivia espesura. Miraba
a todos lados, desorientado y jadeante; sin embargo no vislumbraba atisbo
alguno del sendero de regreso, o de por donde podrían haber ido los pastores.
El cielo amoratado se entintaba de un naranja de forma
progresiva, atenazado por los rayos del sol naciente; éste aportaba una nimia
luminosidad al bosque tenebroso. Un portentoso aullido quiebra la inmanente
calma y un nuevo disparo le sigue casi al segundo. Calma de nuevo; y otro
disparo. Silencio.
Dubitativo, Francisco sigue el rastro del ruido residual
perpetuado en el eco de los troncos. Y aunque comienza decidido y galopante;
paulatinamente cede el paso ante los escasos árboles. Éstos poco a poco dejan
ver un claro. El claro concluía en un socavón natural que dispondría las
paredes barrancosas que lo rodeaban de montañas, y a sí mismo de valle.
Habiéndose aproximado al límite, hizo uso de unos zarzales y apoyándose
vislumbró la zona buscando a su abuelo, a los pastores o aquel gran lobo negro.
En el socavón se discernía una cavidad que habría de
extenderse en la tierra como una madriguera, y en la entrada, un fusil como el
de los pastores sobre un charco de sangre que conducía al interior de la
madriguera.
El sobresalto de Francisco fue mayor, y por poco le hace caer
en el socavón, cuando con la mirada y los sentidos atentos en el más mínimo
ruido o forma; unas manos que cubrieron su boca le interrumpieron. Giró su
cabeza solo para encontrarse con los ojos del pastor que había iniciado la
persecución. Mandó callar a Francisco, y solo cuando estaba cerciorado de que
no emitiría un sonido le soltó: -¡Calla, calla!- Decía susurrando. -¡Estaba
persiguiendo al lobo cuando lo vi meterse ahí!- Continuaba mientras me
señalaba, agazapados los dos, la obertura. –Cuando me acerqué vi que dentro
había un montón, niño.- Francisco escuchaba atento. –Yo lo siento por tu abuelo
pero tenemos que irnos de aquí… ¿Y dónde está mi compañero? Escuche un par de
disparos y por eso volví aquí.- El joven lo miró y dijo: -Lo perdí, iba muy rápido…-
El rostro de aquel pastor se tornó blanco y se quedó mirando la entrada
fijamente. –No me jodas...- ¿Qué pasa?- Cuando los vi a todos en tropel me di
tal susto que dejé caer el fusil y eché a correr. Y aunque os busque para
avisaros, no os encontré.- Calló y después siguió- Si resulta que vio el fusil…
Virgen santísima…- Señaló a Francisco la sangre y continuó con voz temblorosa-
Esa es la sangre de Venancio…- El hombre ceñía el labio y las cejas en una
expresión de indolencia confusa.- Niño, tenemos que subir al pueblo, vámonos de
aquí.- Tuvieron que pasar horas porque el albor de la mañana aproximaba y
dilucidaba unos principios de sombras. -¿Pero y si está vivo?- Preguntó
Francisco. El pastor me miró y reafirmando mi pregunta con su expresión dirigió
sus ojos de nuevo al lupanar. -¿Sabes volver al pueblo? No está cerca, pero si
sales ahora llegarás al sendero antes de mediodía. –Pero desde aquí no se
llegar- Vale… Pues espera aquí y cállate niño- El pastor se arrastró desde el
zarzal colocarse en el terraplén encima de la obertura, y con mucho cuidado fue
bajando la cabeza hacia la madriguera sujetándose a las raíces y briznas de
hierba del borde del socavón. Las piernas del valiente hombre temblaban de una
forma obscena en un orden incontrolable, solo salvadas por sus pies enterrados
en la nieve. Ya asomaba parte del tren superior, cuando aquella boina que
parecía sellada con cemento a la coronilla del pastor cayó súbitamente al suelo
blanco del socavón. Francisco lo vio hacer un ademán de disconformidad, ya que
el hombre levantó la mirada un instante. Estirando su cuerpo un palmo más, casi
alcanzaba la boina con su brazo quasidescuajaringándose cuando de la negrura
del orificio un lobo negro se abalanzó sobre su cabeza como un perro haría con
una pelota de tenis. El pastor quedó en el suelo a merced de la criatura, que
bajo las primeras luces del amanecer se discernía incluso más grande incluso
que antes. Como si de un trapo se tratase, zarandeó el cuerpo del pastor que
desesperadamente trataba de encontrar un punto de apoyo. En una de estas,
golpeó el fusil del suelo, que fue a parar unos metros más cerca del zarzal
donde permanecía oculto Francisco. El pastor declamaba dolorosos alaridos y el
lobo rugía ferozmente tratando de arrancar la cabeza de su cuerpo.
En un impulso temerario, el joven Francisco saltó al socavón
y se apresuró a recoger el fusil. El lobo inmerso en su cacería no reparó en su
presencia, y Francisco apuntó a la bestia.
Al no tener idea de cómo usarlo, fue capaz únicamente de
efectuar un solo disparo sobre la cabeza del lobo; y aunque con el retroceso se
fracturó el hombro; este golpe fue certero.
Cuando el lobo cayó al suelo desplomado, se pudo advertir en
él un total de tres disparos y solo uno en la cabeza pudo tumbarlo.
Su tamaño superaba por mucho el de un lobo común; y sus ojos
color dorado refulgieron por última vez antes de perderse en el firmamento.
