Mostrando entradas con la etiqueta SIN TÍTULO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta SIN TÍTULO. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de febrero de 2024

-SIN TÍTULO- Capítulo 3

 

CAPÍTULO 3

Había caído la noche hace ya rato, y el autobús se retrasaba unos veintitrés minutos. Eran las 6 de la tarde, pero en aquella aldea se había cerrado el velo oscuro nocturno de manera apremiante, como impaciente por recubrir los campos de oscuridad. La mínima contaminación luminosa, daba pie a un espectáculo de estrellas que Kirk siempre recordaba con una cierta mística amorosa, pues como un ciudadano, además de ex presidiario, aquel montón de luces blancas y algunas bañadas en un dulce amarillo miel se le habían grabado no en la piel, sino en el alma. Como un tatuaje maorí, era su material de batalla, el compañero con el que diversas y trágicas conversaciones había mantenido. Sin embargo, aunque fascinantes para quien, como el en su momento hubieran llegado de la nauseabunda humareda de la ciudad y sus grises cielos y hubieran descubierto por vez primera aquel mapa de constelaciones que se dibujaba en la bóveda celestial del cielo nocturno de aquella alejada aldea, para él se tornaban prácticamente de atrezo, no inspiraban ahora en él ningún vigoroso sentimiento, sino más bien lo contrario, se alzaban ante el cómo firmes y luminosos gigantes celestiales que observaban a desgana su paso, cuando no miraban lo que les placía. Solo una farola había que pareciera  haber sido construida para él, y no al revés, como sugería aquel inmortal firmamento que tapizaba la esfera. “¿Qué querías de mí? ¿Todo? Pues cógelo y vete” Kirk se giró impaciente buscando encontrar al que hubiera pronunciado esa sentencia. Sin embargo, solo halló oscuridad, y por mucho que reviso en la oscuridad cualquier advertencia de silueta o forma no le devolvió la débil luz de la luna ni la farola otra imagen que la de matojos, árboles, y las casas lejanas que no llegaban a estar iluminadas pero que eran aparentemente de un azul oscuro en medio del negro vespertino. Ciertamente Kirk quedó nervioso y en alerta, y no volvió a reposar sino que por el contrario, continuaba acechando la oscuridad buscando al que indudablemente acababa de hablar. “¿Hola?” se atrevió a preguntar. Sin necesidad de pensar en que hubiera alguna clase de hostilidad, pensaba Kirk de hecho en esto último, y más ahora que nadie había aprovechado su cuestión lanzada al aire para presentarse de entre la incomodidad de la vergüenza frente al extraño. Tampoco había muchas posibilidades de que se tratara de lo que se le había venido a la cabeza pudiera ser, el artífice de esta frase, y sería un hombre airado que se encontraba verdaderamente apurado; pero de una voz joven y tosca, que no casaba con el propietario del puesto de billetes, pero que pudiera pertenecer al hombre del polo rosa. Lo cual, al pensarlo, le inquietó aún más. Odiaba su lógica, la cual esgrimía un cincel que perfeccionaba y pulía el abanico de posibilidades del mármol con el fin de dar lugar a la escultura de la situación. Sin embargo, cada pedazo de piedra que caía al suelo, dejaba entrever cada vez de manera más evidente el dibujo de un monstruo. Kirk se levantó del banco mirando tras de sí ahora con intención de parecer en actitud de combate, en guardia y preparado para el que pudiera querer hacerle daño a tan intempestivas horas de la noche “¿Pero quién está ahí? ¡Sal ya!” De nuevo no recibió respuesta, se quedó pensativo mirando al horizonte, sintiéndose cada vez más nervioso y angustiado; el pensar que ese nerviosismo se podría estar de alguna forma expresando de manera involuntaria a través de su físico, y que aparentemente el que estuviera observando pudiera reconocer por medio de esto que su táctica de intimidación estaba resultando efectiva, no hacía sino ponerlo más nervioso aún, entrando en un círculo de sugestión sin parangón. Reparó en esto Kirk, proponiendo tranquilizarse, cuando de pronto escuchó un enorme estruendo que provenía de la oscuridad. Como si se estuviera derrumbando el pueblo, notaba el temblor del suelo; pero sin embargo tal como llegó este sonido, nuevamente se marchó, y Kirk quedó de pie ahora consciente de como se había encogido. Aquel estruendo, por la intensidad con la que comenzó a producirse había sido identificado por Kirk a priori como una bomba, pues era muy parecido a su metodología instantánea y explosiva; sin embargo aquel sonido no había venido acompañado de ninguna clase de luz; y por si fuera poco, se había prolongado en el tiempo varios segundos. Si tuviera que describirlo, diría que el sonido debe ser harto similar al de un montículo de piedra gigante arrastrándose por la tierra. Ahora se encontraba tan sobrecogido, y su corazón tan acelerado, que no podía sino pensar en correr de allí, y en efecto se giró en dirección al pueblo desde aquel banco dispuesto a poner pies en polvorosa; cuando reparó en algo que le dejó helado.

Notaba Kirk el pulso de sus venas; estaba quieto, muy quieto. Con el semblante desencajado y los ojos una vez más con esta expresión que a mi particularmente, lectores, me resulta tan grotesca. El aliento se le escapó en una inspiración que había colapsado con una exhalación. Ninguna casa quedaba en la aldea. Nada quedaba de aquellas formas azul marino oscuro que se solapaban como capas a la cartulina de la noche, en su lugar, la oscuridad había devorado aquellos espacios; y ahora, a excepción del banco y aquella farola no podría divisarse ninguna estructura. Kirk se encontraba tan impresionado que no pudo sino avanzar lentamente en el camino; confiando en no poder diferenciar estas construcciones en la profundidad de aquella noche que poco a poco perdía su propiedad estrellada a causa de unas nubes grises y densas que eran arrastradas por un fresco viento, paciente en su labor de encapotamiento. Caminaba con cuidado tratando de no hacer ningún ruido; escuchaba atentamente sus pisadas en el camino de tierra, tratando de discernir una nota que desentonara con la melodía de su marcha, resuelto a advertir hasta el vuelo de un mosquito. Poco a poco comenzaba a dar pasos más amplios, que no más seguros, tratando de rezagarse del miedo que abrumaba su cuerpo. Una vez más se paró a escuchar; esta vez trato de concentrarse sobremanera en el sentido del oído, cerrando los ojos con todos los músculos de las cara diseñados para ello por el implícito miedo que conllevaría a alguien deshacerse de la vista en aquella situación. Y escuchó. Atentamente permaneció de pie en aquella tesitura unos segundos que se le hicieron minutos, y sin embargo, solo escuchó el arrullo de la brisa y las ramas de los árboles mecidas a su voluntad. Volvió a abrir los ojos al tiempo que un sonido grave y pesado, estruendoso más que ninguno que hubiera oído jamás, se abría camino con pisadas de gigante por entre el silencio de la noche. Kirk se giró sin perder un segundo; y mientras oraba para sus adentros con el estómago encogido a la doceava parte de su tamaño, comprobó que las seis casas pintadas de blanco del pueblo, de rústicas ventanas; se encontraban dispuestas a ambos lados del camino, tres a la izquierda y las otras tres a la derecha. De repente, el camino se iluminó en gran medida, como si nuevas farolas hubieran sido dispuestas instantáneamente; pero Kirk comprobó que aquella luz procedía de las ventanas de aquellas casas, que se encendieron casi simultáneamente. Terminó de aterrorizarse Kirk cuando observo que en aquellas ventanas iluminadas y tapiadas por cortinas blancas que se tornaban de un naranja miel a causa de la luz, habían siluetas de personas que se asomaban a la ventana o que simplemente permanecían quietas tras las cortinas; contemplando el espectáculo sin desvelar sus identidades. Pasaban los segundos y las sombras permanecían inmóviles; reflejando sus sombras en la penumbra del suelo de tierra. Yo simplemente paseaba por en medio observando boquiabierto las ventanas, tratando de encontrar el final de la redisposición estructural de estas casas y poder correr tan lejos y tan rápido como pudiera. Pero por alguna razón, mi cuerpo estaba más debilitado que nunca, mis brazos no reaccionaban y estaban  flácidos, y mis piernas; sobrecargadas, entumecidas; como si estuvieran dormidas, no respondían a otra cosa que no fuera el brutal temor que me impulsaba a dar paso tras paso; tembloroso. Mis hombros estaban cargados como si transportase una escalera antiincendios; y por mucho que pensé en correr, no podía romper a hacerlo, era algo simplemente imposible. Hasta que al final, me tiré al suelo. Víctima del pánico, la indefensión; y sobre todo, la no comprensión de ninguno de los hechos que delimitaban todos estos eventos. Y a duras penas me encogí, tratando de superar el mal trago con una muerte próxima. Sin embargo, no podía dejar de sentir como si mil cristales estallaran uno tras otro en mi estómago, y como el pecho se comprimía, hundiéndose progresivamente por la fuerza de las contracciones y la debilidad, a causa de la rigidez del cuerpo, de las distensiones. Cerré los ojos con fuerza queriendo perderme el final; y cuando los abrí me pareció que una vez más, el camino había recuperado su oriunda oscuridad. Las casas habían desaparecido del camino, y en su lugar, quedaban seis cráteres y seis serpientes de tierra de un tamaño considerable que se extendían por el campo hasta donde escasamente alcanzaba la vista. De pronto sentí un vibrar en el renovado silencio de la noche; y una vez más agucé el oído tratando de prevenir lo que sea que fuera a suceder a continuación. Un rugido cobraba cada vez más volumen, y este no se ensordecía, al contrario, iba incrementando su fulgor conforme pasaban los segundos hasta que pude percibir perfectamente lo que sería un rugido suave pero potente. Entonces dos haces de luz blanca me recorrieron en un santiamén deslumbrándome por completo, y el creador de este nuevo artificio paró en seco en frente mía. En efecto, era el dichoso autobús, que se retrasaba enormemente. Pese al inconveniente de la espera, me liberé de la tensión en cuanto vi el cansado y desaliñado rostro del conductor, que profesaba insultos desde su asiento. “¡Casi te atropello gilipollas! ¡Si te llego a matar! ¡La que me cae encima cabron!” Kirk sin mucho desparpajo, subió al autobús de inmediato y entregó el arrugado billete al conductor; sentándose justo detrás de él. El conductor, que había recibido una clara negativa de Kirk a la discusión en forma de silencio, no pudo sino mirar hacia atrás, levantar una ceja con expresión airada expectante de una explicación, y exclamar un; ¡Bah! Girándose de manera energética y haciendo un sutil gesto con la cabeza. Sin mediar más palabra y sin más demora, el conductor arrancó el autobús y se dispuso a continuar con su ruta; miró a la izquierda y a través de la ventana contempló que en el banco habían unas maletas; “¿Esas maletas son tuyas?” Kirk reparo en esta verdad; “No importa, usted no pare”. El conductor volvió a mirar a Kirk, que se preparaba para una evidente ronda de preguntas; y sin embargo, no fue mayor la curiosidad del conductor, que simplemente obedeció y continuó sin detenerse. A Elena la conocí en la ciudad; si, es verdad. En la ciudad, cuando estudiaba. A Kirk de repente, le empezó a doler la cabeza.

