El monte de la sal
Historias inconclusas
martes, 9 de diciembre de 2025
El último bastión de la humanidad o ¿Que será de Joaquín García González?
jueves, 15 de mayo de 2025
Recopilación de episodios históricos legendarios (7/7)
Histocast –SXVIII-
CAGADAS NAVALES
Curiosidades: Hay más de mil barcos naufragados en el Cabo
de Hornos. La costumbre de ponerse un pendiente en la oreja (por aquel
entonces) era un símbolo de que habías cruzado el Cabo de Hornos; cuantos más
llevara la persona, más veces lo habría cruzado (solo así se te consideraba un
“marinero”). Costas de Rusia: Mar Negro (controlado por Turquía) Mar Báltico
(controlado por Dinamarca) y el Pacífico (el puerto de Vladivostok es un
puerto de verano)
VICEALMIRANTE ROZHESTVENSKY
CONTEXTO: GUERRA RUSO-JAPONESA (1904-1905)
Todo esto se fragua durante el comienzo de la guerra
Ruso-japonesa; más concretamente en la guerra del mar Amarillo, en 1904. Los
japoneses en un ataque por sorpresa han tomado Port Artur, el actual Lushunkou,
y han ejercido un bloqueo a los rusos. La importancia de esta actuación es
mayúscula porque justo en las aguas de este puerto se encuentra la Flota rusa
del Pacífico (una flota no muy grande pero eficaz). El zar Alejandro Romanov,
ante esto, decide mandar a toda la artillería rusa del Báltico con la orden de
ofrecer apoyo y deshacer el bloqueo (una flota no más moderna que la del
Pacífico) y estos bajo la directriz del Almirante Rozhestvensky ponen marcha a
un viaje que les llevará a recorrer unas aproximadas 20.000 millas (unos 32186
kilómetros)
El Almirante Rozhestvensky tenía buena fama entre los
oficiales rusos; era apodado perro loco debido a su dureza para con los hombres
bajo su mando. Aun así, pese a la capacidad aparente de este personaje, la flota
del Báltico estaba prácticamente situada de forma estratégica y fue cuando se
recibió la orden que las operaciones militares fueron reanudadas por esta
célula. Otros problemas relacionados con esto fueron: la baja moral de los
hombres (el ejército ruso no pasaba por el mejor de sus momentos, esto se hará
inmanente durante el próximo declive del imperio Ruso)y el pobre entrenamiento
(no formaban parte de un equipo del que se supusiese que iba a entrar a la
acción). Pese a todo, la flota emprende su marcha desde el Báltico. Comienzan
los problemas.
Los barcos, al tener que emprender un viaje que en principio
sin ser tan largo como acabó siendo, ya era largo de por sí; iban cargados de
carbón. Esto sobrecargaba extraordinariamente estos rudimentarios barcos, y
para evitar zozobrar tuvieron que deshacerse de toda la artillería media
(piezas de 100, 120 mm) quedándose únicamente con la artillería principal. Y a
pesar de esto, era el peso de los barcos tan grande, que Rozhestvensky tuvo que
prohibir que se enarbolara cualquier clase de bandera en el mástil principal
(salvo las justas y necesarias) por miedo a que el viento hiciera peligrar al
navío. Con todos estos inconvenientes, continúan por el Báltico surcando los
estrechos de Dinamarca; cuando alcanzan el Banco Dogger o Doggerbank (Este
nombre proviene de Dogge, una antigua palabra neerlandesa que corresponde al
barco de pesca). El banco Dogger es un gran banco arenoso (acumulación de
grava o arena a lo largo de un litoral o en el lecho de un río), situado
aproximadamente entre Dinamarca y Noruega, conocido por haber sido escenario de
varias batallas navales de la primera guerra mundial y por ser un lugar de
escasa profundidad donde la pesca es abundante, especialmente se práctica aquí
una conocida como “pesca de arrastre”. Pues bien, los vigías de la flota rusa
divisan varias lanchas torpederas japonesas; dan la alarma, se colocan en línea
de combate, y disparan al objetivo hasta haberlo neutralizado. Cuál fue su
sorpresa cuando descubrieron que en realidad habían bombardeado y hundido la
Flota de arrastre británica de Hul, que se encontraba pescando por la zona (se
estima que en total hundieron 48 barcos).
Las repercusiones de este acontecimiento, ahora conocido como incidente
del Dogger, fueron inmensas. Para empezar, este acto fue la comidilla de la
prensa internacional, pero más importante aún fue la reacción del Foreign
Office (Ministerio de Relaciones Exteriores y de la
Mancomunidad de Naciones) que en consecuencia a las crispadas relaciones entre
Gran Bretaña y Rusia estuvo a punto de mandar a la flota británica, la cual se
encontraba en las Islas Orcadas, y entrar en una guerra. Debido a esto, las
relaciones con Gran Bretaña dejaron de ser positivas, y llegarán a firmar un
tratado secreto con Japón en el que se decretaba que los británicos defenderían
las costas japonesas si Rusia llegara a poner un pie en Japón. Pero más a corto
plazo, y en lo referente a la flota de Rozhestvensky, este incidente fue un
motivo de peso para cerrar a la armada el canal de Suez. Además, todos los
puertos neutrales fueron puestos sobre aviso británico, dejando claro que no
debían dejar desembarcar a la flota rusa. Esto plantea un problema logístico
extremo.
Acontecido esto, emprenden
dirección sur hacia el Golfo de Vizcaya rodeando la Cornisa Cantábrica, cuando
Rozhetsvensky recibe un telegrama donde se especifica que desde el almirantazgo
junto con el zar, han estimado que la potencia naval de su flota no es el
suficiente y que por ello le enviarán otra flota de refuerzo(una flota
compuesta a su vez de barcos viejos y sin un valor ante el problema real al que
se enfrentaba Rozhetsvensky). Es entonces que el almirante ordena a la flota
escapar a toda máquina de la flota de refuerzo. Prosiguiendo con su viaje,
bordea Portugal, y a la altura de Tánger se proponen encomendarse al
Mediterráneo con la esperanza de poder pasar por el canal de Suez en una
gestión diplomática de última hora. En este punto, uno de los barcos queda
enredado en un cable submarino, y el capitán del barco decide cortarlo sin
consultarlo con nadie para poder quedar libre. Este cable era el cable de
comunicaciones Europeo-Africano y África quedará incomunicada durante 4 días.