-¡Amigo, amigo!- Cuando sacó la cabeza del pastor de las fauces del animal,
tuvo que desencajarlo de sus dientes; que habían perforado profundamente su
cráneo. Y si bien al principio creía que estaría mal herido, no tardó en darse
cuenta de que estaba muerto. Fue entonces cuando tuvo una vista perfecta del
interior del lupanar. Una docena de ojos verdes resplandecientes posaban su vista
en Francisco ahora mismo. En el suelo de la madriguera yacía el pastor de
chaqueta de pana que perseguía junto a su fusil y un cuerpo vestido como el de
su abuelo pero carente de cabeza y destripado desde el costado.
La adrenalina lo llevó a intentar saltar al lugar desde el
que había caído el pastor; cual fue su sorpresa cuando el hombro le falló y
quedó en el suelo de espaldas resentido por el dolor. Un lobo gris de menor
tamaño se acercó tranquilamente desde la sombra hasta el cadáver de la bestia y
la olisqueó, mirando fijamente a Francisco acto seguido. Francisco atónito le
devolvió la mirada, intentado encontrar alguna clase de lenguaje con el que
suplicar clemencia. Tan quieto estaba, que se entrecortada respiración se
detuvo unos instantes que le parecieron eternos.
El lobo le miró y comenzó a erizarse musitando unos
profundos gruñidos. Sin embargo, aunque sea fue su primera percepción, no le
miraba a él. Tan gráciles eran estos animales, que Francisco no había reparado
en como poco a poco había sido rodeado por tres lobos blancos y grises que sin
emitir un sonido le circundaban y acechaban esperando su más mínimo intento de
escapar para abalanzarse sobre él. Volvió a mirar al lobo gris que se hallaba
junto al cadáver de la bestia, y sin un ápice de duda, lo vio lanzarse contra
los tres lobos que le rodeaban. Lanzando poderosas dentelladas arrancó la oreja
de uno mientras el segundo se le lanzó al cuello. Pero el tercero parecía
querer evitar el conflicto y se escabulló tras Francisco.
Él, quien tan pronto como los lobos se había lanzado al
ataque se reincorporó del todo y trataba de subir un terraplén; sintió una
poderosa fuerza que trituraba su tobillo, lo rasgaba y lo inmovilizaba. Era uno
de esos lobos, que no pretendía dejarle marchar. Con un pie en la boca del can
pateaba con el otro la cara del animal salvaje, pero éste estaba decidido a
llevarse a Francisco con él. El chico sollozaba y gritaba aterrado mientras
golpeaba una y otra las fauces del animal; que iban ganándole terreno sobre su
pierna. Con todas sus fuerzas se sujetó con una sola mano de una raíz que
sobresalía de la nieve y continuaba forcejeando cuando una fila de dientes
blancos, como estalactitas de puntiagudas, montados sobre una base negra atrapó
de un bocado el cuello de aquel lobo, haciéndole abrir la boca y liberando a
Francisco. Con un respingo, al momento, continuó su ascensión; y aunque se
tropezó se levantó con las manos de golpe desde el suelo echando a correr a una
velocidad prodigiosa. Sin mirar atrás, escuchó un aullido y una batería de
voces guturales le siguieron repitiendo aquel lóbrego sonido. Pero Francisco no
se detuvo a pesar de la incipiente curiosidad que le sobresaltaba. Sujetándose
el codo, corrió y corrió hasta que horas más tarde encontró el sendero y pudo
volver al pueblo. Allí entró a un bar y le contó lo sucedido a la mujer de la
barra; que iba abriendo sus ojos hasta que tuvo que empezar a abrir su boca. La
mujer comenzó a llorar y fue sabido por Francisco que aquel pastor boinero y
valiente era su marido. La mujer, que quedo en su desconsuelo, le sirvió comida
y agua y entro a la cocina del bar. Trataba de ocultar sus lamentos, que aún
así, seguían siendo perceptibles en el silencio sepulcral del bar. Un hombre
que comía en la barra, se acercó a Francisco: -Oye, chico, no he podido evitar escuchar
lo que le has dicho a la señora ¿De verdad es eso cierto?- ¿Es que no me ve?-
Replicó Francisco. –Discúlpame, porque aunque no serías el primer hombre
magullado y harapiento que han visto estos viejos ojos, si serías el primero en
sobrevivir a una manada de lobos. –Francisco se hirió de tales palabras y
siguió comiendo tratando de dar a entender a aquel hombre su negativa a la
conversación. –Es que sencillamente es sorprendente; en serio. Trato de
comprender como cualquier persona podría haber evadido lo que narraste, y no se
me ocurre… Realmente debes tener algo de especial. -¿A qué te refieres?- El
hombre se aclaró la garganta y continuó- Dicen que el lobo es amigo del hombre.