“No recuerdo quien es éste hombre. Su pelo, su cara, sus ojos; me son extraños. No sería capaz de reconocerlo ni en cien eternidades. Tiene unas facciones muy curiosas, de sobremanera me extrañan, me incitan a entenderlas. Pero ¿Por qué no se mueve?” Un descamisado Kirk se encuentra sentado en el sillón marrón de la sala de la chimenea, y sujeta en sus manos un cuadro de un hombre de identidad desconocida. Sin embargo una sensación de reminiscencia electrocuta mis neuronas, Kirk sabe quién es; aunque como bien ha dicho, no lo recuerda. Con los ojos entrecerrados, a causa de sus pesados párpados superiores, dirige una rápida y desinteresada mirada a la mano izquierda. Como si de una manta roja deshilachada a punto de terminar de desintegrarse se tratara, un débil hilo rojo de terciopelo brotaba con cuenta gotas a la moqueta; dotando al rojo de la misma de una zona con un color rojo pero apreciablemente más marronuzco y tiznado. Este chorro provenía de lo que pudiera parecer a su vez una cañería rota y atascada, pero nada más lejos de la realidad, provenía de una ya seccionada muñeca izquierda que reposaba en uno de los brazales del sillón terminando de rellenar concienzudamente el dibujo del suelo. La mano, que se había desprendido de manera accidental, permanecía desfigurada en el suelo sin presentar siquiera un matiz que pudiera indicar a ojos inexpertos en la materia que aquello, una vez, fue una mano. Es más, antes habría sido confundida con un trozo de carbón que cayó en la moqueta accidentalmente cuando se estaban limpiando las brasas, cenizas y hollín de la chimenea, que con una mano. Y sin embargo, eso era; aunque despedazada en piedras de carbón pequeñas que habían saltado al contacto con el suelo en el momento de la caída. Kirk pensaba en las palabras de la supuesta recepcionista, y en especial, trataba de concentrarse para averiguar en qué rincón de su memoria albergaba el recuerdo de la división final de su mano de su cuerpo. Pero era tan errática su cognición y pensamientos que simplemente no era capaz de pensar y mantener la consciencia simultáneamente. Kirk es consciente de como a cada segundo su respiración se entrecorta, y como gradualmente reduce sus ritmos; y lo que antes eran inhalaciones y exhalaciones, pronto se han convertido en jadeos y toses debilísimas. Cuando mira el cuadro una vez más, no puede creer no la identidad del hombre  en cuestión, sino como ha podido no reconocerlo anteriormente. Tanto le extraña, que ciertamente duda de que sea esa la imagen que decoraba el lienzo que observaba tan detenidamente. Y sin embargo, no hay duda; el hombre del cuadro es Inocencio Julián; su cara de hecho, cabría destacar, ha sido ilustrada con mayor juventud de la que ostentaba cuando Kirk lo conoció; y de hecho, la firma del cuadro anuncia haber sido producido hace veinte años, cuando el aún estaba en la cárcel. Aunque indudablemente, esos eran los ojos de Inocencio Julián, su cara carecía de manchas marrones, y sus orejas; lejos de estar recubiertas de pelo, se demuestras medianas y casi puntiagudas; atentas, dándole un aspecto similar al de un elegante dóberman; su cara, así, también se veía más puntiaguda y despejada, y su rostro aunque arrugado; permanecía estoico y sereno en su expresión; denotando el afable carácter que este sujeto siempre me pareció representar en vida. Que conveniente distracción para éste, nuestro moribundo Kirk, pero no fue mucho el tiempo que pudo permanecer consciente observando este cuadro hasta que finalmente perdió la sensación de presión en el cuerpo, y con ligereza volvió a dejarse ir. De pronto, sonó el teléfono. Con un desmesurado sobresalto que se tradujo en el maltrecho cuerpo de Kirk como una apertura instantánea de ambos párpados, el teléfono sonaba una vez más aquella noche. Se mantuvo sonando unos minutos y más tarde, paró. Sin embargo, volvió a empezar a sonar. Kirk volvió a dejarlo sonar. Pero el insistente telefonista no disintió de su propósito y una vez más, marco las claves telefónicas de Kirk solo para anunciarle lo que fuese que aquel o aquella cosa quisiese transmitirle en esta noche a Kirk. Entonces Kirk levantó el brazo derecho a duras penas y descolgó el teléfono: “….” Kirk se mantuvo en silencio esperando oír la voz de aquella mujer al otro lado, sinceramente, pero lo único que se le fue devuelto fue aquel silencio sepulcral, que se perpetuaba un poco más. “Te la quité yo” pronunció de repente el aparato. Kirk permaneció en silencio acongojado, pues a saber qué nuevo discurso habría de escuchar; por ahora no tenía intención de responder, solo de escuchar. “La mano te la quité yo porque tu no habrías sido capaz. De hecho te he salvado la vida.” “…” “¿Por qué no respondes, Kirk? Soy tu amigo” “…” “Simplemente quiero hacerte saber que no ha sido ninguna molestia, que no he tenido ningún problema” “gracias” “¡El hombre del momento! Gracias por contestar. Verás, no ha sido ningún problema. De hecho he disfrutado comiéndome tu muñeca, era lo único que hacía que esa asquerosa piedra negra todavía siguiera pegada a ti. Pero verás… ha surgido un pequeño contratiempo. Si lo miras desde una perspectiva diferente no es culpa mía, de verás que no era mi intención, pero…” “¿Qué sucede?” “Voy a comerte, Kirk, voy a devorarte entero. Me voy a comer tus brazos, tu espalda y cabeza. También tus sesos, vertebras, hígados y costillas. Por no mencionar tus muslos, tus pies y tus gemelos. Sorberé tu tuétano y sangre, tu linfa y tu bilis. Voy a devorar tus ojos y lengua y a masticar tus dientes, a mascar tu paladar y a freír tus orejas. Ha sido tan placentera la experiencia de probar tu carne, que simplemente no creo poder parar. Sinceramente no quería esto, pretendía ayudarte. Así que lo siento mucho, pero debía avisarte. Ciertamente, porque no hay nada que puedas hacer para solventar esta situación” Kirk simplemente rio y dejo caer el auricular, que quedó descolgado suspendido por el cable. De este aún se oía; “…y en el fondo que podría haber sabido yo, ¡No es culpa mía Kirk!”

La habitación permaneció en silencio a excepción de aquel sujeto que seguía hablando por el teléfono, Kirk conmocionado, ya no era capaz de distinguir de sus palabras algún mensaje lógico; y con un gesto, con su mano sana estiró del cable del auricular desde la base y con un débil tirón arrancó el teléfono del enchufe. Entonces la voz instantáneamente dejo de bañar el silencio de la estancia, que volvió a producir el sonido de la tumba al momento. Kirk se sentía oprimido y abatido en aquel sillón; aunque sorprendentemente no tenía miedo. De hecho; tranquilamente, más tranquilamente de lo que se pudiera esperar de un hombre manco que está viviendo todo esto, comenzó a pensar en los hechos de forma reflexiva: el fuego, la recepcionista, el cuadro y aquel extraño hombre que ahora inquietaba el recuerdo de Kirk. No pudo evitar pensar que estaba loco y que quizá todo lo que había vivido era producto de alguna clase de brote o sintomatología de alguna enfermedad de su mente; y sin embargo no creía en esto que decía, pues eran tan reales estos eventos que habría vivido que en el fondo no albergaba duda alguna de la autenticidad de todos estos hechos. Un cristal se escuchó romperse en la inmensidad de la casa de verano, llegando a oídos de Kirk aun estando el en la sala de la chimenea; esto significa que han sido destruidas no otras sino las ventanas de la entrada. Confuso en el sillón Kirk miro hacia la ventana de la habitación y entrecerrando los ojos razonaba este último hecho del cristal roto, y cuando comprendió la zona en la que se habría pertrechado la fechoría; si aún podía hacerlo más en ese estado, palideció. Desde el pasillo, el de la alfombra azul de trísqueles de motivos geométricos, provenían unos pasos que se hundían en el tejido del suelo, y como si este conspirara con el que estuviera intentando encaramarse al cuarto para disimular su paso, ensordecía el resto de la acción haciendo un ligero sonido de deslizamiento que habría de ser el tacón amortiguado. Tan sigilosamente y tan lentamente se acercaba por el pasillo; y Kirk, quieto, observaba desplazando únicamente la cabeza por lo que debería de ser el pasillo tras la pared de la habitación de la chimenea. Con un suspiro renovado nervioso, insufló vida a su maltrecho cuerpo con la fuerza suficiente como para tenderse en pie una vez más y con cuidado, fue tratando de desplazarse hacia la pared. Un sabor a hierro vino a su boca, y con los ojos abiertos no era capaz de ver; entonces se cogió de sobresalto a la parte de arriba de la chimenea; el cual era similar a un estante, y solo gracias a eso no cayó desplomado. Despejado de nuevo, se trató de acercar a la pared para simplemente escuchar aquel hipnótico y suave sonido que provenía del pasillo, aquellos pasos nocturnos que se acercaban hacia su posición; y que sospechaba acabaran siendo producto de su imaginación. Realmente Kirk no se sentía preocupado por su condición en un orden melancólico, sino más bien le producía esta una sensación de impotencia que se estaba transformando en rabia en su interior, mientras trataba de hacer algo tan simple como escuchar ahora que estaba en la pared aquel sonido. Entonces Kirk fue siguiendo todo lo que pudo esos pasos, hasta que poco a poco se acercaba a la primera estantería dispuesta en la pared; los pasos continuaban sin aumentar su ritmo, en una sintonía casi invisible. Atentamente Kirk se encontraba siguiéndola cuando se topó casi de bruces con la estantería, y como si el hombre en el pasillo lo supiera; él se paró también. Cuando esto pasó acudió a Kirk una sensación de sobresalto y congoja, que hicieron rápidamente un nudo en su estómago; y como caído del cielo, una vez más, el raciocinio; pensó en aquella situación y barajó una nueva posibilidad ¿Y si aquello era real? No tuvo más tiempo para pensar, pues se encontraba dando un salto hacia la puerta, desproporcionado a decir verdad para el que era su estado físico aún siendo producto del gesto nervioso de la supervivencia, cuando escuchó que aquellos pasos del pasillo no solo se reanudaban, sino que a un ritmo vertiginoso y rapidísimo tratando de alcanzar la puerta en un desesperado intento por alcanzar la habitación antes de que se pudiera hacer cualquier cosa por detenerle. No pasó ni un segundo en la inhibida mente desangrada de Kirk cuando los pasos que habían renunciado definitivamente a esconderse se acercaban peligrosamente a la puerta; pero Kirk la alcanzó y poniendo su peso sobre la puerta trato de actuar de barricada para impedir que el del pasillo entrara. De repente la puerta recibió un golpetazo y Kirk casi sale volando, pero con toda la poca fuerza que le queda trata de empujar su hombro y mano contra la puerta, tratando con toda su voluntad de que la puerta permanezca cerrada. El del pasillo, no se rinde; y con numerosos envites embiste la puerta, una vez tras otra, con la obvia intención de derribarla. Los golpes de los envites si no fueran por la inflexibilidad del roble otorgarían a esta puerta una mayor forma de paréntesis de la que adoptó, pero finalmente esta se doblaba como si tal con cada golpe; amenazando reventar los goznes si en el camino de aquel agresivo animal y la puerta no hubiera una fútil y manca resistencia. Cada golpe sonaba como un latigazo de piedra, y completaba el espacio de la casa a cada que se producía. Kirk se encontraba cada vez más mareado, y sentía como sus fuerzas comenzaban poco a poco a flaquear; mientras que al contrario aquella bestia arrendaba a la puerta empujones cada vez más iracundos, cada vez más salvajes. Entonces Kirk se sentó en la moqueta, tratando de empujar con sus gemelos la espalda contra la puerta; y aunque la doblez ahora amenazaba con reventar la puerta por la parte de arriba, esta permaneció resistente durante los momentos en que Kirk luchaba por mantener su estado de consciencia que inequívocamente, ya no respondía a su yo consciente. “¡Dame la otra mano! ¡Quiero la otra mano! ¡Dame la otra mano!” Pronunció de pronto una voz grave y tosca del que permanecía aporreando la puerta, entonces Kirk se miró su mano, apretó el puño y apretándolo contra su pecho comenzó a sollozar; ahora indiferente por ser una resistencia en aquella puerta o no.

“Amigo, despierta. Que no tengo todo el día” Por primera vez desde que subió a aquel autobús, Kirk examinó de verdad el rostro de aquel autobusero, desgarbado y desgreñado a pesar de su escaso pelo; unas profundas ojeras que trepaban por los dorsos de su nariz prácticamente, y que formaban un surco que llegaba desde las glándulas lacrimógenas hasta allí donde salen las boqueras. Su bigote afeitado estaba sorprendentemente bien cuidado para lo que advertía el resto de su cara; que ostentaba dos colgajos en los mofletes como si los hubiera rellenado de aire y una vez en tensión alguien hubiera extraído el aire sin permitir a los carrillos regresar a su tamaño original. Una cruz dorada en el pecho en la que adornaba “χριστόσ ανέστη” me sorprendió, pues era la primera vez que veía una con tal inscripción. En cierto modo aquel hombre era corpulento pero pequeño, sin llegar a ser muy ancho, aunque con dos brazos como los que tenía; cualquiera habría tildado sus piernas de infantiles, parecidas en comparación a las de un niño. Con un rápido gesto Kirk se levantó de su asiento y aunque tuvo el fugaz impulso de coger sus maletas; diseminó estas ideas rápidamente de su cabeza y bajó del autobús haciendo un gesto de saludo al conductor antes de marchar.