Gran Bretaña en este punto profesa
un odio profundo hacia esta flota, y evidentemente les niegan el paso por el
canal de Suez, por lo que embocan la costa sahariana y prosiguen hasta
prácticamente llegar a las Canarias. Allí, uno de los buques más adelantados de
la flota (el buque taller) avista a tres naves enemigas. Fijan los objetivos, y
les disparan no menos de 300 cañonazos antes de reparar en que se trataban de
un barco mercante Sueco, un barco pesquero Alemán y una goleta Francesa.
La flota continuó su periplo, y
llegados al trópico, Rozhestvensky resolvió que habían de hacer un alto en el
camino durante unos días con el fin de descansar y poner los barcos a punto. El
almirante propone unas maniobras para entrenar a la tripulación y las primeras
de ellas serán con la artillería principal de los barcos. Decidido esto, pasan
una mañana completa disparando a un blanco fijo. Cuando terminada la jornada,
el almirante recibe los resultados de las maniobras por medio de una hoja de
blancos; el número de aciertos sobre el blanco fijado fue de uno.
No contento con esto, decide llevar
a cabo una práctica de torpedos con los destructores. Recordemos ahora la
rapidez con la que se había preparado esta flota bajo unos procedimientos y
protocolos completamente obsoletos. A causa de esto, los destructores no tenían
los libros de códigos actualizados (necesarios para determinar y fijar la profundidad de la ruta y la
dirección de los torpedos) Por lo que únicamente se atreven a realizar una
primera práctica lanzando 7 torpedos, de los cuales uno quedó atascado en el
lanzatorpedos, dos viraron noventa grados obligando a la flota a maniobrar para
evitarlos, dos mantuvieron el rumbo pero no dieron en el blanco y el último de
ellos quedó dando vueltas sin control, emergiendo y sumergiéndose en círculos
durante diez minutos aterrorizando completamente a la tripulación. Acontecido
esto, Rozhestvensky se limitará el resto del trayecto a navegar.
Una vez alcanzadas las
inmediaciones del mar chino recibe un telegrama del zar, que le ordena en el
mismo mensaje destruir a la flota japonesa y volver a Rusia para ser relevado
de su puesto. Este mensaje sumió a Rozhestvensky en una suerte de resignación
melancólica, y los entendidos de entonces aseguran que cayó en un estado de
parálisis depresiva. El resto es historia, los japoneses obtuvieron una
victoria aplastante sobre la flota rusa, y nuestro almirante fue hecho
prisionero y devuelto con presteza a las estancias de Rusia, donde no sufrió
mayor represalia por parte de sus superiores.
Tres microrrelatos
POLÍTICO CORRUPTO
Tenía dieciséis años cuando mi padre fue ajusticiado por
unos gitanos del barrio. Su crimen: vivir en un edificio obrero, de protección
oficial, en el que se había instalado una familia rival. La policía nos dijo
que no pudieron encontrar las armas con las que se había cometido el crimen, y
que al no haber testigos, desgraciadamente no podrían aseverar quien fue el
culpable (y evidentemente, tampoco condenarlo). Solo ahora sé que el jefe del
clan mantenía una estrecha relación con el alcalde de mi ciudad, el comisario
jefe, y en resumen: personas muy poderosas. Sin embargo, aunque hubiera un
sueldo menos en casa, mi madre pudo aprovechar nuestra situación desfavorable
para hacerse con prestaciones sociales que me permitieran continuar con mis
estudios. Mi diligencia y esfuerzo me otorgó la posibilidad de estudiar becado y
titularme con honores en la facultad de derecho más importante de mi localidad
y una de las más importantes del país.
No había pasado desapercibido, y fui invitado a formar parte de un
partido político tradicional. Finalmente obtuve un puesto importante en el
consistorio, y tras años de intrigas fui elegido secretario general. A día de
hoy, los últimos sondeos indican con gran seguridad que me convertiré en el
presidente electo en las próximas elecciones.
Muchos pudieran pensar, que se habrá hecho justicia, pero
no; eso no es justicia. Solo cuando por medio de mis numerosos contactos
consiga recalificar los terrenos de aquel barrio como terrenos inhabitables,
derribe aquella amalgama de edificios cancerígenos de hormigón en el que juegan
sus hijos, felices, y consiga hacer realidad este proyecto de cementerio de
residuos nucleares que ha llegado esta mañana a la mesa de mi despacho; solo
entonces se habrá hecho justicia.
LIMPIADORA POBRE
Llevaba años sin hablar con su marido.
Lloraba frente al sepulto amado, solitaria, acompañada de
unos niños, mientras un sol de oriente proyectaba sus sombras a lo largo de las
jaspeadas losas del cementerio en el que yacía tan querida pareja. Trabajó
Inocencia como limpiadora toda su vida. En casa de sus padres, en una fábrica,
y en casa de su marido por última vez. Siempre dispuesta a dar lo mejor de sí,
era una de esas personas optimistas por naturaleza, y poco apegada al lujo;
afortunadamente, porque nunca tuvo mucho.
El féretro negro de su amante reflejaba unas ásperas manos
pecosas, manchadas de marrón por la vejez, por el tiempo. Llevaba años sin
hablar con su marido, pero tuvo que hacerlo, porque solo con su dinero podría
permitirse enterrar a aquella persona a la que tanto amo, y por el cual lo
había abandonado.
MUJER DE NEGOCIOS
Unas manos de bebé espectral rozaban el dobladillo de sus
pantalones empresariales, de tejido granulado y de corte recto, cuando
terminaba de subir el último escalón que conducía al pasadizo para subir a
aquel avión con destino Canarias. Un escalofrío recorrió su espalda por el aire
acondicionado, pero decidió no darle más importancia de la habitual y se sentó.