Dicen que hay hombres que se manejan mejor con las bestias cuadrúpedas que con
las que portan rostros humanos. Aquellos encantadores de serpientes y domadores
de orcas son uno entre diez mil ¡Son sumamente particulares! Que no daría yo
por hacerme con un empleado de tan singulares atributos para mi circo. Aquel
tan especial como para hacer ese trabajo sería recompensado con creces ¡Con
creces; te lo digo yo! Viviría mejor que yo, y mira que soy el jefe de pista.-
El joven temblaba de la excitación.- ¿Jefe usted? ¿De qué?- Pregunto Francisco
malhumorado.- De un circo, señor, evidentemente ¿No puede deducir de mi
prosaica y portentosa dialéctica que aquel mi oficio trata de ensalzar enseres
mucho más excepcionales que yo? ¡Oh, amigo, realmente debería de venir conmigo
y conocer al resto de miembros de la compañía!- ¿Y qué diablos hace en este
pueblo perdido de la mano de Dios?- El hombre tragó hasta la última gota de su
copa y continuó.- Estoy recorriendo España, bueno; la península en realidad, en
calidad de trotamundos. ¡De cazatalentos incluso! ¿No le digo que de todos los
oficios el de domador es el más singular? Ardía en deseos de localizar a tan
prestigiosa personalidad. Que hayas sobrevivido a unos acontecimientos tan
catastróficos como los que explicaste a esa mujer, en mi opinión, no serían
sino un indicio de una sorprendente afinidad con los animales salvajes. No es
baladí no solo que tu vida haya sido salvada por tan noble animal, sino el
hecho de que ninguno de ellos te persiguiera y perdonaran así tu vida. ¿No lo
entiendes? No deberías haber salido vivo de ese bosque, y sin embargo ¡Hete
aquí! En mi experiencia, este es un indicativo de talento y buena fortuna.
Acéptalo o niégalo; pero es indiscutible que hay gente que nace para llevar a
cabo unas tareas específicas; designadas para ellos desde el día en que
nacieron.- El viejo concluyó su perorata y asomaba su sonrisa burlona mientras
miraba a Francisco con aire triunfal. Francisco, evidentemente, había caído en
sus redes. -¿De verdad? ¿Tan difícil es?- El jefe se río y prosiguió- ¿Un
Hércules que haga del león de Nemea una de las ratas que persiguen al flautista
alemán? ¿Un valiente Tyr que ofrezca su mano para encadenar al lobo profético?
¿Tú que crees, hijo, no crees que sería alguien realmente especial?- Fue
entonces que mientras un injertado impulso vocacional escalaba la espalda de
Francisco; que había desviado la mirada y volvió a mirar al hombre. Este lo
observaba fijamente.- Quizá deberías probar; en mi opinión, deberías
intentarlo. (30 años después)
Educado por el jefe
del circo se vuelve un culto orador engreído convencido de su talento inmanente
y natural de domar a las bestias. Un grupo de espectadores por determinar le odia tanto que planean su asesinato por
medio de su león Gabriel; quizá con púas de cactus o alfileres (con algo con lo
que Francisco no vaya a darse cuenta) que finalmente devorará a su domador.
Un pomposo espejo rodeado de bombillas amarillas adornaba
con la cara enjuta pero entrada en carnes de Francisco. Mientras terminaba de
atusarse los pelos del pecho, perdió su mirada en los folículos del bigote;
abiertos de par en par para colmar a la parte superior de su labio de un
espesor negro pero ordenado. La cara, espolvoreada con marrones tiznes,
pretendían datar al gallego de una apariencia exótica a modo de llamamiento;
como verificando que allí de donde él procedía su oficio era el más común de
todos ¿Cuál era este, preguntáis? La doma de animales salvajes. En específico,
grandes felinos; y para terminar de ser exactos, leones. El pequeño camerino de
Francisco, completo por la luz del espejo de una tonalidad blanca-amarillenta,
contaba con aquel tocador, una cama, un cuarto de baño en condiciones
horrísonas, una mini cocina con un fregadero con depósito y unos cuantos platos
apilados sin ningún criterio; sin diferenciarse en estos los limpios y los
sucios. Un potente sonido sobresaltó a nuestro protagonista que con una mano en
el pecho suscitaba su angustia.
Margarita, el elefante, barritaba como de costumbre en su
caravana monumental. Y Francisco, ahora más calmado se preguntaba cómo tras
años de experiencia en esta compañía aún no se había acostumbrado al sonido del
circo. Una risa nerviosa asaltó al joven que ahora más que nunca se apercibía
como un hombre hecho y derecho. Su carácter taimado (o así se consideraba el)
le impedía bromear sobre el asunto; por cómico que fuese, y sin más vacilación
abandonó su meca (cuyo objetivo era demostrarse a sí mismo normalidad, asuntó
en el que fracasó estrepitosamente) solo para continuar maquillando la punta de
su nariz y pómulos. Cuando hubo concluido, se levantó y de la cama alcanzó a
sacar una funda de plástico cerrada, que aún desprendía un cierto olor a
tintorería. Abrió la bolsa y de esta sacó unos pantalones chinos negros
acampanados con un estampado de estrellas blancas y borde azulado.
Yendo como iba, en ropa interior, se los ajustó hasta la
cintura a la altura del ombligo y se miró en el espejo; primero de frente y
luego de lado. Su mirar inquisitivo y caprichoso recriminaba al actor sus
angostas hechuras; que poco a poco germinaban en grasientas volutas, como si se
hubiera dispuesto un flotador de carne dentro de la piel justo encima de las
nalgas. Sus ominosos pectorales se iban decantando en orondos pechos que,
colmados de pelo, terminaban de darle esa silueta en forma de ese que tan
desagradable le resultaba. Sin embargo Francisco no dejaba de ver al apuesto
joven que una vez fue. De poderosas espaldas y esculpida figura. Repasaba,
mientras se colocaba su chaleco negro con un león naranja, marrón, amarillo y
blanco cosido a la espalda; cuales serían los pasos a seguir para recobrar su
forma original. Unos centímetros menos en el tórax, una piel más tersa y
ajustada a su voluminoso músculo subyacente. Quizá la cerveza y los alimentos
ultraprocesados hubieran hecho presa de el. He de decir, que sus cuantiosas
cajetillas de cigarrillos semanales no ayudaban mucho. Y ciertamente, llevaba
sin ensayar la actuación un par de días.