Cuando bajó las escaleras del bus se encontraba en una calle ancha gris y larga con un pavimento escasamente asfaltado; aquella ciudad tenía una estación que consistía en un puesto de billetes algo mayor que el del pueblo del que había marchado con tres hangares en forma de paradas corrientes de autobús; al parecer el servicio público de transporte deja mucho que desear pese a su aparente funcionalidad. Quizá si se piensa funcional, también reflexioné, ¿Será porque no conozco a todos los que no les fue funcional? Sin más, cruce la calle y desde la acera de en frente continué a la derecha buscando un bazar en el que pudiera comprar una botella de agua. La ciudad  estaba edificada en consonancia a un diseño de edificios de no más de 5 pisos, aunque los de 5 ciertamente eran escasos; salvo el de un par de sucursales y un centro comercial, el resto de los edificios eran más pequeños. Aun así, éstos eran más modernos pues su construcción se había realizado de manera reciente. Estos nuevos núcleos urbanos, que surgen verdaderamente de la expansión de un pueblo en materia de su capital y su poder adquisitivo como región; eran parajes que no dejaban de transformarse y que no dejarían de hacerlo a no ser que como siempre, alguien encuentre la forma de redirigir todo el progreso de un pueblo hacia su bolsillo. Paseaba Kirk observando las señales, que le resultaban llamativas a causa de estar bañadas de una reciente capa de pintura. Y lo que más sin duda, sorprendió a Kirk, fue la cantidad de coches que permanecían aparcados en zonas de la acera, encima incluso del pavimento alguno, en una puerta; indicando así como una bandera quien era el dueño de aquella casa y vehículo; una larga hilera de coches se extendía por la calle, y aunque a lo sumo, no habrían más de 60 coches en aquella calle, Kirk se impresionó. Finalmente, encontró su tan ansiado bazar y cuando hubo comprado una botella de agua fresca, se sentó en un borde de piedra que se elevaba del suelo medio metro, así como si fuera un taburete de cemento. Mirando al sol de la ciudad y reflexionando, pensó en que debía buscar un hostal donde instalarse por el momento, y sin mucha demora, comprar todos los enseres que hubiera necesitado; pues los que traía consigo los había dejado en aquel banco de la aldea. Observaba a la gente pasear con un aire suspicaz, y cuando alguno de ellos le observaban súbitamente, Kirk bajaba la mirada al instante. Inmerso en su botella y pensamientos, Kirk se levantó y alcanzó una casa de dos pisos pero bastante ancha; en la que había escrito en una piedra pintada de marrón brillante “Clásica Posada” con la intención de que resaltaran las letras de un amarillo quasidorado que allí resaltaban sobre toda la blanca fachada de la estructura. Con ventanas con barras de hierro y unas cenefas de azulejo blanco y azul; con diversos motivos estivales y formas geométricas que se extendían por los lados haciendo de falda del caserón, se defendía de los visitantes en la estética este precioso lugar, en el que Kirk entró buscando asilo temporal. El interior era más acogedor aún que el exterior; pues el olor de la humedad de las barricas; del huevo frito en aceite con tocino, el chorizo, la coliflor, la cerveza y el vino, además del queso y las vinagretas: despertaban en Kirk un extraño sentimiento de familiaridad que colmaba su pecho e inflaba su corazón. El interior era de piedra de granito gris, que aparentaba un color rosado bajo la luz de las tenues luces; que de no haber ostentado la forma de la bombilla, podría yo haber confundido su sustancia con la de la antorcha; quizá también porque el fuego me transmitió siempre una tranquilidad primitiva, y aquella luz y ambientación sin duda me la brindaba. Los entablados de madera alrededor de las vigas terminaban de darle a este rústico lugar un aspecto de granero que casaba muy bien con la intencionalidad de toda la decoración. Habían colgados cuadros con recortes de periódicos, equipos de fútbol y hasta una cabeza de toro que sin duda repugnó en gran medida a Kirk. También un atizador, una azada y un mosquetón que por su aspecto, habría quedado relegado a la exhibición. El suelo era de una piedra rosada que pasaba por el más claro de los rojos, y estaba adecuadamente pulida como para no suscitar una impresión de inmundicia en quien lo viera por vez primera, además de abrillantada y limpia. En definitiva aquel era un buen lugar donde permanecer un tiempo. Kirk se acercó al mostrador donde había un ordenador blanco inmenso, que ocupaba casi el espacio entero de la mesa bajo la que se encontraba. Encima de esta mesa había un televisor de tubo blanco con una tele que ostentaba una pantalla mucho más pequeña que el cuerpo que la sostenía. Una señora se encontraba limpiando unos vasos de cristal en lo que parecía una barra. Entonces ésta se giró y descubrió a Kirk: “Buenos días caballero, ¿Qué desea usted?” La mujer era una señora mayor, de pelo rojo pero anaranjado por el desgaste del tinte y el pelo; aparentaba haber vivido medio siglo y su maquillaje de sombras moradas exageradas complementaban sus labios rojos que aun mantenían ciertos puntos del pintalabios que probablemente los recubriera a primera hora de esta mañana; llevaba dos pendientes dorados y vestía un típico delantal además de un vestido de cuerpo entero sencillo con un clásico estampado de hojas de vides sobre fondo morado muy discreto. Sin mediar palabra aprovechó la cuestión que me sugirió para coger un nuevo plato y volver al trabajo mientras pensaba mi respuesta. “Quisiera instalarme en una habitación” dijo Kirk “Perfecto caballero, ¿Cuánto tiempo?” Kirk sin pensarlo mucho aseguró “Unos tres días por el momento serán suficientes. En caso de que quisiera quedarme aquí alguna noche más ¿Habría problemas en volver a pedir la estancia?” “Hombre, mientras usted me pague lo que debe de pagarme; tenga esa habitación el tiempo que quiera. Pero si la pregunta es que si dejara de pagarme por esa habitación le guardaría la reserva, pues ciertamente no” “No hay problema, gracias igualmente, subiré a ver la habitación” Con un gesto se frotó las manos después de haber lavado lo menos cinco platos más mientras manteníamos esta escueta conversación, y de uno de los bolsillos de su delantal sacó una llave. Con esta abrió un cajón del mueble donde estaban las copas, las botellas y el grifo y pude advertir; si no me equivoco, que las llaves estaban dispuestas en las típicas cajas de cubiertos que vienen seccionadas para no mezclar los cuchillos, las cucharas y los tenedores. No tuve tiempo de ver más porque en cuanto cogió la llave cerró el cajón de un plomazo y se acercó esgrimiendo unas llaves pendientes de un llavero junto a un clásico tarjetero de plástico con la inscripción “1-C”. “Es en la primera planta, nada más subes las escaleras a la derecha, la segunda puerta”. Kirk asintió y subió las escaleras que le había indicado la señora, hasta que llegó a un pasillo que se extendía a su izquierda y derecha, en una moqueta amarilla que desentonaba ciertamente con la decoración inicial de la entrada, aunque las paredes sí que poseían su mismo gramaje y forma; aunque aquí las luces eran blancas y led, por lo que no daban lugar a dudas sobre su origen mecánico. Al fondo a la izquierda, cuando me asomé y eché un corto vistazo, observé una mesita de lo que parecía madera barnizada de un color marrón oscuro pero que tampoco me incitó a desglosar la veracidad de su apariencia. Sobre esta, un jarrón blanco con tres rayas moradas que rodeaban en orden ascendente de espiral esta pequeña estructura de la que surgía una margarita de plástico. Observé los letreros, pintados también en dorado sobre piedra marrón “A, B” leí, y mirando a mi derecha esperaba continuar con un “C,D” cuando sorprendido recordé las indicaciones de la recepcionista, y en efecto, la prueba empírica corroboró sus palabras pues observe que el orden de los letreros era “D,C”. Sin dar mucha más importancia a esta incoherencia entré en mi estancia dando por hecho que en el piso segundo esta sucesión también se acontecería.

 

jueves, 15 de febrero de 2024

-SIN TÍTULO- Capítulo 2

 

CAPÍTULO 2

“El filósofo que se pregunta cuanto o como es de filósofo, es en realidad científico, pues para mí el filósofo habría de preguntarse ¿Por qué es filósofo?” Elena era una mujer rubia, de edad avanzada pero que no estaba reflejada fehacientemente en su piel, dado que se conservaba con gran efectividad y aparentaba unos cincuenta años a lo sumo si hubiera querido Kirk examinarla con detenimiento, aunque a primera vista sería tachada de mujer madura, de unos cuarenta y pocos. De complexión era pobre, con un cuerpo escuálido pero sorprendentemente bien esculpido, y de estatura más bien baja, de unos 1´60. Su pelo era rubio con tonalidades blancas, aunque no era debido a las canas, si no a la increíble claridad de su pelo, de un color amarillo tan claro que casi se tornaba transparente, aunque una corta pero frondosa melena hacía de salvaguarda, como una comunión de fascias, entendiendo cada trozo de la falange como un translúcido mechón dorado, haciendo de su cabello casi un halo que se extendía completando el centro, y a ambos lados de los hombros, en forma de velo, con un corte elegante totalmente recto en las puntas. Sus ojos, azules como el mar, recordaban a los que pudiera haber tenido Inocencio Julián en su juventud, aunque aquellos ojos eran más profundos, pues su color se tornaba más semejante al cobalto y su intensidad que al aguamarina claro de los ojos que creía haber recordado, o más bien construido en su imaginación.

Cuando Kirk se marchó de aquella casa para no volver, inmediatamente empezó a considerar sus opciones, ya que sin amigos y sin familiares desgraciadamente era él mismo el único al que podría recurrir. Con los ahorros de Inocencio Julián, es decir, de lo que había ganado mientras estuvo trabajando para él, podría permitirse vivir un año completo en algún pueblo, tratando de encontrar trabajo de la que fue su ocupación durante este tiempo. O podría marcharse a la ciudad y sobrevivir unos meses, quizá consiguiendo empleo en alguna fábrica que estimara necesario nuevos trabajadores, ya fuera debido a algún despido, accidente o dimisión. Sin embargo Kirk, que se conocía a sí mismo, había convenido en que la ciudad resultaría para él un ambiente inoportuno, cuanto menos tentador para despertar aquel demonio que reposaba eternamente en sus entrañas. Sabía que era fuerte, que era especialmente fuerte, más que mucha gente, y más de lo que había llegado a ser él jamás. A decir verdad, la muerte de aquel a quién había llegado a querer como un padre era el único asunto que habría logrado eclipsar el renovado buen humor de Kirk en los últimos 7 años. 

Pero dentro de él Kirk no podía evitar albergar la duda, en consecuencia a la pregunta que intrigantemente había llegado a su cabeza, como un invitado inesperado a intempestivas horas de la mañana, se clavaba en su cerebro como una astilla en el pulgar del labrador de azada vieja. ¿Sería capaz de no caer? ¿De volver sin más, envuelto en su nuevo perfume, voluntad y traje, y continuar con su labor de vida? ¿Querría de verdad seguir siendo feliz? Como si acabara de abrir un libro largo tiempo sellado, y comenzase a leer compulsivamente cada una de las líneas de sus páginas, empezó a imaginarse rodeado de problemas. Recordaba aquel anciano, los periódicos, las jeringuillas… como se llamaba aquel muchacho, Ker… ¿Kerchak? Y el otro era… No, de ese sí que no se acordaba. ¿Eso quería ser él? ¿Un borrón en la memoria?

Intentando tranquilizarse “Todavía no has fallado” dijo, “En tu fatalismo absoluto lo haces, una y otra vez, pero no lo has hecho. Mismo lugar, distintos pensamientos…” Desentrañaba ahora la ciudad un reto real para él, para su personalidad y futuro. Decidido, decidió marchar a la ciudad más cercana que pudiera encontrar. En realidad, su plan no consistía en alcanzar el burgo y asentarse, primero decidió recabar información sobre las zonas circundantes, apostando por encontrar alguna ciudad con un nivel de calidad de vida óptimo, aún sin ser tan cara como una gran capital, o simplemente una ciudad de moda.

Al no tener coche, tuvo que acercarse al pueblo al que bajaba a comprar, el cual no estaba a más de diez minutos de la casa de verano de Inocencio. El camino era cuesta arriba para llegar, aunque por suerte cuesta abajo para volver. Había recorrido aquel boscoso camino cientos de veces, en ocasiones, cargado hasta los topes de productos de la compra, ropa o incluso electrodomésticos. Sus gemelos que aun sin ser voluminosos, se erguían fuertes, se tensaban con fuerza cuando debía ir al pueblo con alguna gran carga, fue el caso de un frigorífico estropeado el cual el propio ayuntamiento del pueblo descartó recoger, pues decían que los caminos del pueblo a la casa de verano estaban totalmente ideados para senderistas, animales y en general su preservación. Es, de hecho, la ambulancia que se llevó el cuerpo de Inocencio Julián, el único vehículo que sus ojos han visto por estos lares en los casi 9 años que lleva viviendo aquí.

Alrededor del camino se alzaban arboles de tronco esbelto y delgado con largas ramas y moteados diseños. Él no podría haber sabido que su vida se había resuelto últimamente entre los árboles de un bosque de coníferas, pero aún sin saber su nombre, apreciaba aquel bosque como si de un viejo amigo se tratase, de forma respetuosa pero despreocupada. Aunque personalmente, no había oído muchas historias que hablarán al respecto, en su ideario mental miles de sucesos de personas desaparecidas en bosques, y halladas posteriormente con equipos de rescate compuestos por grupos de búsqueda y algún que otro helicóptero sucedían todos los días, debían de suceder en algún lugar, pero en todo momento. Imaginaba también que muchos de ellos, tristemente, no llegarían a ser rescatados a tiempo, y se verían superados por el hambre, la sed, el clima, o la propia fauna y flora del lugar en el que hubieran dado a parar. Algunos, podrían recibir entierros dignos, y un funeral apropiado, con el adiós de sus familiares, las cartas de despedida con el ataúd abierto (o no) y todo, sin embargo, cuantos habrían que simplemente hubieran desaparecido en la inmensidad de la naturaleza, en el bosque o la montaña,  como un papel mojado en el mar, destinado a mojarse, partirse y disolverse en las colosales entrañas del olvido, que se fundieron con el negro, y ahora sin forma ni recuerdo vagan por la tristeza de su eterna muerte.