Su asiento acomodado de primera clase: reclinable, con pantalla propia individual,
y una carta del servicio del avión era todo en lo que quería pensar en ese
viaje. Había regresado a casa, y de ella se marchaba una vez más. Esta vez
había ido a visitar a su familia. Reunidos en casa de sus padres: su hermana,
sus dos sobrinos, su cuñado, su hermano y su cuñada, con un hijo en camino.
Tres anillos habían recorrido su dedo anular; y tan fácil como entraron,
salieron. Eso no era para ella: Esa comodidad… esa vulgar comodidad, ese
conformismo… ese conformismo estúpido, ese…
El avión interrumpiéndola, comenzó a vibrar, despegaba.
Y una lágrima surcaba sus mejillas.
Sobre el amor y la felicidad
Iba caminando Quino por las frías calles de Albacete
pensando en ella, aparecen el hijo de Carpanta y Dios.
Quino – Bien hallados seáis.
Hijo de Carpanta - ¿A qué esos anacronismos?
Dios – Mira quien fue a hablar. Se supone que esas son mis
labores (lo de hablar raro).
Q – Lo siento amigos, tenéis razón. Es que ando como
perdido. El hablar me sale en verso. Mis silencios son eternos, aunque de vez
en cuando los rompo en un interminable discurso. En un problema estoy.
H – No he entendido nada.
D - Soy omnisapiente,
y yo tampoco.
Q – No sé qué me pasa. Bueno, que hace tiempo que suspiro
por una mujer a la que amo. Se me aparece en sueños. Todo me recuerda a ella.
Mi muy querida… como la echo de menos.
H – Que sufres mal de amores ¿No?
D – Eso he entendido yo.
Q - ¡Sí! ¡Y de los
peores!
H - ¿A qué es de los peores?
Q – No hay nada que no me haga volver a un dulce recuerdo
suyo que se torna amargo. Como la idea de Bien supremo, aglutina todos los
saberes; sea el bien supremo ella y todos los saberes el resto de mis fracasos
amorosos. No importa cuando, donde, ni que esté haciendo. Mi mente es capaz de
hilvanar la respiración a su recuerdo.
H – Mira que eres, poeta, gran adulador y exagerado
tremebundo. Pero a ver, quien es ella que tan profundo te hace suspirar y quien
tanta desgracia te está trayendo.
Q – Se llama como lo que ansía el político. Sus ojos son de
un castaño primoroso, adelantados en la concupiscencia. Y que boca ¡Señor!
D - ¿Si?
Q – No, no. Estaba jurando. Quería decir que es de cualidad
divina. Su voz es la de los ángeles.
D - ¿Cuál de todos?
H – Como le detengas por cada metáfora católico-cristiana me
parece que vamos a tener conversación para rato.
Q – En fin, que es la viva imagen de la belleza. Y de una
sapiencia extraordinaria. Elegante, sutil y majestuosa es ella. Nunca había
conocido a nadie así.
H – Suena a la más hermosa de las mujeres para ti. Claro que
la belleza no es una propiedad cuantitativa ¿No tendrás una foto suya?
Q - ¡No quiero un solo dispositivo si no puedo utilizarlo
para verla! ¡Me niego!
D – Este muchacho esta prendado.
H – Y que lo digas. A propósito, que me ha parecido entender
que no estás hablando con ella ¿A qué se debe si por ella bebes los vientos?
Q - ¡Oh cruel destino! La fortuna ha tenido por bien
apartarla de mi lado, pero no solo su cuerpo: sino su corazón ¡Qué gran
discusión, que bellísima trifulca! Luchamos cara a cara (Bueno, a través del
teléfono) Usando nuestro amor como espadas y tratando de arrebatarnos el título
de amante a regañadientes. Quiso el hado que acabara en agua de borrajas. Que
la ventisca y la tortuosa tormenta hiciese zozobrar las embarcaciones de
nuestra alma y acabase hundiéndose el amor, nuestro tesoro más preciado, y me
temo que con el también mi compungido corazón…
D - ¿Seguimos hablando de una mujer?
H – Que lastima. Estas cosas pasan. Son naturales y, dentro
de lo que cabe, estudiables ¡Anímate! La nostalgia juega a tu favor, y si tan
bellas fueron vuestras experiencias y lo que en pareja vivisteis ten por seguro
que el futuro, una vez sanes, te regalara el idilio de tu amor. Tan prodigiosa
es la memoria humana.
D – De nada.
Q – Me temo que no sea así.
H - ¿A qué se debe?
Q – A que nunca fuimos pareja.
D – Arrea…
H – Dios, no te adelantes, deja que se explique el muchacho.
Q – Así os digo. El mayor dolor de su amor es nunca haberlo
tenido.
H – Pero ¿No os debatíais en una encarnizada pelea de
boxeo-?
D – De espadas en un barco pesquero.
H – Si, eso, buscando un tesoro. En fin, lo que quiero decir
en definitiva ¿Cómo es que disputabais el puesto de amante si ella no te ama?
¿No sería más bien el de amado?
Q – Que poco entiendes, hijo de Carpanta, del amor ¡La
amistad es un paso previo a la pareja en el que, como dos judocas, el tori
zarandea al uke para comprobar su resistencia y perfilar sus mejores técnicas a
la vez!
H – De verdad, que no le entiendo
Q - ¡Una forma de saber si al que amas es apto de tu amor,
Jesús!
D - ¿Qué ocurre?
Q – Sera posible…
H – Si me permites examinar esto con vosotros, quizá podamos
entender lo que está pasando y darle solución. Para encaminar el asunto, creo
que primero deberíamos entender que es amar ¿Propuestas?
D – Yo amo a todos incondicionalmente, menos a los que en
vida no me amaron. Los bebés no cuentan.
Q – El amor, es decir, amar y ser amado, es lo mejor que te
pasará en el mundo.
H - ¿A qué entonces, estos paseos intempestivos en los que
al primer encontronazo te manejas como una amalgama de nervios?
D – Muy bien no se te ve, no.
Q - ¡No lo entendéis! ¡El amor es sufrimiento!
D – Que me lo digan a mí, o sea a mi hijo, o sea a mí.
H - ¿Pero no es lo mejor que te pasará en el mundo?