En otra línea de pensamiento; dirige una nueva mirada a su
hombro derecho, que se escabulle en el interior a causa de una lesión del
pasado. Se mira a los ojos fijamente a través del espejo durante mucho tiempo,
más de lo que podría considerarse ordinario. Aparta la mirada para buscar y
extraer un nuevo cigarrillo de una de las cajetillas desparramadas por el
tocador, encendiéndoselo con un cipo con la bandera de España. Absorbe el
algodón con exuberante fuerza; solo para mirarse fijamente de nuevo acto
seguido. Aguantando la bola de humo que colma sus pulmones se deja caer en la
silla, y con un gesto de descompresión se relaja mientras sus labios exhalan
tizne y colman la estancia.
el espectador
Y cuando por la luz del sol naciente vislumbre mis quemados
ojos posando lo que quedaba de mirada en el firmamento, logré discernir una
tenue pero inmensa oscuridad que me envolvía tras de mí, delante y en
cualesquiera de los sitios que antes observaban mis cabizbajos parpados… Entonces lo vi, una extensión sin principio
ni final en la que me perdía como una coma en la biblia, como una gota en el
mar, como un huevo en el nido. Nacía y moría una y otra vez mientras mi
constreñido corazón estiraba sus extremidades como el comatoso que emprende su
vida una vez más, ambos habiendo despertado de un largo sueño. ¿Y quién era yo
para cuestionarla? ¿Y quién era yo para vivirla? Dios me esperaba en el
pasillo, al final, aguardando mi llegada con mirada condescendiente pero
amorosa. Como la de un padre, como la de un amigo. Y entonces comprendí que si
Dios no existía, ¿Con quién habría estado hablando todo este tiempo? ¿Se habrían perdido mis palabras, mis
sonidos, pensamientos encerrados en simples códigos en la inmensidad? ¿En la
oscuridad? Y quise pensar que no, y quise pensar que allí estaba yo. Abrazado
con la oscuridad. Siendo uno con todo.
lunes, 6 de mayo de 2024
PAUSA
sábado, 17 de febrero de 2024
Ánodo y cátodo
Andaba perdido en la misma historia de siempre… yo
obsesionado con ella, y ella ignorándolo completamente. Yo intentando verla,
ella rebatiendo mis intentonas como el que contesta preguntas enumeradas una
encima de la otra en un papel. Y terminado el día, ese resquicio de amor
superviviente que se esconde en algún
recoveco de mi pecho cualesquiera hayan sido sus perjuicios, logra enquistarse
en mi ser y regenerarse de nuevo para que pese al odio, mañana pueda amarte
igual que ayer. En el fondo no sabes lo que me detesto por ello ¿Cómo trabajar por la destrucción de lo más
bonito que he intentado construir jamás? Me gustaría saberlo de verdad, si
algún día me amaras. Porque es justo lo que yo mas deseo en el mundo.
Lamento no haber podido protegerte de la bestia blanca de
desfigurados ojos, pues en mí constaba de su amistad con nuestras almas, pero
no su autonombrada soberanía sobre nuestros cuerpos, y aunque el mío no fue
marcado por sus manos, sepas tu que yacen en mis antebrazos las líneas de tu
cuchilla. Ahora solo deseo desaparecer en el firmamento marchando en recta
inamovible cualesquiera sean los terrenos que inclinen mi paso. Atravesaré la
más dura cordillera y el más frío de los mares para alcanzar mi estado de
conciencia habitual, que no normal, para encontrar la capacidad de procesar
algo incomprensible.
lunes, 12 de febrero de 2024
La recaída
Comenzó la recaída.
Teñido de rojo un círculo imperfecto por las vísceras que
adornaban su maltrecha silueta, se abría ante mí un pozo sin fondo, negro en su
enteridad, recubierto por una noche de invierno interminable pasmaba mi cara y
la llenaba de verdadero temor. La muerte llamaba y hablaba en mi lengua, aún
sin poder yo entenderla. Colmaba sus ojos de los horrores perpetrados por mi
especie y alcancé a divisar una larga lista, roída y amarillenta, pintada con
polvo y tinta en la que numerosos nombres seguían los siguientes hasta donde
alcanzaba la vista. No sonrío ni vi inmutarse un ápice su delgada y esbelta
figura cuándo se acerco, decidida y confiada tendió su mano hasta mí, hasta la entrada del
pozo. Un mar de llamas crecía por segundos al ritmo de unos hipnóticos tambores
y una ventisca helada que no conseguía mas que enfurecer y agrandar las flamas,
apostadas en círculos en las paredes de ese abismo, congelaba mis manos.
Mi tez se tornó pálida y mis ojos al
contrario que mi boca no enmudecieron, tergiversaron una mirada animal,
instintiva, que rogaba a mi lógica funcionar y desaparecer del cuarto. Pero no
fue así, en vez de asustarme decidí caminar entre cuerpos, todos maltratados,
mutilados, con enormes jorobas y costillas salientes que mi imaginación había
depositado. Flechas rotas, espadas enterradas. Guerra. Quise cruzarla con los
ojos cerrados pero la muerte me miró y pobre de mí, ni esconderme a mí mismo puedo.