Kirk trató de apartar aquellos morbosos pensamientos de su cabeza, pues no tenía ningún sentido pararse a pensar en probabilidades e imposibles, pero no podía evitar pensar en el dolor que debe sentir una familia, pues el que muere, puede que sufriera, pero muerto ha, y realmente si alguien llorará su desgracia, son los que aquí permanecen. Sin embargo él no tenía familia, tampoco amigos. Si él se perdiera para siempre y se disolviera como un papel mojado en el mar ¿Quién lo lloraría? Habría gente seguro… inexplicablemente, pues para él era un tema más que zanjado el que se propuso mientras llegaba al pueblo donde cogería un autobús a la ciudad, trato de justificar que sí, que habría quien lo llorase. Como del rayo, se le vino a la cabeza el evidente padre que hacía poco había perdido, Inocencio Julián. Pero para bien o para mal, él ya no podía echar de menos a nadie desde la tumba. Ni salir a buscarlo. Ni llorarle. Entonces Kirk de verdad reparó en la cruda realidad, en la imposibilidad de justificar que alguien intentaría hacer algo por él o que simplemente, lloraría su perdida.

Así, a sus 41 años, airado por su propia lógica y argumentativa aceleró el paso ahora sí, decidido a abandonar el tema por el momento. El pueblo era bastante pequeño, de hecho no era un pueblo, era una aldea. Con tres hileras de 2 casas de granito, pintado blanco con ventanas rústicas y fachadas coquetas, se erguía este modesto compendio de hogares, y en el centro de la plaza, una cabina donde cabrían tres personas o el operario que allí trabajaba, pues esta era grande, con una doble terminación de su cara a causa de las lonchas que le emanaban del cuello como una hinchazón permanente, esta empujaba a su barbilla, y probablemente le diera ese aspecto de delimitación, que rematada con su papada redonda le daba a su cara ese aspecto de concluir dos veces. Sus mofletes habrían de ser grandes, pues custodiaban una boca de categoría, abrigada con un suntuoso bigote descuidado, como la perilla y la barba que, vagamente, crecían inconexas en el rostro del sujeto. El otro establecimiento era un local de aspecto mediano por fuera pero de gran amplitud por dentro, como bien especificaba el cartel, este lugar actuaba como una farmacia y un supermercado a la vez, y de hecho, Kirk entró por curiosidad y no había ninguna distinción de los productos, de forma que podías encontrar frascos de jarabe para la tos en el estante siguiente de las patatas fritas y los cacahuetes. Nunca reparó en lo probablemente inadecuada que sería aquella disposición, echó una mirada al mostrador buscando a los empleados, y solo vio a un señor medio calvo, de pelo moreno, brazos cortos y peludos, además de rechonchos, y un polo rosa, puesto de perfil que o no lo había visto o esperaba evitar tener que saludar a Kirk.

Kirk entonces salió del puesto, y se acercó a la cabina del hombre aún más voluminoso. Solo cuando establecieron contacto para poder comprar el billete a la ciudad, Kirk reparo en que aquella boca de categoría venía precedida y era la máscara de unas monstruosas mandíbulas, unas gigantescas fauces que preguntaban a Kirk mientras él, conmocionado no podía oír nada. Como caído del cielo, Kirk recobró el sentido y se disculpó. Concluyeron el corto intercambio, y se sentó para esperar al autobús. 

Extrañado, comenzó a reiterar una vez más en su memoria el recuerdo de aquella colosal boca, sus dientes podría haber dicho que los había memorizado, pero probablemente eran en cierto modo un dibujo a medio hacer completado por su imaginación. Aun así, podría jurar que los dientes de aquel hombre se extendían en una segunda hilera en la parte de abajo, al menos. De sus mojados labios despedía escupitajos tiznados en marrón, quizá aquel hombre de entre sus hábitos insanos, el que a primera vista pudiera parecer su mayor problema, sea solo su mayor problema en apariencia. Realmente debía de fumar, pues sus labios aunque húmedos y babosos, dicharacheros de repartir saliva con cada una de las palabras que formulasen, estaban custridos concéntricamente, o al menos creía recordar unos ciertos relieves negros como los de un río seco que profundamente se hundían en aquel pozo. También su hediento vaho regalaba nubes de tufo a tabaco negro, o puede que puros.  Que más le daba, ahora que lo pensaba, no volvería a ver a aquel hombre jamás.

 

Una neblina gris y blanca, imbuida de su esclarecedora tonalidad de manera aún más destacable sobre un marco negro, se empezaba a abrir paso ante los ojos de Kirk, poco a poco comenzó a parpadear sin abrir mucho los ojos, cegado por aquella neblina, y trató de ir adaptándose a aquella extraña luz que lo cegaba. Cerró con fuerza los ojos, y entonces, tras unos segundos los fue abriendo lentamente. Un agudo dolor se había consolidado en su brazo, un dolor certeramente vivaz, tremendo y terrible. No habían pasado ni diez segundos, y empezó a notar que por alguna razón, sentía un dolor insufrible en el brazo, como si estuvieran explotando palomitas dentro del cuerpo, y hubieran inteligentemente abierto su piel para sacarlas después de prepararlas en el calor que emanaba su brazo, que habría asegurado ardía como el infierno, y después hubiera dejado el recipiente vació al aire, después de despellejar y tirar su envoltorio y tapa.

Tardó unos segundos en recobrar el aliento, pero aquel dolor le había servido sin el saberlo como un despertador. Recuperado de aquella oleada de dolor, o al menos acostumbrándose a él, se fijó en su mano derecha. Como un báculo de bronce por partes, se componía por dos opulentas piezas de forma muy similar pero curiosamente dispares, pues una se extendía ciertamente a lo ancho, pero más a lo largo, y su sujeción, como si preparada estuviera para disponerla a ras del suelo, era más cilíndrica y ostentaba un bulto semicircular que podía adoptar la forma de una bola a voluntad, toda esta magnífica construcción estaba coronada por un trozo de piel que solo contenía pelo por la parte de arriba, con una forma de pentágono irregular y estilizada por líneas que le daban un cierto aspecto espectacular, dando la impresión de que ciertamente fue diseñada para ser la más elaborada de las piezas de esta construcción tripartita, a su vez, adornaban unas edificaciones minúsculas con tres surcos, los suyos en especial eran de proporción casi perfecta, pero no pudo evitar pensar quizás por esto que así eran todos los dedos, proporcionados y bien elaborados. Con cierta curiosidad cerro la palma de la mano y la miró mientras la giraba con detenimiento. Sus dedos entrecerrados esbozando un puño simulaban cordilleras, y el pelo de sus dedos daba la impresión de querer aparentar ser la vegetación que encontrarías en la falda de la montaña, y las calvas de las puntas de la primera falange desde la palma, parecería la punta donde no crece más que musgo y helecho.

Fascinado por su mano derecha, como si jamás hubiera visto una mano y estuviera aprendiendo por primera vez las maravillas de la ingeniera biológica estructural que se encuentra de manera natural en todos y cada uno de los miembros de su especie, continuó su vistazo apuntando a la izquierda y levantando su brazo, que continuaba emitiendo un intenso dolor.

Entonces palideció, y todo lo que había pasado comenzó a entrar de manera agolpada en su mente. Ahora como consciente del dolor de manera renovada, colmó la estancia, que la estancia, la casa en grito, y comenzó a mirarse el brazo y sujetárselo con la derecha, agarrando desde el bíceps y tratando desesperadamente de estirarlo del todo, y pese a la gran intencionalidad y agobio, imperiosidad y alarma que había tras su orden mental, llegando a concretarse como un mensaje racional destinado a un segundo oyente, el brazo no lograba cumplir con su voluntad de manera satisfactoria: “¡Muévete! ¡Por Dios! ¡Muévete, joder, por favor!” Como un juguete desarticulado, emulaba el gesto de apertura pero al superar los 130º de amplitud, se dolía, y su brazo como si ciertamente tuviera desconectado el cable que conectaría su cerebro y su cuerpo para dar el siguiente paso, simplemente no respondía. Pero lo peor de todo no eran las sulfuras de pus e infección que salían de su antebrazo, ni la carne rosada entremezclada con ese líquido y consumida, de hecho frita en su propia grasa, el haber perdido la posibilidad de estirar el brazo… No, lo que más le preocupaba era su mano.

 Al parecer, se había desmayado mirando al techo, y en el proceso había pasado varias horas en una postura realmente incomoda, lo notaba en las punzadas de su espalda, pero no tenía ánimo como para reparar en algo tan trivial, pues su mano carbonizada había perdido el meñique mientras el yacía, y de hecho, su composición como de piedra se había consumido por completo, y lo que antes eran láminas de costra negra que estaban de manera viscosa débilmente unidas a su epidermis, ahora eran restos de ceniza de un mineral que resultaba solo duro en apariencia, pues con su mano trato de levantar una de estas costras buscando el rojo bermellón que ocultaban, y como polvo se deshizo en sus dedos.  La carne roja que aún quedaba en su manos, se había convertido en una especie de masa blanca, amarilla y roja, que carecían de consistencia sólida y entre sus huesos, ahora expuestos en parte, asemejaban el agua de una presa, aunque ciertamente de una textura mucho más grumosa.

Sin saber qué hacer, ni a quién buscar, convino en que habría de llamar a una ambulancia. Sin embargo, sabía que tardaría unos cuarenta minutos en alcanzar su domicilio, y que entre desmayos y paranoias había perdido la suficiente sangre y tiempo como para simplemente esperar a ser recogido y tratado. La toalla que rodeaba su brazo izquierdo había quedado inservible, pesaba el doble de lo que lo haría limpia, y adornaba con trozos de piel, sangre, pus y costra por igual. De hecho, al examinar su brazo izquierdo, cuidadosamente levantando la toalla, había reparado en que al tiempo que quitaba el tejido del brazo, que había sido enrollado al mismo a presión, iba arrancando una fina lámina de piel, tan fina como la de una serpiente, que había quedado pegada a la toalla por la supuración infecciosa. Lentamente la retiró apoyando sin perder un segundo su brazo de nuevo en su muslo, y quedo expectante durante unos segundos.

Había que hacer algo con esa mano, y rápido, su antebrazo era, según quería pensar, tratable. Aunque infectado y despellejado, prácticamente en carne viva, si se le aplicaban los remedios que los sanitarios considerasen necesarios, como pomadas o cremas, con piel de cerdo, o de su propia espalda algún día volvería a sanar y funcionar como de costumbre, pudiendo hasta estirarse completamente. Recordó que al no poder estirar el brazo completamente, era muy posible que fuera necesario abrir su brazo en canal con especial cuidado, de forma quirúrgica y restaurarlo por dentro uniendo cada una de las fibras de sus músculos y articulaciones, quien sabe cuánta sangre habría perdido y cuanto se habría quemado. En conclusión, él no era quién para autodiagnosticarse y tomar una decisión adecuada sobre las medidas correctas para poder curar su antebrazo y codo. Pero su mano era diferente.

Él no era médico, pero sabía que lo que fuera que pudiera quemarse hasta el punto al que se quemó su mano, no volvería a ser lo mismo. Y en efecto, de esta no sentía nada, de hecho, despertó de su letargo por las supurosas heridas de su antebrazo, y no sabría decir con precisión en que momento su meñique se perdió. Los músculos, articulaciones y en general, cualquier material orgánico menos los huesos se había perdido, quedaban entresijos de carne pegada o prácticamente convertida en viscosidad, pero nada rescatable o que pudiera darle esperanzas de que esa mano tenia salvación. Comenzó a apretarse el índice con la mano derecha, y como si fuera la costra de una herida del pie raspada por un calcetín, simplemente salió de su encaje. Con interés en el negro carbón que había arrancado, comenzó a investigarlo, y fue deshaciendo la piedra consumida hasta que dio con algo más duro y que se negaba a ceder a los pellizcos que propinaba Kirk al índice quemado. Supuso que sería uno de sus huesos, y un tanto horrorizado por su experimento lo dejó sobre el lavabo con cautela, como si más adelante le fuera a hacer falta.

No se atrevió a intentar sacar más dedos durante unos veinte minutos que permaneció en silencio reflexionando sobre todo esto, intentando recordar que diantres le hizo chamuscar su mano izquierda como si de una chuleta de cordero se tratase. Quizá fue por el shock de la situación, o porque el dolor había amainado, pero una nueva ráfaga de punzadas y quemazones asistieron el brazo izquierdo de Kirk, quién al momento se encontraba recorriendo el pasillo de la alfombra azul y alcanzando el salón de la chimenea, donde estaba el único teléfono en toda la casa.