Q - ¡Eso es! ¡Por eso se sufre por él! Nada hay bueno en
este mundo que no se consiga con esfuerzo y algo de sufrimiento. Trabajamos
para obtener dinero y comprar lo más valioso para el hombre: el tiempo. Así
sucede con el amor. Manchas tus manos libidinosas y tu lesionada espalda en la
áspera tierra para finalmente (y con suerte) recoger el fruto del tiempo y el
trabajo. La flor. Este amor ¡Es verdaderamente hermoso! Un sufrimiento recompensado.
H - ¿Y cuando no es recompensado?
Q – Entonces pasa como el fruto inmaduro y reconcomido, que
amarga la cosecha y los ánimos. Así es mi amor frustrado ¡Ay, mi niña! ¿Estarás
pensando en mí como yo en ti? ¿Vivirás en un bucle laberíntico cuya salida es
mi retorno? ¿Te acuerdas siquiera de mí?
D - ¡Descuida! ¡Seguro que sí! ¡No sufras hijo mío!
H – Un momento, par de dos. Permitidme continuar con la
investigación
Q - ¿Y a el que le pasa?
D – Ayer leyó el Fedro
H - ¡Si me permitís! Voy a hacer una ligera variación en tu
enunciado, Quino. El amor es lo mejor que te “puede” pasar. Pero yo me
pregunto: Algo que en su naturaleza puede ser bueno y malo ¿Será el bien
supremo? Ya no esto ¿Será lo mejor que te pasará en el mundo? Sigamos tu
ejemplo. Trabajas, consigues dinero para comprar tiempo ¿Para qué? ¿Para
dedicarlo a tus asuntos, ya sean solo para ti o para los demás, cierto?
Q – Cierto
D – Siempre fui de darme a los demás.
H - ¿Y para que querrías esto? ¿Es que obtienes amor al
obtener tiempo?
Q – No tiene por qué, pero en algunos casos así es.
H – Pongamos uno de esos casos con el fin de poder entender
mejor el amor ¿Qué se obtiene de él?
Q – Es evidente ¡Todo!
H - ¿Y para que querrías “todo”? ¿”Todo” no engloba lo bueno
y lo malo?
Q – Supongo que sí
H – Vale. Hemos progresado un poco. El amor es todo lo bueno
y todo lo malo que te “puede” pasar en la vida ¿Estamos de acuerdo?
Q – Creo que sí
H – Pero contrapongamos esta idea con la realidad. Pongamos
el caso de un deportista. Un atleta. El entrena para correr mejor, y así
hacerse mejor ¿No?
Q – Así es
H – El ser mejor le hace mejor corredor. O sea, es un
corredor bueno. Es bueno ser de esta condición para el físico. Es un bien,
entonces. Y el bien, es bueno.
Q – Así me parece.
H – Luego ¿Amar te hace buen corredor?
Q – No directamente, pero una motivación como el amor puede hacerte,
sin llegar a ser excelente por su causa, un mejor deportista.
D – A mí me hizo morir, o sea matar a mi hijo, o sea morir.
H – Espléndido, te lo doy. Pongamos entonces el trabajo que
desempeña un piloto de caza. Requiere de un entrenamiento indudablemente
riguroso y de una sapiencia extraordinaria. Probemos con el nuestra pócima del
amor. Ser de este intelecto, es bueno, luego es un bien. Ser capaz, por tanto,
de pilotar un caza, es bueno ¿Amar te hace buen piloto de caza?
Q – Claro que no
H - ¿Puede ser entonces que estuviéramos errados y que el
amor no sea todo lo bueno, sino algunas cosas buenas y todo lo malo?
Q - ¡Eso no tiene sentido!
D – También lo creo, no sé a dónde quieres llegar.
H – Bien, bien. No habléis como si yo lo supiera todo, por
Dios santo.
D - ¿Tú también?
H – Examinemos los mismos casos. Un corredor que se prepara
mal, no entrena y no es habilidoso, es malo ¿No?
Q – Ciertamente.
H - ¿Será mal corredor aquel que ame?
Q – No necesariamente.
H - ¿Peor piloto de caza?
Q – Tampoco.
H - ¿Peor pescador, mecánico, fontanero, electricista?
Q – Claro que no.
H – Pero hemos aclarado que te puede hacer desgraciado como
es tu caso, querido Quino. O como le pasó a Dios cuando lo crucificaron. Sin
duda ser desgraciado es algo malo ¿Puede ser que tengamos una nueva frase?
El amor son algunas cosas buenas y malas que te pueden pasar
en la vida.
Q - ¿Qué es esto? ¿Por qué me siento como liberada el alma?
H – Ya sabemos, según nuestro razonamiento, que el amar es
profesar amor, y que el amor son algunas cosas buenas y malas que te pueden
pasar en la vida. Valdría la pena preguntarse si sirve de algo tan artificioso
valor.
Q – Claro, estaría bien.
H – Volvamos al dinero por el tiempo y para el amor. O a las manos que recogen el fruto del amor
¿Por qué alguien se arriesgaría a luchar por algo que tiene cosas buenas y/o malas,
y que no parecen ser lo suficientemente valiosas como para presentarse como un
fin en si mismo?
D – Yo ya sé la respuesta.
H – Gracias, pero no interrumpas amigo ¿Qué podría ser? Debe
ser algo grandioso ¿Y de este bien provendrán otras cosas? ¿Así hasta el
infinito? ¿Verdad que hasta hace un segundo concebíamos el amor como cénit?
¿Cómo todo lo que hay, bueno y malo?
Q – Así es.
H - ¿De qué cosas podríamos hablar equiparables a este
concepto que ya hemos retocado con nuestra investigación? ¿O acaso nos ha
parecido conveniente darle esta supina importancia y credibilidad al amor
porque estamos poseídos por él?
D – Quino desde luego sí.
Q – No parece, aunque yo quizá.
H – Pero, un segundo ¿Y si en tu locura hubiera cierta
lucidez? ¿Y si verdaderamente el amor fuera lo mejor que te pasará en el mundo?
Q – Ya quedó claro que no.
D – Eso iba a decir.