Visualicé el sendero y por grotesco y bárbaro que fuera, decidí caminarlo. Mis
pies ahora descalzos pisaban extremidades y vísceras por igual. Adoctrinado por
la gula, mi forma rechoncha holgazaneaba en las tinieblas mientras entre huesos
rotos hacía equilibrios. Pero alcancé la orilla, alcancé la silueta del círculo
y postrado, lo miré fijamente. Aún hay trabajo que hacer, y es cierto, lo
había. Con cierta usura alcé mi figura, menuda y despampanante se erguía entre
los cadáveres como un crisol divino, luz crecía en mi cuerpo y así fue que se
hizo grande y lleno la estancia, el edificio, toda la ciudad y el planeta
Tierra por completo. No duró ni medio segundo cuando desapareció y recobré mi
organismo, que mi barbilla se había tornado promiscua y delimitada, carcaj de
una fuerte mandíbula, y mi cuerpo delgado y brillante, fuerte. Y caminé de
nuevo en un mundo en el que yo había nacido. Con intensos ojos verdes, pardos,
repasaba mis movimientos casi queriendo memorizarlos una afrodita, de pelo
moreno y sonrisa desarmante, quitavidas. Me casé con ella. En el sofá, un niño
de 10 años con muchas preguntas y pocas respuestas terminaba de leer a Tolkien,
transportándome inocuamente a espejos pasados. Su carita de pan, adornada por
unas imprescindibles gafas azules. Nunca se las quita, siempre le han gustado.
Han timbrado, sus amigos le esperan para jugar como lo que son, inocentes
pasajeros. Pero nunca más de la calle Cornejo, el lo sabe. Pero no fue así y comenzó la recaída.
Bautizada en fuego
donde se oculta el sol, se encienden las estufas
en calurosos inviernos, al rojo vivo las manos
cantan mi martillo, mi mandil, el hollín y las súlfuras
danzando las ascuas, cicatrizando los lagos
al principio magma incendiante, el tiempo es agua y lo enfría
vapores infernales incendian la estancia, los establos, el pasillo
buscando incendiar el cielo huye por las ventanas, las tuberías
observo el hierro humeante, opaco y tosco, sin brillo
y acompasado de las chispas, afilo el borde de su cuerpo
lentamente, y sin prisa, sin dejar ni un solo hueco,
en que mi inquina y mi compas creasen un ostentoso filo
y entonces lentamente la miro, plácidamente la observo
sabe el martillo que del cielo le caen los clavos,
sabe el clavel que no es el destino el suyo, el del herrero
lentamente en su posada, posado sobre su camastro de mimbre
la herrumbre discernía desaparecer del todo envuelto en un gusano negro,
que salía por su ventana, por la chimenea de su tejado, y de su huerto,
muerto del todo por la misma gente que siempre le llamaba al timbre,
si el hombre aun no se rinde, es porque el hombre aun no se ha muerto
pero esta preparado para luchar por su martillo, su mandil, luchar por ser libre
se inscribe por ser hijo de su patria, y ahora es hijo del desierto
es cierto que debe de trabajar para saciar su hambre,
pero no clama su martillo esa canción en amistad, mas bien es una oda
un clamor a la temeridad, a la realidad que se desborda,
porque no hay hombre sin pan, ni abeja sin estambres,
siente calambres en el cráneo, y hasta en la yema de los dedos
su familia muertos ya, ya no pueden socorrerle
apresados por delitos inexistentes e improcedentes
sin armas para vocalizar o textualizar algo tan incoherente
el hombre si esta acorralado para salvar la vida miente
pero que mentira queda si no hay mentira desde este
la cara se le enfría, el sudor recorre su frente,
recuerda los eventos de aquel día, como si hubiera sido este,
y enfurecido golpea la mesa con la espada neonata,
satisfactoriamente comprueba como la parte en dos trozos,
la gira y la mira, expectante, se observa en su reflejo,
con un zurdo surco, la introduce en su vaina magenta con adornos de oro,
recoge su capucha, y hábilmente al hombro va su espada
en su cinto decora otra, mas corta, azul y plata,
que debió de haber sido para los nietos de sus nietos su mas preciado tesoro,
sin linaje ya no quedaba sino bautizarla en fuego,
ya no quedaba sino bautizarla en fuego
Peepe
Como todas las mañanas, Peepe emulsionaba humo de su boca
mientras escuchaba vieja música que le hacía sentir vivo. Es en ese momento de
sencilla paz y tranquilidad momentánea, en esa ebullición silenciosa de
pensamiento en la que se encontraba, distante y enajenado pero más cercano que
nunca a lo que el pensaba sería su anestesia para siempre que se preguntó que
le impedía dejar de ser Peepe. Peepe fumaba porque el sabor de lo que consumía
le derretía la lengua, pero el placer que obtenía aunque traicionero, le
ayudaba a sobrevenir su larga lista de pensamientos. Acostumbraba a quedarse
sentado, con las manos en la mesa y encapullado en una chaqueta de forro polar,
con la ventana abierta y muy quieto por el frío, pensando en todo lo que podría
hacer si sus pensamientos fueran acciones prácticas, y preguntándose si no es
ahora el momento en el que debiera de
empezar lo que sea que alguien como Peepe quisiese empezar.