Entró a la habitación, notando en sus pies descalzos la cálida moqueta roja, y sujetando su brazo izquierdo con sumo cuidado. Se paró en seco y miró alrededor, encontrándose casi de manera inconsciente en frente de la chimenea. Caldeaba estas sus fuegos, habiendo consumido el último tronco hace varias horas, y haciendo ademanes de extinguirse. Las llamas luchaban por subir, como si hubieran cuerdas, trataban de subir al techo de la chimenea, y caían instantáneamente una y otra vez al suelo, repitiendo este proceso a una velocidad vertiginosa, pero que describiría la percibía como suave, un espectáculo de increíble velocidad pero que transmitía una inexorable calma. Serio, Kirk negó irrisoria e imperceptiblemente con la cabeza, y avanzó al teléfono rojo que había en la mesita de café, junto a un sillón casi al nivel del suelo de color marrón que antaño habría sido su trono y lugar más preciado, ya que al conocer a Elena, desarrolló un increíble gusto y una docta curiosidad por la literatura y más concretamente, por la literatura filosófica, que de cuando en cuando resonaba en su cabeza en un eco decreciente, procurando que pudiera alejarse de estos libros, aunque no olvidarlos. Pero extrañamente, aquellos libros habían perdido cualquier clase de sentido que pudieran tener para él, y como intentando eliminar su hábito de lectura, se había dado obsesivamente a la literatura genérica y de moda que va siempre al compás que su época, evidentemente.

Con la mano derecha, pulsaba los botones marcando el número de emergencias en el teléfono mientras trataba de alejar toda esta reflexión innecesaria y que en este momento por importante que fuera para él, realmente le traía sin cuidado. Cuando termino de combinar los dígitos, ya estaba dando señal y como si tuviera que prepararse una excusa, cosa que realmente tendría que hacer porque no podía explicar en qué momento se le ocurrió hacer algo así, más que nada, porque no lo recordaba, empezó a ponerse nervioso y a temblar, notando un retortijón en el estómago. Este se vio neutralizado rápidamente por el brazo de Kirk, que nuevamente comenzaba a arder, pero esta vez con una desdeñable rabia, con furia, como tratando de deshacer cualquier rastro de piel que pudiera quedarle en su antebrazo, su sangre se había revestido de lava para calcinar su cuerpo, y podía notarlo, pues claro que podía, le dolía  a rabiar y le fue muy complicado permanecer consciente a pesar del dolor, que lo había sentado en el brazo del sillón incapaz de permanecer de pie.

Una voz algo nasal, respondió al minuto, y Kirk avasallando su entrada genérica de “Hola en que puedo ayudarle” se anticipó y le dijo: “Por favor, es urgente, creo que voy a perder el brazo”. Entregó su dirección y sin tener que dar más detalles, la señora le preguntó directamente por el estado de su mano. Le explicó lo que había sucedido, como su piel se había hecho humo, los desmayos, el índice y el meñique perdidos, se lo contó todo, de hecho hasta le contó que se había dado cuenta de su mano quemada una vez se hizo consciente de su cuerpo y se vio con el brazo extendido sobre el fuego de su chimenea, y que no recordaba cómo había terminado haciendo eso. “Señor, lamento mucho lo que voy a decirle. Verá, su mano es inútil, y lo será para siempre. En ese estado lamentable que me ha descrito, que es en el que se encuentra, le sugiero que adopte alguna medida más… drástica. No sé si sabe a lo que me refiero” Ojiplático, y con la boca abierta por su desconcierto, Kirk empezó a mirar al suelo con un nudo en la garganta, sin creer lo que estaba escuchando. “Se lo digo por su bien, señor. Habría que hacer algo con esa mano ¿No cree?” Instantáneamente colgó el auricular, y se quedó boquiabierto. Se pasó la mano derecha por la cara, hizo ademán de quitarse el sudor  pero más bien se tocó la cara, quería asegurarse de que todo permanecía donde tenía que estar, sus ojos, su nariz, y su boca abierta, abierta de la incredulidad. Mirando las vacías paredes de la estancia, recordó los cuadros que cuando llegó a la casa aún estaban colgados, y sintió que los recordaba de una forma misteriosamente nítida, de una manera muy cercana, como si ese día hubiera sido ayer mismo.

Abotargado por la situación, que sentía cada vez se escapaba más a su control, rio histéricamente y se preguntó como de estúpido podía llegar realmente a ser. Tras haberse desmayado en el baño, haber perdido dos dedos, con el brazo en el mismo camino, y una cantidad de sangre que habría llenado su bañera, que pudiera permanecer cuerdo sin siquiera alguna clase de alucinación auditiva, o lapso entre observación, razonamiento y pensamiento era prácticamente imposible, lo que tenía era que asegurar su brazo, estaba convencido de que aquella extraña mujer era, sin duda alguna, una pobre recepcionista que habría quedado preocupada y a la que habría malinterpretado, o de la que quizá hubiera simplemente disociado y hubiera completado sus frases desde su ideario, no muy positivo en estas situaciones, francamente. Quizá no hubiera marcado correctamente el número de emergencias. Bien, es de tres dígitos, pero también era cierto que tres eran los dedos que le quedaban en la mano izquierda, y en esa situación física en la que se encontraba hasta la más sencilla de las tareas podría haberse realizado incorrectamente, de forma involuntaria. Ahora con mucho cuidado presionó las tres teclas del teléfono que habría de marcar, y silenciosamente espero tras la línea, mientras oía los pitidos que indicaban que el teléfono, efectivamente, daba señal. Alguien contestó y Kirk no perdió un segundo, “Hola, verá. Había llamado antes pero…” esta vez, fue esa voz femenina la que interrumpió a Kirk al teléfono: “¿Y bien? ¿Lo ha hecho?” “¿El qué?” Respondió Kirk  “¿Cómo que el qué?  Déjese de tonterías, señor, sabe bien de lo que le estoy hablando.” Añadió inquisitiva. Kirk no podía dar crédito a lo que oía, cuando de repente  aquella voz concluyó tras una breve pausa y con voz considerablemente más calmada “Hay que hacer algo con esa mano, señor.” Kirk se atrevió a decirlo “¿Quiere… Quiere que me corte la mano?” “…” El silencio que le devolvía aquel auricular pareció inundar toda la estancia. Entonces, cuando finalmente no esperaba obtener respuesta, la mujer replicó “Y si le dijera que si… ¿Lo haría? ¿Por mí?” Kirk no podía aguantarlo más y estalló en ira, víctima de su indefensión: “Oiga  ¡No sé qué coño está intentando!¡No sé qué quiere!¡Por favor, mi mano es un desastre y mi brazo no deja de supurar!¡Creo que está infectado además de quemado!¡Necesito ayuda! ¿Ha enviado a alguien?” “…””Primero debe hacer algo con su mano, señor” Entonces, la señora colgó, y Kirk, estupefacto quedó con el auricular en la mano, aun en el oído, mientras inconscientemente se había quedado todo este tiempo mirando el fuego de la chimenea.

sábado, 10 de febrero de 2024

-SIN TÍTULO- CAPÍTULO 1

 

CAPITULO  1

Kirk fue trasladado y procesado. Cuando llego a la comisaría le esperaba aquel extraño sujeto, cuando lo vio Kirk lo entendió todo, pero nada más lejos de la realidad, la explicación de aquel hombre sobre qué había pasado no podía sino tildarse de estúpida. “Te ibas a morir entre jeringuillas hijo, mejor será que estés en la cárcel”. Más tarde, concretamente, 13 años y una deuda saldada con la sociedad más tarde, Kirk se enteró de que aquel hombre era un importante miembro de una familia de la mafia rusa que al parecer controlaba prácticamente el barrio entero por el que él trabajó de repartidor de periódicos, se preguntó entonces si sería esta la razón por la que nunca recibió una queja de su jefe, aun cuando habían días en los que no entregó ni un periódico, y aun así los cobraba, bien lo sabía él. Según le dijeron, aunque involuntaria e inconscientemente, había estado transportando mensajería y carga ilegal durante mucho tiempo, de hecho, se enteró de que él fue uno de los mayores confidentes para este personaje en cuestión, el cual resultó ser un hombre bastante importante que se codeaba con personalidades casi igual de importantes que él.

Podría parecer una broma, pero fueron 13 años los que pasó en la cárcel, una condena especial sin opción a revisarse que solo en su epílogo comprendería, había sufrido por factores que desentrañaban los límites más allá de la justicia. Desintoxicado fortuitamente y a la fuerza, residía en el las ganas de volver a consumir heroína, pero sin embargo, ahora no podía. No después de haber sufrido en la cárcel, una a cárcel a la que había llegado sin siquiera saberlo, ni cómo ni por qué, aunque tras 13 años no se acordaba de aquel día exactamente. Pero si permanecía en su recuerdo lo sufrido en la penitenciaría, como no iba a hacerlo… Los días eran interminables y monótonos, la gente era tal y como cabría esperar de un lugar donde te apalean,  gritan y  registran hasta en los rincones más insospechados de tu cuerpo, y aunque muchos pretendían establecer un papel meramente contemplativo, la interacción era un axioma de supervivencia. Además, la naturaleza del crimen de Kirk no era ni remotamente interesante, de hecho era hasta denostativa y motivo de burla.

Allí, aprovechó para concluir sus estudios e iniciarse en otros tantos, por la metodología práctica con la que había regido su vida siempre, y por la abundancia de empleo en un entorno tan falto de personal, decidió que unos estudios tecnológicos serían en cualquier caso la opción más plausible para sus capacidades y ambiciones, y comenzó con una breve introducción al Reglamento eléctrico de baja tensión. Fue su experiencia tan agradable y favorable que quiso continuar con fontanería, e incluso se atrevió a enmasillar, acercándose un poco más a este mundo interrelacionado. Al final, viendo que podía valerse solo en su casa, otorgándose estos diversos servicios, se le ocurrió que la agronomía sería un último trazo a su nuevo dibujo que podría hacerle ganar esa libertad que tanto había ansiado, sin embargo ahora reparaba en que sus conceptos de libertad, al igual que el antiguo Kirk y el actual, eran dispares, y como por arte de magia, sonrió por primera vez en años.

Cuando salió de la cárcel, se apresuró en inscribirse al paro y buscar cursos relacionados con agronomía, ganadería… Lo que fuera por terminar su plan. Surgió un curso de mantenimiento de hogares agrícolas y competencias domésticas, este nuevo plan de más de 500 horas que imparte el estado en sus diferentes centros privados de propiedad y profesores privados , consiste en la preparación de conocimientos básicos de bricolaje, jardinería, agricultura, ganadería, electricidad y fontanería necesarios para poder mantener y en última instancia habitar o hacer habitables hogares de pueblo que quedan completamente abandonados desde otoño a primavera, este fenómeno se repite a escala nacional con la mayoría de los pueblos del país, es así que surgió este curso. Tras haber concluido con estudios de conocimiento medio-bajo sobre la mayoría de las disciplinas exigidas en este curso, Kirk lo pudo concluir satisfactoriamente, con grandes resultados muy positivos que lo encauzaron a una vacante de un pueblo cercano, primero fue a practicar a la casa de un hombre mayor llamado Inocencio Julián, y fue que este hombre quedó tan encantado con Kirk , sus numerosos talentos y su historia de reinserción que sin pensarlo dos veces una vez titulado Kirk y terminadas sus prácticas, fue contratado permanentemente en la casa de verano del señor Inocencio Julián.

El hombre, solitario, era canoso con pocos pelos alrededor de la cabeza, como si llevase un peinado fraile con pelo muchísimo más escaso y una coronilla vacua que ha devorado hasta las orejas, teniendo ahora estas casi más pelo que la cabeza. Su nariz, orejas y cabeza estaban moteadas por manchas marrones casi como si un pintor hubiera sacudido su brocha sobre un lienzo sin muncho interés en manchar, pero queriendo hacerlo. Sus dos ojos zafiros cristal que se conformaban en la acuosidad de sus húmedos parpados y que asomaban por unas gafas de cristal rectangulares con unas patillas muy finas estaban rodeados de arrugas, terminando de darle a ese semblante de amabilidad un tono expresivo y experimentado, diciendo hasta las mayores sandeces con la seguridad del que ha vivido tiempo y sabe que con eso es suficiente.