H – Examinemos la cuestión. Se trabaja para ganar dinero, o
sea, por un bien para comprar tiempo; necesariamente un bien mejor, porque
nadie intercambiaría un bien mejor por uno peor para producirse beneficio. Este
tiempo, entonces, se emplea en el amor; un bien mayor que puede ser malo. Pero
esto no acaba aquí.
Q - ¿Ah, no?
H – Tú me lo dirás, Quino ¿Cómo te sentirías si aquella
bella mujer te amase como tú a ella?
Q – Feliz, sereno, completo.
H - ¿Puede ser, entonces, que el amor sea un bien que
aspiramos a intercambiar por la felicidad, un bien mejor?
Q – Me cuadra.
D – Yo ya sabía la respuesta, pero hare como que os he
seguido hasta aquí.
H – Hagamos sumario, pues: el amor es algo bueno y malo que
te puede pasar en la vida, y que sirve para ser feliz ¿Conformes?
Q – Conforme.
D – Ídem.
H - ¿Y se puede amar solo a las personas?
Q – No lo sé.
H – Yo sospecho que si el amor sirve para ser feliz, todo
aquello que nos acerque a la felicidad y de paso nos la otorgue tenga la
capacidad de ser amado ¿No es entonces, Quino, mi querido amigo, una estupidez
preocuparse por no poder ser feliz por algo o alguien a quien amas, cuando hay
tantas maneras de ser feliz como cosas y personas hay en el mundo? ¿No debería
ser en cualquier caso tu preocupación última ser feliz?
Q – Es posible.
D – Si sirve de algo te digo que sí.
H – Ea. Y si el cultivo de una planta puede germinar mal o
bien, una bebida nos puede sentar mal o bien, un trabajo nos puede retribuir
mejor o peor ¿No sería lógico instruirse en la ciencia que nos enseñe como
hacer que estos procesos tiendan al bien, con el fin de alcanzar la felicidad,
el bien último, cuanto antes? ¿No poseerás tu por casualidad esta ciencia, no,
poeta?
Q – Ojalá
H – ¿Dios?
D – No soy tan omnisapiente.
H – Una lástima. Podríamos examinar esto más, pero en nada
canta el gallo.
D – Vivimos en Albacete…
H – Retirémonos ahora que nuestra mente está satisfecha.
Q – Yo aún la amo, aunque ahora me preocupa más cual será
esta dichosa ciencia ¡Descansad amigos!
D – Me vuelvo a los cielos.
H- Genial, y yo me vuelvo solo.
jueves, 30 de mayo de 2024
El bufet
El bufet
Devoraba y devoraba sin cesar los acompañamientos incluidos en su menú bufet. Sin prisa pero sin pausa. Había perdido la cuenta de las rondas que llevaba, pero aun así, su estomago no estaba satisfecho. Aún no sentía ese ardor en la garganta, esa hinchazón en el estómago que le hacía saber que era suficiente. Cuando terminaba con los fritos de pollo, delicadamente agarraba la porción de pizza. Los primeros bocados rebosaban de sabor la boca de aquel hombre opulento, de gafas negras y redondas y más de 160 kilos de peso. Sus brazos no eran muy largos, en comparación a sus orondos muslos y a su descomunal barriga, y carecía de barba. Su pelo era escaso, parecía propio de un afeitado producido por una maquinilla trabada, sin embargo esto se debía a su incipiente calvicie.
El restaurante era un lugar más bien solitario. Era lo suficientemente amplio como para poder colocar varias mesas altas con taburetes a su alrededor alejadas las unas de las otras. Las luces del local eran de un color amarillo anaranjado, muy propio de las bombillas incandescentes, aunque probablemente su color era intencionado. En una barra central en forma de isla vaciada por el centro para la colocación de los electrodomésticos e instrumentos de cocina, se encontraban dos trabajadores con gorra que servían las pizzas y aperitivos del local.
Aquel gordo llevaba comiendo desde hacía ya horas, sin embargo su política, al igual que la del local, era la de comer hasta hartarse. Al principio había llegado al establecimiento con dos o tres amigos, que realmente no eran sus amigos. Eran personas que apreciaban al gordo por pena, y que sabían de su naturaleza voraz. Quizá para reírse de el, quizá, genuinamente, por un sentimiento de lástima; le acompañaron aquel día de nuevo en un nuevo episodio de frenesí devorador. Al principio, seguían el ritmo del gordo. Que como dije anteriormente, no comía en grandes cantidades, pero si durante un tiempo que cualquiera calificaría de insalubre. Pasadas unas dos horas, repletos sus estómagos, trataron de levantar al gordo entre bromas de su asiento para marcharse de aquel lugar. Sin embargo él no había terminado de comer, ni de lejos. Tras media hora de insistencia, dio igual que pudieran sentir por esta gran bola de carne de brazos hinchados y modales descorteses en la mesa. Empezaron a recriminar su forma agónica de comer. Sin descanso, sin apariencia de haber colmado su apetito. Su forma de comer no se podría describir sino agónica. Uno de sus compañeros se marchó al baño a vomitar, y culminado este episodio, dieron un ultimátum al gordo; que haciendo caso omiso de sus palabras se levantó una vez más a servirse una nueva ronda en la barra. Uno de ellos miraba impertérrito tan afanoso discurso, que sabía no serviría de nada, y sin mediar palabra se encendió un nuevo cigarro mientras los compañeros arrastraban sus sillas hacia atrás para salir disparados del local.