Con los parpados pesados miraba la pantalla intentando
recrear en su cabeza las imágenes que observaba, deleitándose de los
esplendorosos diseños mitológicos tolkinianos, de los fantásticos trajes
militares, cueros y prendas que adornaban a los tan magnificentes hombres que
decoraban tales portadas, los colores rosados y violáceos que advertían en los
negros fondos letras descuidadamente dibujadas, con simples diseños que Peepe
habría calificado de primarios, que están dirigidos al subconsciente , pues
aunque sencillos, tales pictogramas eran
capaces de evocar sentimientos y recuerdos, siguiendo una lógica, un silogismo,
una iconimia. Sin embargo y nada más lejos de la realidad, acompañaban estos
probablemente a lo que era una música destartalada y melancólica , aunque no
por ello menos rítmica o prodigiosa, y en tanto su temática miscelánea. Cuando
se sentía motivado por lo que en esa tele observaba y de vez en cuando, cogía
sus bolígrafos y en una página cualquiera trataba de concebir o explicar que le
habría llevado a dejar de estar quieto, terminaba su caricatura, y cerraba el
bolígrafo otra vez volviendo a, exactamente, mirar la tele sin emitir un
sonido. Había veces que Peepe, evidentemente, se cuestionaba si todo lo que
hacía, o más bien, lo que no hacía, era importante, si así era, se comprometía
en un silencio interior, en el que no era capaz de ni siquiera albergar un
pensamiento completo sobre a lo que supuestamente se hubiera comprometido, si
no, simplemente permanecía impasible y quieto, como si nada hubiera pensado,
escuchando la melodía que sonase, quieto y haciendo nubes de tabaco.
Pocas veces Peepe había pensado en cambiar de vida (otra
vez) pues el sabía cual era el peligro del hombre, y el asesino del ser. Sabía
que, gracias a su no violencia era su ambiente cercano menos violento, o eso le
gustaría, puesto que sabía también que, en este mundo violento es imposible del
todo permanecer exento de ella, que la violencia es inherente al ser, y que
reproducía violencia cuando hablaba, entonces pues, esta era ineludible. Es
posible que, tiempo atrás, se hubiera unido al juego simiesco de comparativa
estética, pero fue que incluso en esta fue imposible una complementación de una
oratoria adecuada, ya que falto de conocimientos y tratando de excomulgar la
mentira y la tergiversación de su discurso, no hacia su palabra sino entorpecer
su esbelta figura, y en esta neutralidad fue que hayó la indiferencia, y el
cruel sabor de la soledad. Derrotado, Peepe
necesitaba un cambio, un giro drástico en su personalidad y forma de
pensar, y todo apuntaba a un intelectualismo moral, pues en el negro sendero de
estos, sus años embarrados, nada sino la bondad de aquellos que amaban al
hombre por encima del individuo le habían hecho de soporte. De estos
especialmente importante era su padre, querido por entre todos sus conocidos y
por conocer, al que más. Fue que, bailando en el filo de la moral, de lo que
está bien y está mal, mataron mi amor, y el de Peepe. No diré que no reside
maldad en él, pues claro está, no diré que no hay bondad. Solo se que en la
disyuntiva en comer o ser comido, el que es comido no ha de plantearse mucho,
pues como he dicho, ha sido comido. Y es quizá el comido, el que más ansía
comer, satisfecho ya el que hizo por comer, seremos víctimas también del
comido, que sale a comer. Y ante la perspectiva de comer, tras ser comido,
Peepe se rompió los dientes con una piedra, y fuma mirando su tele como todas
las mañanas, mientras escuchaba vieja música que le hacía sentir vivo. Y aunque
Peepe creía en sus palabras, en sus actos, en su piedra y en sus encías, cuando
la necesidad como una pulsión acuciante provenía de su naturaleza y descargaba
en este una fría amalgama de sensaciones y escalofríos, quisiera Peepe comer
como el que más.
En un estuche rojo, apartado, cubren telarañas y polvo este
aterciopelado recipiente, adornado con ornamentación dorada y un bañado de oro
con dos bolitas que haciéndose de tope la una a la otra funcionaban como método
de cierre, se guardaba el hambre y las ganas Peepe, quien aunque mellándose a
sí mismo detuvo su eficiencia física para comer, no había logrado aplacar ni su
ímpetu vengativo y demencial ni su fervor asesino. Vestido de estrella en la
noche, visitaba en su recuerdo el páramo o paraje que hubiérase quedado con
cualquiera de sus pedacitos, que desperdigados por los confines de mi paso,
decoraban los lugares que mientras roto, Peepe alcanzó. Cuando volvía,
escondido cuidadosamente, entraba al abrigo de la oscuridad y permanecía quieto
hasta que alguien apareciera por el lugar. Era entonces que agazapado lograba
discernir el semblante de algún demonio que le fuera familiar, saltando
violentamente tras el y reduciéndolo al suelo. En particular, a este último,
propinaba Peepe un aluvión de puñetazos precisos entre su pómulo y sien, con la
derecha, mientras que con la izquierda sujetaba el escaso pelo de un rostro
senil descompuesto, ahora sangrante, y
confuso. Una vez machacado su espíritu y quebrada su voluntad, Peepe no tenía
sino que, sentado en el pecho y con las piernas cruzadas, dispuestas debajo de
la cabeza del hombre, con la mano izquierda sujetar la cabeza mirando hacia
arriba del desfallecido sujeto, y con la derecha martillear las palas
superiores, que caerían con facilidad tras diez buenos golpes. Así, una vez
arrancadas, las guardaba Peepe en un saco de tela y ahora sin ningún cuidado,
dejando de pensarse a sí mismo, abría los ojos estando una vez más, sentado
delante de su tele. Era que este proceso se repetía continuamente cuando
conformaron de sus cacerías las suficientes piezas como para colindar una
dentadura completa. Cada muela e incisivo habían sido debidamente extraídas de
los demonios que circundaban la memoria de Peepe, y era así que hablaba Peepe
con la boca de estos. Enchido de pena y remordimiento, guardaba este artefacto
diabólico y lo custodiaba sumido en la onírica de sus sustancias, y apelmazado
como el lodo, sumiso y manso ante la música como las bestias.