Al igual que él (que Kirk), estaba solo, su mujer murió de un cáncer de mama cuando aún estaba en la cárcel. Siempre le dijo que fue muy rápido; susto en su casa, visita al médico, diagnóstico fatal, preoperatorio,  operatorio, postoperatorio y paliativos, y de allí a la tumba, todo esto en menos de 4 días. Un adiós fugaz, un visto y no visto. Pensándolo bien, Inocencio Julián estaba más solo que Kirk. Kirk nunca tuvo a nadie realmente, ¿a quién puede decir él que ha perdido? ¿A su madre? La odiaba y se marchó de casa con 15 años justamente para no volver a verla ¿A su padre? Ni siquiera le conocía, por Dios ¿o a sus inexistentes hermanos? Quizá lo más parecido a amigos que hubiera llegado a tener Kirk fueran esos dos trotamundos con los que vivía en aquel cuchitril, lo más parecido a tener a alguien importante para ti. Incluso recuerda que cuando fue criado con su madre, desde bien pequeño, raro era el día en el que preparaba la comida para él o en el que, directamente, le dirigiera la palabra. Al parecer el trato no hablado era que ella le traía comida y agua, le daba un techo, y él ponía el resto. Nunca le importó, pues hecho a la costumbre desde bien pequeño, solo se extrañaba por su grado de independencia temprana, es decir, por no ser un niño normal. ¿Enamorarse? Kirk jamás se enamoró, en realidad diría que nunca tuvo tiempo. De joven las chicas son materia de ensueño, como estrellas para un astrónomo, dulces velas de colores que adornan un techo oscuro, con la verde luz de la esperanza. Claro que hubieron chicas que le parecieron guapas, algunas de hecho, esplendorosas. Pero al crecer este tierno candil se torna parduzco, como oxidado el oro, y el recuerdo que surge de cada mirada femenina, de cada comentario hiriente, solo le hacía recordar a su madre. Evidentemente Kirk sufría de una condición o problema realmente solucionable. Pero sin atención, aprendiendo a no querer aprendió a progresar, así que no, Kirk nunca ha estado enamorado de nadie. Pero Inocencio era distinto, él sabía lo que era estar enamorado, sabia de las bondades y las necedades que se hacen por amor y sabía que se sentía al abrazar el calor de una mujer, al vivir con ella toda tu vida y amarla con todo tu corazón hasta el día en el que literalmente, la muerte os separe. Es un privilegiado, pero era tan feliz en su relato, cada vez que hablaba de ella o cuando simplemente se acordaba con un destello en los ojos por algo que decías e inmediatamente lo relacionaba con ella  y procedía a contarte esa historia, que Kirk realmente se emocionaba, como si él también hubiera estado enamorado de la mujer de Inocencio Julián, y supiera exactamente de lo que estaba hablando, llegando a conclusiones tan variopintas como este sentimiento, pero que no compartía nunca para no entorpecer la frugal pasión que emanaban los ojos y la voz de aquel anciano que se tornaba joven al hablar de lo que sin duda fueron los días más felices de su vida. “Sin duda, él, que ha sido amado, se sentirá más solo ahora que no es amado que yo, que no sé lo que es amar” Pensaba Kirk para sus adentros.

Pasaron 7 años en los que Kirk estuvo trabajando para Inocencio Julián, quien había vendido su casa y se había mudado a la casa de verano para vivir con Kirk. Comían juntos a expensas de la pensión de Inocencio Julián, quien también amablemente pagaba a Kirk como si no estuviera viviendo con él “Necesitarás dinero, hijo mío” siempre le decía. Él se esforzaba en mantener la casa de Inocencio Julián a punto en todo momento, lavando las colchas siempre concienzudamente,  y manteniendo el salvaje jardín a raya, además de las inmensas tierras de Inocencio, quien poseía varias hectáreas cultivables

. Inocencio tenía una casa de verano maravillosa, edificada en adobe blanco y con un tejado anaranjado con matices rosa hecho de ladrillo, la casa debían de ser no más de 100 metros cuadrados, tenía un establo ahora vacío, en buen estado pese a todo y que ahora servía más bien de almacén para los accesorios del tractor y demás herramientas, aparte del estiércol. El cobertizo había sido arreglado con unas cuantas tablas que reconstituyeron parte de su apariencia pasada, y una última mano de pintura lo dejó como nuevo. Guardaban aquí los sacos de fertilizantes, la sosa, una carretilla, dos palas y diversos productos para tratar el campo. La casa tenía un baño acondicionado para un hombre disfuncional, aunque diría que el único problema de Inocencio era su cadera, quitando eso, era un hombre fuerte y sano. Este baño decorado con unas baldosas que con fondos marrones, casi color piel, contenían unos dibujos nebulosos deiformes de color rojo que casi parecían manchas de sangre en la pared, era el único de la casa. Kirk se mantenía en entredicho por su peculiar decoración, que pese a estar salpicada en rojo, emanaba una inmanente tranquilidad. Aun así, este rojo era lo suficientemente suave como para no causar una sensación opresiva, sino todo lo contrario. El techo blanco con una amplia luz redonda con un ligero fulgor amarillo suave, como el de una bombilla incandescente pero de bajo consumo que no roza el naranja pero se le acerca, relajaba al más pintado, y un cubículo de ducha adaptado con una barandilla y un taburete eran la joya de aquel pequeño baño. Había una pequeña ventana que daba pie al jardín, y esta la abría Kirk todas las mañanas para crear corriente en la casa. El suelo era de un gris granulado con estampados que variaban desde el negro, blanco y el ocre, con dibujos de hojas y círculos hechos calcomanía sobre la fría piedra. No tenían tele, y la cocina era un cuartillo con cuatro fogones, un lavabo, espacio para los electrodomésticos y una pequeña despensa donde guardaban tanto utensilios de cocina como próximas comidas y conservas.

Una mañana en la que Kirk se levantó, observo la luz que entraba por la ventana, extrañamente intensa para ser tan temprano como el acostumbraba a levantarse. Echó un corto vistazo al reloj de la mesita de su habitación, recostándose sobre su cama de dos metros de largo monoplaza y lo vio “12:15”. Esta mañana se le había pasado la hora sorprendentemente, siempre se levantaba a las 6:30-7 para aprovechar que el sol se encontraba bajo y poder trabajar sin mucha molestia, pero hoy sin duda le iba a tocar apechugar con aquel imprevisto. “¿Pero y este hombre?” se preguntó. Normalmente, cuando le tocaba trabajar, se iba con Inocencio aún dormido. Sin embargo como él sabe, Inocencio duerme poco más que Kirk, es decir, si Kirk se va a las 7, Inocencio suele estar despierto a las 7:30. Es tanto así, que cuando a las 10 hace un breve descanso para almorzar y seguir trabajando, aprovecha y le hace el almuerzo a Inocencio también, puesto que no le importa y prefiere hacerlo entre risas que verlo forcejear con un pan, un cuchillo de untar y sus manos temblorosas. Lo había llegado a amar casi como un padre, puede que incluso más pues no conoció al suyo, así que no reparaba siquiera en esto, y automáticamente lo hacía. Pero Inocencio no le había despertado esa mañana, de hecho, se asomó a la cocina, y la cafetera estaba puesta en la encimera, a la espera de ser rellenada y puesta en el fuego.

Ahora un poco más inseguro, que Kirk se aseguró de salir a la puerta y otear en el horizonte y a los alrededores de su casa en busca del hombre, y sin embargo, nada, ni un atisbo. Descaradamente, se dio cuenta de que había buscado a Inocencio fuera de su casa, antes que en su propia cama, tratándose este de un señor mayor sin mucho cuerpo para la actividad física. Calmándose viendo ridícula su propia lógica y exponiéndola como un ejemplo de una de sus incontables incongruencias, abrió lentamente la puerta esperando no despertar al posiblemente dormido Inocencio, cuál fue su sorpresa cuando la abrió del todo y dentro no había nadie. Nada, la habitación vacía, la casa vacía e Inocencio Julián, desaparecido.

Como con un gesto automático mientras pensaba donde podría estar Inocencio y descartando todas las posibilidades que se le iban pasando por la cabeza abrió la puerta del baño y procedió a abrir la ventana para aprovechar el fresco mañanero y crear corriente en la casa. Inmerso en sus pensamientos, abrió la puerta y entonces como una exhalación grito contundentemente, horrorizado, pues ni más ni menos que el cuerpo de Inocencio Julián se encontraba sobre el pulcro váter blanco. Lo encontró con una mano apretada en el pecho, y en un descompuesto gesto facial entre rictus mortis, y el de cuerpo que murió en tensión. Sus ojos estaban mirando hacia arriba como buscando algo en el techo, y su cara, su boca para ser exactos, se encontraban tensas como un arco, con la dentadura de Inocencio saliendo grotescamente  de su boca debido al antinatural esbozo de sus pómulos, marcados y estirados  en vida para decorarle en la muerte. Su piel estaba totalmente blanca, con dos marcados semicírculos morados debajo de sus ojos, que curiosamente se habían hinchado.

Kirk no pudo evitarlo, y vomitó sobre los pantalones de Inocencio Julián aun bajados. Luego se incorporó angustiado, vio aquello que había hecho al cuerpo de su amigo, a su padre, y trató de llamar a una ambulancia mientras sus nerviosos dedos apuntalaban cada número con decisión. Tras llamarlos, corrió al baño una vez más y le tomó el pulso en la muñeca ¿Por qué lo hizo? Estaba muerto, hace varias horas de hecho. Podía saberlo, o más bien intuirlo y sin ser médico. Y en cualquier caso ¿No es lo primero que debería haber hecho? Salió del baño otra vez, repitiendo estas cuestiones, una y otra vez, culpándose ahora inevitablemente por su ineptitud, tratando de buscar el factor que lo llevara  a él, que lo incriminara de la muerte de Inocencio Julián.

La ambulancia tardó casi media hora, aquellos sanitarios bajaron, le tomaron el pulso, y lo subieron a una camilla con una sábana encima. Aunque no quiso hacerlo, Kirk no podía vivir sin saber si de verdad el de alguna manera pudo hacer algo que dispusiera a Inocencio en ese váter, en ese final. El ambulanciero primero miró curiosamente la camilla, y después le dijo a Kirk que la causa de la muerte era un infarto de miocardio, y que fue una muerte súbita prácticamente indolora, y aunque el gesto de horror grabado en la cara de Inocencio hizo a Kirk desconfiar de estas declaraciones durante largos años, finalmente fue a esta a la que se aferró para poder pasar el duelo, y enterrar a aquel hombre tan generoso y amable, que había limpiado su corazón, después de que la cárcel limpiara su cuerpo.

Inocencio fue enterrado por la iglesia, así como le hubiera gustado recibir la extrema unción, hubiera querido descansar en el osario del monasterio donde nació, y así se le fue procurado. Inocencio, que no tuvo herederos, tenía su pensión y su antigua casa de verano. Estas propiedades quedaron supeditadas a subasta, y aunque a Kirk le hubiera maravillado vivir en aquella casa de verano, blanca, amplia, rodeada de verdes pastos y de mañanas frescas y agradables, no le fue posible. La casa fue recomprada por un alto postor, alto miembro ejecutivo del banco, quien tenía pensado comprar las cuatro fincas de la zona y edificar un campo de golf, por supuesto, con el dinero que Inocencio fue dando a Kirk este tiempo, no era ni remotamente suficiente como para poder adquirirla. Se quedó muchos de los abrigos de Inocencio Julián, quien desgraciadamente ya no los iba a necesitar, y muchos de sus pantalones de chándal y vaqueros. Sus zapatos charol, marrón crema. Le recordaba con esos zapatos y no podía evitar llorar ¿Cómo llorar por los pies de Inocencio? ¿Qué sentido tenia?

Sollozó un rato en silencio abrazado a aquel par de zapatos, pudiera haberlos sentido como segundos, pero fueron minutos los que allí pasó. Recogió sus cosas y dando un último adiós a la casa se giró y la recorrió con la mirada de arriba a abajo. Estaba cerrando la puerta tras de sí cuando cayó en un pequeño apartado que había dejado sin resolver. Dejando las mochilas y la maleta en la puerta, se acercó deslizándose por el suelo de piedra por última vez, entro al baño y se quedó en silencio. Un tibio recuerdo agridulce invadió su cuerpo, llegándole hasta los huesos y traspasándolos hasta el tuétano. Tomo aire y recordó por última vez la macabra escena que habría repetido en su cabeza una y otra vez desde el incidente, pasado ya casi un mes. Como poniéndose a prueba, reprodujo aquel macabro momento una vez más en su cine mental.

 La cara, el brazo, y aun encima le vomitó, víctima del nauseabundo olor de sus heces debajo de un cadáver anciano en un espacio cerrado, desprendiendo este también un hedor especialmente terrible. También y mientras este proceso mental se sucedía, fue probablemente víctima de una crisis nerviosa, aun habiendo querido pensar que alguien como él, con diversas vivencias que harían de cualquier persona delicada un hombre de acero, no estaba capacitado o simplemente no podía sufrir una crisis nerviosa. Amó a Inocencio Julián. Y lo amó mucho, más que a un padre.

Como retornado a la realidad, se observó una vez más llorando, mas sin embargo en esta ocasión su semblante distaba de acompañar a sus ojos, al contrario, esta permanecía seria y serena, casi estoica. “Así me hubiera querido, sin sufrir” se dijo.