Pasaron unas seis horas, y el gordo regresaba a la mesa con una bandeja repleta de croquetas de queso y una nueva porción de pizza repleta de embutidos. Sergio, el único miembro del grupo que había permanecido, aplastaba su cigarro en uno de los ceniceros del local al tiempo que echaba un vistazo de reojo la mesa. El era la única persona de aquellas que, sin ser esto cierto, consideraba al gordo un amigo recíproco y que verdaderamente sentía pena por aquellos comportamientos compulsivos. Lo conocía del trabajo. El imbatible comensal por aquel entonces (dice Sergio) era un hombre mucho más delgado, con pelo, ambiciones, sueños y simpatía. Y por supuesto, sin esa obsesión abusiva con la comida. Mientras terminaba de pensar esto, el gordo se levantaba nuevamente en aquel local que había cambiado por completo. Su servicio 24 horas le había hecho vivir este escenario varias veces. Una luz amarilla tenue los cubría desde arriba como un flexo de estudio. Las mesas desiertas daban al establecimiento una apariencia fantasmagórica, con los dos cocineros como sus únicos acompañantes. La pésima iluminación, que los dejaba en penumbra, hacía a Sergio fijarse más que nunca en el gordo. Su manera de comer era exactamente igual que la que había demostrado al sentarse en aquella mesa a las cinco de la tarde. No demostraba cansancio, ni hartazgo. No, nada más lejos de la realidad. En el mismo orden terminaba sus aperitivos solo para una vez más comerse aquella porción ridículamente carnívora. Reparó en que aquel gordo hacia horas que no probaba una gota de ningún líquido, y en un gesto caritativo y por pura exasperación se levantó para rellenar su vaso de refresco. Se sintió contrariado.
Pasaron otras 6 horas, el reloj marcaba las cinco de la mañana y unos tantos minutos. Sergio, que tanteaba con los dedos el plástico de la cajetilla de tabaco por abrir, miraba somnoliento el cenicero de metal. Veintidós. Esas eran las veces en las que el gordo se había levantado para probar nuevo bocado. Veintidós malditas veces. Sergio se agarraba los pelos de la cabeza y trataba de no mirar a su acompañante. Sin levantar mucho la vista, ojeó el vaso de refresco que no había vuelto a llenar. Estaba repleto. No había dado ni un solo sorbo. Una mosca zumbaba moribunda en aquel vaso de refresco, atrapada en una concentración de azúcar que espesaba sus alas. Se oyó una silla. Era el gordo, que se había levantado a por un nuevo trozo de pizza y sus consiguientes acompañamientos. Los cocineros no eran los mismos, evidentemente los que les sirvieron por la tarde habían cambiado su turno por aquellos terminada su jornada. Una mano vacilante arranca el plástico de la cajetilla casi sin pestañear. Sergio se incrusta un último cigarro y prende fuego a una cuenta atrás de papel blanco. El gordo se sienta con una nueva porción y unos Nuggets de pollo, a lo que Sergio no puede evitar reparar en las cuantiosas manchas de tomate que recubren los labios de su acompañante, dándole la apariencia de un payaso. Mira el reloj. Se convence. Tras llevar durante toda su estancia en el local sin despegar los labios, trata de concienciar al gordo sobre la situación. El gordo le comenta sarcásticamente que llegará a pedirse el desayuno y Sergio propina una calada tajante al cigarro. No, esto no debe ser. Esto no es bueno para ti. El gordo no oye, no quiere oír. Sigue comiendo. Termina sus Nuggets. De verdad, para, vámonos de aquí. Te llevo a mi casa a dormir, se que estas solo, que no tienes casa. No tienes que castigarte. Sin levantar la mirada del plato muerde la pizza, sorprendentemente rápido se la termina y se queda quieto. Márchate de aquí, yo aun no me voy a ir, tengo hambre. No tienes porque quedarte si no quieres. Nadie te obliga. Sergio desliza su silla hacia atrás, se levanta, y apaga la colilla. Se guarda las manos en los bolsillos y sin mediar palabra se marcha del local. Sin poder evitarlo, echa un último vistazo a través de la puerta trasparente, y ve al gordo, que está pidiendo una vez más para sorpresa del cocinero.
Rubén se sonríe con su tío mientras le cuenta aquel sueño, que no puede evitar reír de vuelta mientras continúa con la labor. La edificación que les rodeaba eran tres paredes grisáceas con espejos y que todavía está en construcción, en medio del polígono. A sus alrededores solo carretera y unos cuantas naves que se veían a lo lejos. Rubén desatendiendo su labor, pensaba con todas sus fuerzas en aquel sueño que trataba de retener en la memoria. No era la primera vez que olvidaba una gran historia que había sido provista por la mano de la inspiración en sueños. Su tío percibe que no esta colaborando y le regaña para que vuelva al trabajo. Sin embargo, Rubén, debe encontrar una manera de guardar aquella información. El frío que siente en sus brazos le da una idea. Entra en la estructura y se fija en los espejos empañados por la condensación. Y sin mediar palabra, comienza a dibujar un pequeño esquema con todos los elementos de su sueño, tratando de no perder ni un detalle importante y observando que alguno de ellos ya le resultaban desconocidos; como si ya hubieran emprendido su camino fuera de la memoria. Tras esto, soluciona el nuevo problema cogiendo el móvil y fotografiando el espejo, enfocando desde diferentes ángulos para recoger las escrituras del espejo en su totalidad. Su tío, que ha levantado la vista un segundo para ver si su reprimenda ha puesto a Rubén a trabajar, sarcásticamente le indica que así no se va a acordar. Después de decirle esto, empieza a reír pensando en el estúpido de su sobrino.
El gordo se levanta de su caja de cartón, y comprueba la lata vacía. Entre céntimos y monedas de euro, reúne unos diez euros. Con la camisa se restriega los labios quitándose las manchas de tomate seco. Algunas de ellas están tan duramente incrustadas, que las pellizca para quitarlas sintiendo unas leves punzadas de dolor por los escasos pelos de bigote que se arranca en el proceso. Con un agudo dolor de espalda se levanta poco a poco, mareándose, pero consiguiendo erguirse al final. Emprende camino al bufet una vez más. Serían las 2 de la mañana, tampoco le importaba. Lentamente recorría la acera vacía de la avenida que llevaba hasta su sancta sanctorum. Hasta que se hizo el horror. Las luces apagadas no fueron el indicativo del declive. Fue la puerta que no se abría, pese a sus inmensos empujones, lo que le hizo saber que aquella noche el bufet estaba cerrado.