Peepe se había jurado a sí mismo no volver a comer, y en
ello estaba cuando otra descarga le recorrió la espalda. Peepe odiaba todo lo
que tuviera que ver con comer, pero era eso lo que le hacía débil ante los
demás. Y aunque más de uno quiso y querrá aprovecharse de Peepe, son los
dientes que recogió, la boca por la que habla, o por la que no habla los que
una vez más se reiteran en su pensamiento.
Peepe vive su vida por los demás, aunque creo yo que en este intento es
más feliz en su silla helada frente a su tele que en el caos del movimiento.
Es inevitable, aun así, que Peepe deba volver a usar sus
dientes, y es por eso que está condenado a blandir la lengua de su adversario y
de lo que más odia y de lo que más odia, es que ahora es parte de él.
Sinceramente, hay días en los que me siento como Peepe, o más bien, Peepe es un
producto de como me siento. ¿Es acaso Peepe un hombre violento? Espero que no.
Se que no.
sábado, 10 de febrero de 2024
Preludio al dolor
RA MUT NUT JANUT
PTAT NEFTIS NEJBET
SOBEK SEKMET SOKAR
SELKET RESHPU GAUCHET
ANUBIS ANUKIS SESHMET
NESHET JENSUT PTETNUT
JIKET MAFTET
Camino con el susurrar del viento y el crepitar de mis
párpados entonando vertiginosas melodías que acompasan las hojas chocantes que
caen al suelo embestidas por la lluvia, mientras una luna llena incipiente
permanece oculta como si estuviera recubierta por nubes de petróleo. Los
árboles moribundos que tapizan de vejez el reflejo de las farolas, entrechocan
sus huesudas ramas advirtiendo precipitarse con cada ráfaga de aire. La goma de
mis suelas chirría en el pavimento cuando no está pisoteando charcos, y cuando
así está; el agua enfurecía, y tanto lluvia como charco hacían de peregrino,
caminante, y de caminante, presa, inmolándose al unísono en mi chubasquero
marrón.
Cuidadosamente volteo
la mirada atrás y de entre la llovizna y las tintineantes farolas atisbo las
huellas de un lobo con piel de cordero que me persigue, como único testigo el
lodo y como estandarte: una mano asfixiante que aprieta y sofoca, que me
persigue en el barro, en las calles, en la acera de al lado. En cualquier lugar
donde mi mente y alma luchen por la custodia de mis manos. Sin darme cuenta,
ahora quieto, estoy mirando atrás como un cincuentón melancólico mientras la
lluvia insomnificante y fría flagela mis gafas y cabeza.
Uno por delante, y otro me sigue. Rivalizo entre mis pies
quien va más rápido por turnos mientras el lobo y la lluvia me vigilan con
cautela. Entonces tengo miedo, y las manos grandes ¿Qué me pasa en las manos?
Ya no tengo miedo, pero estoy asustado ¿Pero que me pasa en las manos? Ya no me
da miedo nada, ni el lobo, ni la lluvia, ni las manos, ni los charcos, ni las
calles, ni las nubes ¿Y ahora donde están mis manos? Paro, me pongo a llorar,
me retuerzo los ganglios y paso lista a ver si han venido todos.
Los coches, faltan los coches. Faltan los coches rojos,
blancos y azules que con el lobo detrás se vuelven negros, por la luz o por el
lobo pero: - Y YO QUE COÑO SE, DONDE ESTÁN MIS PUTAS MANOS. Me toco los
bolsillos, los talones los cojones, la lengua; toco en casa de mi madre y toco
las campanas de una iglesia. Me rindo, todos de acuerdo en que me rindo. –Ya
vale la broma; le dice el charco al lobo risitas que está comiéndose a mi
hermana con mis manos en un cuenco.
-2-
Ojos lodados de pan… de pan de cieno, de desgarbo, de babas
quemadas y toses inversamente proporcionales a los coches que giran en ciclos
de treinta pasos. De niños quietos y adultos hipercautivos que hacen giraldas
en girones y autodestruyen botellas del mismo modo en que te beso; del cuello
al culo. La clave está en sentarte frente a un radiador y quemarte las manos. Y
pararse en seco. Y llorar en seco.