Se enjuagó las lágrimas y se marchó de allí, no sin antes cerrar la ventana del baño.

lunes, 5 de febrero de 2024

-SIN TÍTULO- (provisional) PRÓLOGO

 

 PRÓLOGO

Algo que nunca debió empezar no puede tener un principio correcto, adecuado. Deambulaba de un lado a otro de la larga habitación de madera enmoquetada en un rojo carmesí con dorados adornos a sus esquinas, y una línea continua entre las puntas de las flores de lis que remataban el áureo estampado. Los pies descalzos del casero transeúnte rebasaban el silencio atronador de la estancia, como puntuando los pentagramas blancos que dibujaban los ritmos de los troncos crepitantes que ardían en una chimenea de piedra grisácea, ennegrecida en su parte posterior y en la comisura del frente del rectángulo que enmarcaba tan voluminosa construcción. En los escalones blancos de marfil manchados de hollín, y en el segmento de la chimenea que conducía al tejado que furtivamente se colaba en la decoración del rústico habitáculo, se advertía en esta que la piedra, ahora manchada de hollín, huya, humo y ceniza, antaño ostentaba un pulcro color blanco que conjuntaba con las baldosas marmoleas escalonadas  que conformaban la parte posterior de la chimenea, y un porcentaje del suelo desde el que se mantenía.

Cuando reparó en su propia presencia, se encontraba quieto, con la semblante apática y muy atento en el baile que las llamas procuraban. Era increíble, un elemento en estado de plasma que había sido el molino, el viento de la vela del barco de la humanidad, encerrado en su salón, bajo su control. Bajo su control quiere decir prácticamente bajo su voluntad. El fuego bajo su voluntad. Era su voluntad el fuego ¿Entonces? ¿O es fuego su voluntad?

Todas estas preguntas se repetían una y otra vez de forma inconexa en su cabeza mientras observaba como una especie de fuego más amarillo aún, con un color más intenso y vivaz parecía asomarse desde el fondo de la flagrante llama que en definitiva era mucho más grande que aquel pequeño trozo incandescente. Sin embargo, no podía evitar reparar en que aquel pequeño trozo incandescente, tan brillante, tan esplendoroso, era el auténtico culpable de aquel inmenso fuego, era la persona que proyectaba, por medio de la madera, su linterna, una gigantesca sombra ardiente que era capaz de devorar vida y a su vez, traerla o preservarla a partes iguales. Entonces realmente le pareció un fuego inextinguible, y maravillado por su contemplativa, metió su mano derecha convencido de que aquel amable fuego, dador de tiempo, sombra de una ligera llama intensa amarilla, elemento de su voluntad, no podría causarle ninguna clase de daño.

Los numerosos retratos, de dueños desconocidos, que colgaban en la pared del cuarto, contemplaban desdichados la escena. Una cenefa verde oscuro de tonalidad “hoja de pino” hacia de costa limítrofe entre la pared que alcanzaba el techo, de madera oscura, marrón pero con matices rojizos, y la parte posterior, que bajaba al suelo revestida en este verde casi negro pero de muy apreciada diferencia con este mismo color. Las paredes colmaban de estanterías, y estas a su vez de desdeñados libros polvorientos. Muchos de ellos, a raíz del tiempo que llevaban sin abrirse, aguardaban un mínimo contacto para desprender sus páginas, como árboles perennes que aún no saben que ha llegado el invierno. Estos, abrazaban sus hojas entre la presión de la encuadernación ceñida por el escaso espacio que los separaba de sus concubinos, de los libros que a su derecha e izquierda velaban por dejarle ser libro antes de que cualquier movimiento fuera llevado a cabo, y el destino de su naturaleza se viera transformado, así como su propia naturaleza. Era costumbre, si el libro no se encontraba en un estado de desperfecto exagerado, intentar restaurar el volumen cuidadosamente. Pero nada más lejos de la realidad, aquellos libros se pudrían en las lejas como piezas de carne colgadas de los ganchos de una carnicería hace tiempo clausurada. Y el dueño, quizá a causa de la multiplicidad del trabajo, diera por sentado el fatal final de aquellos sus libros, con quienes tanto había querido.

A excepción de esto, un soporte de metal cromado llano con dos oscilaciones suaves hacia arriba en sus extremos contenía los números que últimamente consultaba, y que se habían convertido en su único material de lectura, a modo de ejercicio, podría decirse  a primera vista. Estos títulos ocupaban el tiempo de este extraño sujeto con un aire enfermizo, muy parecido a la adicción y su continuo malestar incluso en el placer ansiado. Con remordimiento, no sin él, había decidido ceñir su ímpetu lector en aquellos tomos. Aquellos los sujetaba en sus manos , con expectación y abriendo mucho sus ojos, de hecho a mi parecer, de forma exageradamente grotesca, como queriendo expulsarlos con la fuerza de los párpados. Repasaba sus portadas y las acariciaba mientras, con voz trémula, recitaba los títulos escritos.

 Los libros eran insospechadamente comunes, sin ninguna clase de correlación entre lo que realmente eran, y la forma de este sujeto de considerarlos. De hecho, probablemente muchos de ellos resultaban ser de un gusto certeramente horrible para cualquier lector no instruido en la materia ,y para el instruido también, e incluso pudiera llegar a ser tomado en forma de broma. Era el caso de “Te tengo” un libro de autoayuda femenina, destinado a hacer de una chica musitante y taciturna, adepta al fracaso y abandonada al amor, una autentica mujer extrovertida y despampanante, capaz de decir cualquier cosa que se le pudiera pasar por la cabeza, si así ella lo deseaba. Escrito por Siel A. Morgana, una condecorada escritora de títulos de índole similar, titulada en una prestigiosa universidad británica en psicología del comportamiento y más tarde doctorada en sexología, aparte de relaciones públicas, y al parecer, docente en algunas instituciones y ponente en carismáticos eventos progresistas y formativos. Yo sinceramente nunca he tenido interés en Siel A. Morgana, y de hecho, si se presentase la oportunidad, cualquiera podría sin mucho desdén apaciguar sus ínfulas de superioridad visitando todos y cada uno de los eventos incluidos en la página de méritos de este autor en internet o contrastando en hemerotecas.  Muchos de ellos son increíbles retorceduras de sucesos, incluyendo celebraciones en las que se hacen alusiones meramente nominativas a este autor, y algunas donde ni siquiera fue invitado, o fue invitado pero no acudió. Luego, su bibliografía es pobre, pues aunque tenga muchos libros escritos así como “Crecer si…” o “Fe de hierro en ti”, la mayoría de estos son cortos ensayos casi experimentales, por no utilizar otro calificativo.

Parándose a pensar, es ridículo, ¿Por qué iba el, además de por ser un hombre, a leer un título semejante?  Recorría este último pensamiento su cabeza cuando un olor a chamusquina lo despertó de un ensimismamiento atroz, como sedado y recién despertado, comprobó que su mano, derretida, empezaba a tornarse del color del carbón, con unas rayas rojas entre las costras negruzcas que ahora dividían aparentemente la mano en sectores de mayor o menor forma y silueta. De esta goteaban hilillos que, sentía, drenaban el interior de su mano. Pero la sangre que supuraba era instantáneamente absorbida y expirada por el fuego, y el hueso de su meñique derecho, que asomaba por la falange intermedia se había hecho chamusquina, como la ceniza de un cigarro sin retirar, como cualquiera de sus libros podridos, esperando a un leve movimiento para terminar de caerse.

Antes de retirar la mano con un grito entremezclado con un fuerte sollozo, se dio cuenta de que en todo aquel horrísono e inexplicable proceso no había dado lugar al dolor, aunque sin embargo, tampoco al recuerdo. De esto se haría consciente más tarde, pues aún más apremiante era el estado de su cuerpo, más concretamente, su recientemente carbonizada mano izquierda. Salió del cuarto de la majestuosa alfombra y los libros que aún son libros pero que en realidad ya no lo son con considerable prisa, tocando su muñeca con fuerza intermitentemente a causa del dolor, pues cuando se soltaba la muñeca dolía casi más que si apretaba sus dedos en aquella masa caduca de cuerpo que tristemente observaba como se desprendía por culpa del contacto.

De la piel roja y rosada que quedaba debajo de la costra negra que inevitablemente apartaba producto del pánico y el estrés que sufría, pues el dolor, inexplicablemente, se mantuvo ausente de esta ecuación, surgía muy sencillamente, apartando esta piel roja que hacía de envoltorio, una nueva piel pustulosa, de un amarillo blancuzco y evidentemente infectado, que supuraba un líquido que debería de provenir de estas mismas pústulas, pero de una mezcla que se tornaba casi mostaza. Entonces observó que este fenómeno se prolongaba desde la mitad del antebrazo hasta un poco más arriba del codo, sin tomar mucha posesión del bíceps. Ahora repugnado por lo que había visto, por lo que su cuerpo estaba pasando, terminaba de recorrer el pasillo tapizado con una alfombra azul de adornos oscuros en forma de mosaico, que dibujaban cruces celtas, trísqueles  y otros diversos símbolos que no habría sabido capaz de nombrar, reinterpretados con motivos poligonales, y encuadrados con líneas blancas que recorrían el tejido en un modesto zigzag, culminando con este, su  discreto diseño.  Las paredes del pasillo se habían hecho de piedra, que permanece fresca en verano y era en primera instancia la mejor opción para este apartado domicilio de la serranía, sin embargo fue cuando este caserón fue restaurado y reacondicionado para ser habitable todo el año que las paredes de madera fueron entablilladas detrás de un amplio sistema de calefacción por tuberías que recorría la casa, repartiendo por esta el calor procedente de la chimenea y la caldera. La casa era tan grande, y estaba tan mal distribuida que cuando los operarios llegaron el otoño pasado para comenzar con su trabajo, la examinaron exhaustivamente de arriba abajo, y a riesgo de ser revocados de la posibilidad de ofrecer sus servicios concluyeron en que una sola caldera no podría abastecer aquella estructura, o al menos, no proveerla eficazmente de calor. Tras discutir con aquellos caballeros largo y tendido, se propuso instalar otra caldera, o una caldera de un tamaño superior cuyo disparatado precio superaba (y por mucho) el presupuesto que estaba dispuesto a invertir en este nuevo emplazamiento, aunque si por mi fuera, habría sido mi opción predilecta sin considerar cualquier otra. El problema de tener dos calderas en casa, habría sido el mantenimiento, puesto que pese a ser individuales, habrían debido de ser puestas a punto para trabajar de manera coordinada, transformando una orden en dos siempre que hubiera sido preciso disponer de la calefacción o agua caliente, por lo que esta idea fue rápidamente descartada. Insatisfechos por nuestra clara corta capacidad resolutiva ante este entuerto, los hombres y yo mirábamos cabizbajo el suelo de piedra de aquella oscura y fría sala, en la que varios rayos de luz se colaban como haces desde los agujeros de las ventanas de madera, a la que se le habían dispuesto barrotes a modo de persiana en dirección inferior y en disposición convexa. La luz que se colaba resaltaba el incipiente polvo que arraigaba aquel aire añejo y cerrado que respirábamos tan tranquilos y reflexivo. Entonces, como iluminado, uno de los hombres me preguntó por la chimenea de la casa. Antaño, cuando una casa o edificio debía de ser construido con un sistema de calefacción funcional, los métodos evidentemente eran muy diferentes, mucho más rudimentarios, aunque en ocasiones no por ello menos eficaces. Me explicó que probablemente este caserón  tuviera un sistema de calefacción, pero que debido a la antigüedad  de las instalaciones y su evidente desuso, pues esta fue una vivienda de verano durante casi más de 20 años, este sistema se encontraría en un estado deplorable. Concluyendo un poco desanimado, de soslayo siguió hablando esta vez con un tono que no salía de lo explicativo, pero que rozaba la elucubración. Decía que con una caldera mediana, que aunque no era específicamente mejor que la que actualmente estaba instalada, sí estaba más actualizada, sería suficiente para llevar a cabo un sistema de calefacción simultánea. Esta comprendería de; diferentes núcleos: uno de ellos la chimenea, y el otro, la caldera, y estos con diferentes canales: la chimenea recorrería su clásico trayecto tras una detenida revisión de los tubos y conductos que determinaría como de fiables eran esas instalaciones tras el implacable paso del tiempo, y finalmente serían puestas a punto, mientras que la caldera desprendería el gas caliente por medio de unos nuevos tubos de plomo que se dispondrían detrás de unos nuevos y elegantes tablones pintados de un blanco huevo, cuya función, aunque decorativa, en última instancia sería la de retener el calor e hincharse unos pocos centímetros, cerrando las grietas que pudieran quedar entre si y transmitiéndose así el calor entre los tablones de las paredes, la silicona especial fijante, y finalmente al suelo. Allí, las enterradas conductividades de la chimenea habrían de calentarse para, una vez más, calentar los tablones del suelo, transmitiéndose el calor de las tuberías del centro del pasillo hacia los límites del mismo para volver a las paredes y finalmente, hacer de este hogar un lugar habitable cuando el grajo arrecia y el frío es invasor y asesino.