Paseaba tranquilamente por el arcén del quitamiedos por aquella carretera, total, Rubén sabía que no habían coches por allí a esas horas. Golpeaba una piedra mientras pensaba en aquel sueño y caminaba bajo la luz de la luna con un frío un poco mas taimado. Las naves industriales se repartían alejadas unas de otras en la lontananza, y el aire soplaba entre los orificios de los ladrillos y los guijarros del camino, rebosando el viento de dulces silbidos. Estaba ensimismado en aquel ambiente cuando de pronto le sorprendió el espectáculo que se sucedía en una nave iluminada, no muy lejos de el. Un hombre oblongo, de pelo escaso y de andares patizambos se acercaba desde la oscuridad del terreno baldío, de entre los matorrales. Con sus brazos cortos acompañaba sus torpes pasos de tonel viviente en dirección a la puerta de la nave. Era una nave de distribución de una famosa marca de pipas y aperitivos, y pudo distinguirlo Rubén en el camión aparcado en la puerta de la nave, en el que no había reparado anteriormente. Ahora que se fijaba, dos hombres descargaban cajas mientras aquel gordo se acercaba a trompicones a la puerta, hasta quedar descubierto bajo la luz de una farola. El gordo comenzó a pedirles pipas. Pero no las pedía, realmente, las exigía. Las exigía como el que desesperadamente busca agua en un desierto tras andar días perdido. No era su día de suerte. Ven gordito, nos lo vamos a pasar muy bien tu y yo. Rubén tardo en comprender las palabras de aquel hombre en su totalidad hasta que se fijo en como se tocaba obscenamente la polla sin llegar a meterse la mano en los pantalones. Quizá si lo hubiera sabido no se estaría acercando a la escena cada vez más. El hombre dejo de manejar su pantalón y comenzó a correr hacia el gordo, que soltó un bramido de terror absoluto y comenzó a correr grotescamente. El hombre no apuraba el paso, parecía disfrutar de la persecución antes de hacerse con el culo de aquel gordo, que sabía que sería suyo tarde o temprano. La cara del gordo advertía una tonalidad blanca recién adquirida y un gesto de miedo absoluto. No dejaba de gritar. No dejaba de correr. Rubén tampoco podía dejar de dar paso tras paso y se acercaba cada vez más a la nave. El gordo de repente desapareció tras un par de contenedores, y su perseguidor por alguna razón comenzó a correr en su dirección. Hubo un sonido metálico y hueco, y tras esto, un silencio. Todo permaneció en silencio. Silencio. Rubén, con la misma facilidad que había apresurado el paso, se detuvo, tratando de camuflarse entre la noche, y haciéndose consciente del inminente peligro que corría allí. Ahora que echaba la vista atrás, veía como había bajado casi sin darse cuenta aquel terraplén que separaba la explanada de la nave y el arcén del quitamiedos. A su derecha se hallaba el camino de regreso arriba, y andando con normalidad trato de disimular y marcharse de aquel lugar. Una oronda forma asomaba exhausta tras los contenedores con una barra de hierro. Rubén se fijo en su cara sudada y fatigada, y en el cuerpo tirado a los pies del gordo. Una farola iluminaba al gordo, otra a Rubén. Se fijo en sus gafas, su calvicie, su cuerpo. Como no había reparado en aquello antes. Quizá lo había hecho, pero se había jurado a sí mismo que aquello era imposible. Quizá por ello no podía dejar de acercarse a aquella escena. Quizá por ello los iluminaban aquellas farolas. El gordo, asustado se fijó en Rubén a su vez. El gordo de su sueño. El gordo del bufet. Sabiendo lo que debía hacer, el gordo hizo acopio de sus últimas fuerzas y se lanzó al ataque contra Rubén, gritando como un poseso, agitando violentamente sus brazos mientras se tambaleaba hacia su víctima. Rubén comenzó a correr, casi de inmediato, entendió que iba a morir. El gordo jadeaba, sus rodillas flaqueaban, pero sus alaridos; pronunciados entre respiraciones entrecortadas, se iban reproduciendo más altos. Helaba la sangre. Con un súbito instinto de supervivencia, Rubén comenzó a correr en espiral, y al ver que el gordo le perseguía como perdido el raciocinio y al borde de la hipoxia, decidió seguir hasta cansarle. Las rodillas del gordo flaqueaban. O eso pensaba Rubén, que empezó a subir el camino raudo sin reparar en si aquel gordo dejó de gritar, o si se alejó de el. Llevaba un rato caminando por aquella senda en la que había acabado, diferente a la carretera de la que venía paseando, cuando una silueta se dibujaba en la oscuridad en dirección hacia el. Sinceramente, tembló, pero creyendo que podría darle esquinazo otra vez no receló en seguir caminando. Esta figura se iba aclarando, y tras estas surgían otras más. Aquel sendero era estrecho y se pronunciaba del relieve que lo rodeaba. En el lado izquierdo caminaba Rubén, mientras en la derecha personas tras otras seguían a las siguientes marchando en dirección opuesta. Hacia la nave.
Quino terminaba de escribir este texto en el bloc de notas del móvil, tratando de no olvidar aquel sueño; que ya se marchaba furtivamente de su memoria. Se esforzaba por retener la mayor cantidad de información, y aun así, notaba como ciertos detalles se escapaban. Se resignó a que así es como funciona la mano de la inspiración, que te bendice por tu tiempo limitado. Y se prometió escribir sus sueños nada mas despertar, para no volver a perder un detalle. Tuvo que dejarlo, porque atravesaba el arcén del quitamiedos de una carretera de camino a su trabajo en el polígono.
domingo, 12 de mayo de 2024
Recopilación de episodios históricos legendarios (6/7)
LA CARRERA DEL GLORIOSO
Un nombre muy apropiado. Esta época
dorada de la literatura sobre piratería, con obras como la isla del tesoro, nos
remonta al siglo XVIII; más concretamente 1747. Durante la guerra del asiento,
también conocida como “la guerra de la oreja de Jenkins”.
El Glorioso era un navío de línea español (un buque de guerra
de tres palos con aparejo de velas cuadras (velas tropezoidales) y de dos a
tres cubiertas artilladas), que portaba un tesoro traído de América. Por aquel
entonces, países como Gran Bretaña y en su momento Francia se nutrían del
pillaje, y les salía muy rentable establecer redes de espías en diferentes
puertos conocidos. Aunque en este caso hablaré únicamente de los británicos.