Me ahorqué con la bufanda, y entré a un ascensor sin puertas
ni botones; estrellando los brazos contra bibliotecas minúsculas con cuadros
toxicosemánticos. Empiezo a pintarme por detrás de los lienzos, la madera me
hice yo y me quemé con el radiador. Sin darme cuenta estaba durmiendo sobre mi
propio charco. Mis problemas son míos y no son míos, pero este es mi charco; y
mientras saco los pies del hueco del sofá para chapotear en mi llanto, el cojín
se hunde. Jack y Rose cabían en la tabla, los dos cabían perfectamente, y no le
dejó subir o el tío se flipó y quería comerse un tiburón normal; ni blanco ni
negro, ni soltero ni casado, ni agresivo ni cansado, ni silvestre ni
amaestrado. Solo un tiburón ¿Entonces por qué(coño) estoy temblando? Rose tiene
su tabla y Jack su tiburón normal como plato del día. Me he quemado con el
radiador. Se me ha pegado la piel a la polla y ya no puedo ni nadar, ni cambiar
del ordenador a la cama, y de la cama a la soga. Jack era un flipado, un puto
flipado. Yo solo soy la muerte. Eché a suertes que decir: Me ha salido no
salir. Ahora estoy asustado… tan asustado
-3-
Quiero quitarme los ojos ¿Por qué siempre hay un quiero en
este folio? No en este folio, pero en el otro y este que son el mismo hay más
que estrellas en tus ojos. Los tuyos, no
los míos. Los míos me los quiero quitar o darles la vuelta y mirarme adentro, a
ver si estoy hueco o si es que hay poca luz. Quiero arrancármelos de verdad ¿O
de mentira? –Bueno, puedo coger uno, darle la vuelta y dejar quietos los
labios, digo. Pero como grite me quito el otro, de verdad o me mentira pero me
lo saco. Y me lo como debajo de mi sofá donde papa y mama se sientan llorando
mi ausencia. Pero estoy debajo, y ellos no lo saben. No voy a decir nada. No gritaré, ni moveré la boca,
ni la lengua, ni el ojo invertido que me he puesto, ni las manos de mi pecho.
Voy a dejar de respirar. –Ya vale la broma, me dice una bolsa de basura
temerosa que se asoma por debajo del parqué haciéndome girones la espalda. La
basura no lo entiende. Pero este sofá no es cosa mía, ni que este debajo tampoco.
–Tócame la polla, le digo llorando. Parece que me oyen y el sofá se da la
vuelta cayéndose los pasajeros, el conductor y las cuatro ruedas desmontadas.
Noto un hueco en el ojo vacío en la cuenca forjada por mis ganas de conocerme y
me veo por dentro por la luz de la tele, que se filtra en mi barriga a través
de mi cuenca. Y me siento en el sofá. Estoy tendido boca abajo leyéndome y
odiándome, en crescendo ambas acciones, mientras en la radio suena la jungla de
cristal. Y otro gol, y otro gol.
Dentro de mi barriga, mi partida de nacimiento. Partida que
perdí hace tiempo, por supuesto. Leo mi nombre; lo leo en árabe de Marruecos,
recitando Zacarías sentado en un Mercadona, y me quema las orejas por leer cada
letra con cada otra y sentir que no siento que tenga nombre. Lo he hecho por
ti. Decido meterme en el sofá de lleno ya que estoy hueco, y con el molde de
mis pantorrillas hacerme diez cojines. Me he comido mis propias piernas. Sangro
por la boca y por el culo. El instinto y el asco se cuelan en la cuenca hasta
mi barriga, y mi barriga lo abraza ¿Mama? Ya me quito del sofá. Me quito del
sofá porque aunque mis pantorrillas sean un cojín, no quita que en mi mismo no
hay lana; de oveja el estiércol, pero nada más. Estoy borracho. Lo estoy porque
como no lo esté es que no me he llegado a quitar los ojos, ni les he dado la
vuelta. Pero sigo debajo del sofá. Salgo un poco, pero vuelvo a casa pronto y
el sofá se ha vaciado. No hay ni bolsa ni cojines, solo la tele, que está
sonando. –Hazme el favor de apagar la tele, o apaga las manos de este plato.
-4-
¿Por qué me siento así? Tan abrumado y absurdo, me siento
mal y triste, y tengo la sensación de alguien que ha perdido algo y está al
borde de la depresión y el ataque de nervios. Estoy ansioso y muy inquieto, mis
piernas no dejan de vibrar y desplazarse en un recorrido cíclico y corto. Me
duelen los dedos por la ausencia de uñas, roídas por la ansiedad que postergó
mis manos y las impulsó a inmolarse hasta sus cimientos en una boca
tambaleante, emisora de chasquidos y llamadas de auxilio mudas, de flores
llamativas inmortales ante todo menos el frío de una promesa incumplida y el
cumplir con el pasar de los años. ¿Dónde están mis uñas? Me las he tragado
todas queriendo morderme los huesos, por temer a mi sangre quedan muñones y por
muñones queda lo que no queda. Quedan más uñas, ocultas en mi esófago. Se han
empalado a sí mismas contra un muro rosado con lanzas azules, destiñendo el
arco iris con patadas en mis pies; desde la planta hasta el plantón de la dama
al vagabundo por dormir contando letras y jugar a un ajedrez sin cuadros ¿Qué estoy haciendo? Me he dado cuenta de que
estoy escribiendo sin ton ni son; muy rápido y sin sentido, al ritmo de mis
latidos. Mi corazón se para. Se para porque mi mano está descansando retorcida
alrededor de un mustio tronco, inundado por las regaderas de un gigante
melancólico, de un tiburón mueso, del arrepentimiento de haber partido el
tiempo en octavillas. Ayer me masturbé y me puse a llorar, miré el semáforo que
estaba en marcha; lo miré hacia atrás, me estaba marchando hace rato. Razoné
con mi pene y mis lágrimas: les invité a una comida y a una misa. –Dame la
llave del grifo, le dije a mi pene, que estas lágrimas no quieren renovar su
hipoteca, ni tampoco mi cuerpo.
Quieren decrepitarme, así que dame la llave, o hazme una
copia. Por favor.
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