Cuando en mi cabeza dije “asesino”, mire hacia abajo una vez más y observé el terrorífico trozo de piedra que llevaba sobre los consumidos huesos  de mis manos, aquellas costras que se hacían cuando la carne era pasada demasiado tiempo por la plancha, ahora perlaban estos necrosados dedos. Aunque para la necrosis, ciertamente, hacen falta piel, órganos, carne… En general, algo de lo que ahora mismo no dispongo en abundancia, por lo menos en esta mano. Menos quedaba aun, cuando abrí el grifo plateado de la cocina y el agua que este emanaba arrastraba la piel restante que aún no había logrado apartar inconscientemente, y la sangre, esta vez, no brotaba. De mi mano de carbón, solo pude salvar sus recuerdos. Con unas tijeras, y sujetándolas con una súbita delicadeza, poco a poco fui levantando esas costras negras, examinando el estado de la mano. Aunque sin dolor, las lágrimas, mientras me observaba en este fatídico estado, solo en mi casa, y sin saber que me estaba sucediendo, no podían dejar de brotar de mi cara, manchando ampliamente mi brazo mientras trataba de determinar hasta que punto era manco. Conteniendo el aliento pese al llanto, y la rabia de la situación, levantaba,  haciendo una pequeña incisión con la punta de las tijeras en la costra determinada y luego un ligero ademán de palanca, el sector de piel chamuscada en cuestión. Como levantando la tapa de una lata, podía ver el interior de mi mano, teñida en un color rojo intenso, como si la sangre de mi cuerpo se hubiera solidificado y tornado músculo.

Trate de, primero, tocar aquel amasijo con un bastoncillo… sin embargo, no sentí nada. Entonces, más atrevido por la delicadeza de la situación, cerré la llave del grifo y mire sobre uno de los armarios cian que se encontraban empotrados a la altura de mi cabeza , abrí la puerta de el de la derecha y me sorprendió hallar comida ¿No era este el armario de las medicinas? Me pareció tan raro equivocarme con la disposición de los armarios de mi propia cocina, sabiéndome un hombre obsesivo pero ordenado, que no rendí más mención mental que al suceso de, como ante el sobrecogedor hecho de estar a punto de perder una mano puede a uno venir semejante templanza como para reparar en una minucia de tan poca importancia, de tan carente valor. Cerré el armario y abrí el de la izquierda. Aquí no encontré más que conservas, bolsas de pasta, sobres de preparados y un tarro lleno de arroz blanco junto a una mermelada de frambuesa sin abrir. Perplejo me quedé mirando un poco más, como retando a la propia realidad, preguntándome que me estaba pasando. Finalmente comprendí que allí no estaba lo que andaba buscando, y atravesando el suelo gris azulado de la cocina, hecho en baldosas al igual que el cuarto de baño, abandoné la estancia y alcancé el servicio.

Su rostro reflejado en el espejo-armario del lavabo fue lo primero que se encontró al entrar en el cuarto. Sus pupilas estaban desorbitadas en negro, y sus ojos más abiertos que nunca, la ceja derecha empezaba a echar brotes blancos canosos, y las raíces del pelo cada vez abarcaban menos terreno de la frente, aunque nadie hubiera dicho que estaba perdiendo el pelo. Su tez era un perfecto cuadro entre el blanco de su cara, el amarillo de su sangre pustulosa e infectada, el morado de sus ojos, que terminaban casi en un negro muy preocupante, el rojo de la sangre de aquellos trozos de piel que fue arrancando por el camino y finalmente, el negro del tizón, oscuro como la pizarra. Con un gesto descompuesto, se puso pucheros a sus ojos marrones reflejados inconscientemente, y bajó la mirada sin querer observar aquel improvisado esperpento de tonalidades que se posaban en su rostro, ni su rostro en sí, el cual en diez segundos que le había observado le había hecho preguntarse si sería su mano quizás, ya no lo que iba a perder, sino si sería lo único de lo que habría de prescindir, en otras palabras se preguntó: “¿Voy a morir?”

Mirando fijamente la toalla blanca de cara con adornos florales rosas, colgada de una barra metálica y ésta sujeta firmemente por un trozo de plástico de forma semiesférica atornillado, circundado por un borde de chapa, reparó en que estaba  pintada de lo que pretendería ser oro, pero que por la oxidación y por la naturaleza de esa pintura, industrial y de baja calidad, había ido saltando poco a poco, pareciendo ahora estar moteado por puntos marrones irregulares. Cogió la toalla y la puso debajo de su brazo, en un esfuerzo inútil de no empapar el suelo. Abrió el espejo-armario y echó una rápida ojeada a su contenido. Con gran rapidez y sin tiempo para reparar en que más habría dentro, agarró el bote por el que había venido y con gran premura lo abrió “Alcohol de 90º” pensó “Si con esto no siento nada…” sin dejar de mirarse la mano ahora que por fin se había decidido, apretó súbitamente el bote desde la base aplicando una ingente y exagerada cantidad de alcohol sobre la mano, tratando de provocarse alguna clase de sensación de dolor, pero nada. Se vació el bote entero pero no sentía ni un ligero escozor. De la mano, de hecho, ni siquiera salía espuma, el indicio principal de que alguna clase de elemento extraño está siendo erradicado. 

Sabiendo lo que eso podía significar, y en un desesperado intento por tratar de recuperar la sensibilidad de su mano, ya perdida, pegó un pequeño corte sobre la piel roja que había surgido de las costras negras que la guarnecían. Nada. Ni un simple pellizco. No podía entender nada de esto, no podía entender nada de lo que le estaba sucediendo. El simplemente se había levantado de la cama a encender la chimenea, para caldear la casa en una fría mañana de invierno, y ahora…

Se sentó en la letrina sin levantar la tapa y ahora sí, estalló y se ahogó en sollozos, lastimándose por su deplorable estado y su mano maltrecha, pensando en su mala suerte, pero ante todo preguntándose ¿Por qué? 

Se quedó allí sentado un buen rato, con las piernas abiertas a horcajadas y mirando la hipnótica luz blanca led del techo, discernía en ella líneas y puntos blancos y apreciaba el pequeño dibujo de un sol, como una sombra chinesca dibujada en su imaginación, pero era un sol que no tenía que ver con la realidad, no era la estrella “Sol” que reina en uno de los tantos sistemas solares de la Vía láctea, no, era un sol caricaturizado, como si fuera el dibujo de un niño, un sol sin límites pero con formas, a decir verdad cuando lo asoció con un niño trató de esquivar esa idea y quitársela de la cabeza, pues lo que el contemplaba era demasiado especial como para nombrarlo infantil, era infantil en el sentido de la naturaleza de su existencia, ya que sencillamente era una luz sin contorno pero con forma, inocente, porque su existencia solo tenía un propósito… hacer que Kirk olvidara, hacerlo feliz durante un instante, durante un momento…

Y durante un momento Kirk de verdad olvidó, ensimismado en ese sol, en esa luz, de verdad no reparaba en lo que más allá de su antebrazo no hacía sino reminiscencia de lo que antes tuvo, de lo que antes fue. Perder una extremidad debe de ser algo duro, siempre había pensado en la gente que conocía y que sufrían alguna afección relacionada con cualquier aspecto de la movilidad, o con alguna extremidad en general como valientes, porque sinceramente, no es tan fácil aceptar que uno es tonto como que es manco, porque de uno hay pruebas evidentes, y del otro aún puede convencerse a sí mismo. Puede la maldad superar la estupidez, e incluso muchas veces van de la mano, sin embargo, no puedes esperar de un minusválido que supere su minusvalía, que aun siendo igual de certera la realidad de que al igual que A (A como minusválido) no puede levantar la pierna, B (B como imbécil) tiene la inteligencia justa como para no cagarse encima, no es igual de evidente, o aun siendo evidentes, existe el pie a la interpretación. Un hombre sin mano, es un hombre sin mano, y puede ser tu presidente, pero puede que no tu carpintero. Un imbécil, es un imbécil, y debería de poder dedicarse únicamente a la carpintería.

Un hombre sin mano es un hombre sin mano…  después de toda esa miscelánea de pensamientos erráticos que le venían a la mente compulsivamente y que no hacía sino coger, despedazar, y tirarlos una vez vaciados, se trató de reincorporar para mirarse nuevamente al espejo. Al tratar de levantarse, notó como su asentado pesar le provocó cansancio al deshacerse en llanto vivo, furioso y compungido anteriormente. A decir verdad, estaba a punto de desmayarse, había perdido una cantidad de sangre bastante considerable para alguien de su complexión, que era media, de unos 1´78 y 83 kilos, no muy ejercitado, pero en forma para llevar a cabo las tareas agrícolas y domésticas propias de su trabajo. Kirk era por así decirlo un “mantenedor de casas”. Cuando vivía en la ciudad, vivía enfermo, su casa era un piso cochambroso y medio destartalado al que había entrado a vivir con otros dos hombres que había conocido durmiendo en la calle, y es que Kirk dejó los estudios con 15 años y desde entonces se dedicó a repartir periódicos, fue entonces que conoció en una de sus entregas a un personaje peculiar, que encargaba trabajos especiales a Kirk, en forma de envíos, recogidas de paquetes, entrega y recogida de sobres y papeleo. Este destacado sujeto se mantuvo cercano a Kirk durante 5 años de su vida, pagándole un sobresueldo por en ocasiones abandonar su puesto de trabajo original y dedicarse esa mañana entera a los pedidos de este hombre. Tras unos determinados sucesos que no eran precisos recordar, se vio a él, con 21 años en el suelo de su apartamento, con dos personalidades que fluctúan en su cabeza ahora mismo como nubes, como pompas de jabón, ligeras, livianas y vacías, consumiendo heroína por tercera vez ese día, cuando de pronto llamaron a la puerta. Evidentemente en aquel cochambroso piso, en teoría deshabitado, no habían muchas visitas que esperar, así que simplemente permaneció en el suelo en éxtasis absoluto. Los golpecitos se transformaron en golpes, a los golpes les siguió de repente una profunda y grave voz :“¡Kirk Hamilton!” repetía. Kirk permanecía tumbado, y ni aun cuando escuchó que aquellos golpes y que esa profunda voz tenían por objetivo encontrarle, se inmutó.

Uno de los dos compañeros se levantó, había permanecido mirando a Kirk durante un buen rato, esperando que se levantara o que hiciera algún gesto. En parte estaba asustado por si Kirk sufría una sobredosis en los próximos diez minutos en los que aquel hombre de voz profunda permaneciera en la puerta, porque podría entrar y descubrirlo, y en caso de que muriera por esa misma sobredosis las cosas se complicarían. Había asumido casi por seguro que el que fuera que estaba buscando a Kirk debía de ser policía. Según habían hablado alguna vez, Kirk no tenía familia y sus amigos eran ellos dos, además de un señor para el que trabajaba de vez en cuando, aunque tampoco es que Kirk y el fueran extremos confidentes. Podría haberle mentido perfectamente.

Los golpes se incendiaron y el grito se pronunció otra vez :”¡Kirk Hamilton!¡Sabemos que vives en este tugurio, te habla un agente de policía!¡No hagas esto más difícil!” Ya no cabía duda, puede que Kirk no fuera a levantarse pero él debía de actuar si no quería verse envuelto en los problemas de aquel yonki con el que compartía piso. Con esa imagen de Kirk en la cabeza abrió la puerta, y ante el aparecieron cuatro agentes de seguridad, con el traje táctico puesto y en un perfecto cuadrado. Las gafas negras del agente reflejaban los ojos de aquel hombre flaco y moreno que le había abierto la puerta, estos se hundían profundamente en unos surcos negros que daban la sensación de ausencia en sus cuencas, sus labios gruesos y sus negras cejas prominentes hacían juego con su delgada boca, constreñida por lo que parecían síntomas de desnutrición y su nariz hundida, como dibujada por dos líneas rectas que llegaban hasta los extremos de las cejas sin curvarse apenas por el camino, un pendiente verde y negro decoraba como guinda en el cartílago de la oreja izquierda, siguiendo hacia abajo el camino de las patillas. Su pelo era simple, rapado muy apurado por los lados, y tres números menos para la parte de arriba, el poco pelo que tenía curiosamente, se veía rizado, con el pelo largo aspiraba a ser un cabello asalvajado. El agente embutido en aquel traje no podía sino preguntar para parecer medianamente humano, pues el hombre ante el distaba de ser Kirk Hamilton. Se presentó como Kerchak, y aunque no dio ninguna clase de identificación o prueba de que ese fuera su auténtico nombre, como si tal fue tratado. Kerchak les mostró donde yacía dormido el sujeto por el que preguntaban, y con Kirk todavía extasiado por los efectos de la heroína se lo llevaron cogido entre los cuatro y con una gran demostración de brío y coordinación los agentes lo metieron en el camión blindado en el que habían llegado y se marcharon bajando la carretera mientras Kerchak se fumaba un cigarro del paquete que Kirk se había dejado en el suelo de la habitación.

El último bastión de la humanidad o ¿Que será de Joaquín García González?

El amor, el amor; amar, ser amado, amarnos, amarse. Amor Fati, amor Cristus. Cuando pienso en el: la tragedia, la comedia, el terror. Conmoc...