Estos aguardarían a que un barco recibiera un gran cargamento y avisarían a la
comandancia, que pondría en juego sus respectivos efectivos. Es por esto que
para cuando parte el Glorioso, ya habrían barcos británicos aguardando en las
Islas Azores su llegada. Esto es porque por aquel entonces no existía un método
para volver a América una vez llegado a Filipinas a causa de las fuertes corrientes
del océano, y el viaje de regreso a la península una vez obtenido lo que se
hubiera ido a buscar solo era posible encomendándose a la ciencia de la
naturaleza, en este caso; a la corriente marina de Kuroshio o Kuro Shivo. Y
aunque por suerte era un método eficaz para acelerar el viaje, no dejaba a los
barcos directamente en el puerto de Cádiz, evidentemente, sino que continuaba
hacia las Islas Azores. Normalmente, los navíos españoles se dejaban arrastrar,
hacían aguas en las islas y aprovechaban para repostar fruta, agua y demás.
Para ser más específicos acerca de este barco, el Glorioso, era un barco de
setenta cañones, para más detalle; un navío de dos puentes muy bien armado.
Este barco fue botado en la Habana en 1740 y estaba capitaneado por Pedro Mesía
de la Cerda. Y su cargamento era de 4.000.000 de pesos en plata. Ahora que nos
lo podemos imaginar con más precisión, reanudamos la acción.
El navío alcanza las Azores, y entre la bruma en un banco de
niebla, desde el Glorioso se avista una formación inglesa. No sabrán cómo está
conformada exactamente hasta que se disipe la niebla. Se trataba de una flota
de diez buques ingleses, de los cuales tres son de guerra. El navío de línea
Warwick de 60 cañones, la fragata Lark de 40 (La
fragata es un buque de guerra concebido para actuar en misiones especializadas
de escolta, guerra naval, antiaérea o antisubmarina, aunque puede disponer de
sistema como de apoyo en
otras misiones) y un bergantín de 20 (una embarcación de dos palos (el mayor y
el trinquete) con bauprés y velas cuadras). Esto probablemente tendría su
razonamiento táctico; pues el barco de línea era un barco potente pero pesado,
la fragata que sería un buque mediano y el bergantín uno veloz y ligero.
Se establece el primer combate, y el primer movimiento lo
hará el bergantín inglés que aprovecharía su tamaño y velocidad frente a un
buque de línea para situarse en su popa, y desde allí barrer sus cubiertas.
Sabemos que esta era la técnica más útil para rendir un barco; pues una bala de
cañón desde popa atraviesa toda la cubierta y la sentina causando unos estragos
que muchas veces llegaban a ser irreparables. Para evitar esto, los tripulantes
del Glorioso trasladan rápidamente cuatro cañones de 18 y 24 libras a la popa e
inician fuego; repeliendo finalmente al bergantín.
El comodoro Crookshanks, el líder de la flota, observa como
el Bergantín ha sido repelido mientras prepara al Warwick para salir en camino
y envía a la fragata con la intención de ganar tiempo y ponerse en línea con el
navío español. La fragata acaba teniendo que retirarse esa noche con graves
daños en el casco y en el aparejo debido a las andanadas del Glorioso. A las 2
de la mañana, el Warwick consigue ponerse en línea con el navío español; y tras una hora
de cañoneo una andanada del Glorioso deja al Warwick sin mástil principal, sin
aparejo, y el barco queda completamente inutilizado. Ante este espectáculo,
prácticamente la flota británica se encontraba en sus manos, pero Mesía
prefiere retirarse y no perder tiempo rematando al buque inglés, abandonando su
objetivo principal.
Continúa su camino hacia España y realiza arreglos y
reparaciones sobre el barco tras la contienda. Estos acontecimientos se
sucedieron a mediados de julio. Para el 14 de agosto ya habrían alcanzado
prácticamente el cabo Finisterre. En estas que el buque español encuentra de
nuevo que salen a su paso una flota británica compuesta por el buque de línea
Oxford de 50 cañones la fragata Shoreham de 24 cañones, y otro bergantín de 20.
Estos le obligan a trabar combate, y tras una hora de cañoneo el Glorioso hace
que los barcos deban escapar. Aunque esta vez, perdió el bauprés. Tras el
combate deciden dirigirse a tierra y a los dos días llegan al puerto de
Corcubión donde ya desembarcan la carga y llevan a cabo unas reparaciones
mínimas con las que mantener la estabilidad del buque y llegar a Cádiz. El
capitán Mesía que se plantea en primera estancia emprender rumbo al Ferrol
deberá optar por continuar hacia Cádiz a causa de las condiciones climáticas.
El 17 de Octubre, durante el viaje a Cádiz, frente a las
costas sureñas de Portugal se encuentra con un grupo de 5 fragatas corsarias
inglesas, apodadas como La Familia Real. Esto porque todos portaban nombres de
la familia real británica. Pues bien, el primero en acercarse al navío español
será la fragata King George, y tras un breve intercambio de disparos queda
fuera de combate. Poco a poco el resto de fragatas aprovechan para aproximarse
paulatinamente al Glorioso para establecer combate contra él. Mientras todo sucede, al norte,
desde el horizonte se puede divisar la llegada de un buque de línea inglés
conocido como Darmouth; de 50 cañones. El galante trata de buscarle la línea de
combate y comienza a disparar al Glorioso, con tan mala suerte que la primera
andanada que recibió hizo blanco en la santabárbara (lugar donde se almacenaba la pólvora en los barcos) y el
navío saltó por los aires, muriendo todos excepto un estimado de 10 o 12
hombres. Tras esto, el resto de fragatas de la flota se retira.
El Glorioso, prácticamente inservible ya, a duras penas trata
de alcanzar Cádiz; cuando el 18 de octubre un nuevo navío de línea inglés sale
al paso. El Russell, con 80 cañones, que se une a las fragatas perseguidoras y
acechan al Glorioso cañoneándolo y rodeándolo. Todavía defenderán el puesto
durante todo ese día y toda la noche. Sin embargo, en la mañana del día 19,
habiéndose quedado sin pólvora y sin municiones, con la tripulación más que
extenuada y estando el barco en un estado tan deplorable; el capitán Mesía
considerando imposible la defensa de la nave la rinde a los ingleses.
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